Por Alejandrina Pérez Ayala

Me encanta caminar, a los que lo hacemos, por gusto o necesidad, nos llaman peatones, pedestres o viandantes. Cuando camino se me despeja la mente, también me gusta sentir como el aire acaricia mi rostro mientras doy un paseo. Cuando camino se me quita lo cansado y lo enojado, le doy una segunda pensada a las cosas y me calmo. Caminar tiene un significado especial para mí, pues fue uno de los elementos que contribuyeron a mi recuperación física después de que pase algunos meses un poco mal de salud.

Me gusta caminar en mi ciudad; sin embargo tengo que reconocer que nuestras ciudades en México no están hechas para nosotros los que andamos “a pata”. Las banquetas son angostas y están en pésimas condiciones, sin contar con los obstáculos que podemos encontrar en ellas, un poste de luz, señalética para el transporte público, etc. Andar en nuestras ciudades es complicado, es complicado porque los automovilistas invaden el paso de cebra cuando es nuestro turno, de los peatones, de circular; es complicado cuando tenemos semáforos peatonales que nos dan el paso al ponerse en verde, pero al mismo tiempo hay una vuelta continua a la derecha para el auto y éste no se detiene.

Bueno, esto último no es complicado es más bien peligroso, porque no faltamos los arriesgados que “toreamos” al coche con tal de hacer valer nuestro derecho. A los que nos gusta caminar, la ciudad nos excluye, le estorbamos para que el automóvil pueda alcanzar mayores velocidades y la solución es construirnos unos puentes, según peatonales, para que podamos cruzar.

Pero, alguien que tenga un poco de sentido común estará de acuerdo conmigo en que para una persona en silla de ruedas o que usa muletas, para una mujer embarazada, para un niño pequeño o para una persona de la tercera edad, usar un puente “peatonal” es nefasto e imposible. Qué curioso, la ciudad la construyen los humanos pero su diseño está cada vez más deshumanizado.

Muy probablemente usted piense que estoy exagerando con lo que yo le vengo a exponer aquí, y es comprensible, por años y años le han vendido la idea de que el “coche es el rey”, yo no niego la utilidad que tiene este medio de transporte, sin embargo no estoy de acuerdo en que la mayoría de nuestros recursos se inviertan e infraestructura para él, entonces, los que caminamos, los que usamos transporte público, los que usan la bicicleta, ¿no merecemos una ciudad también para nosotros?

Si duda de lo que le estoy diciendo haga memoria, cuando se anuncian, ya sea inversiones o acciones en beneficio de su ciudad, ¿acaso no se vuelcan sobre mejorar los espacio donde circulan los autos, en que los arroyos vehiculares queden amplios y lisitos? Apuesto que me ha dado la razón, pero tal vez lo niegue porque a usted, como a mí, le metieron hasta el tuétano la idea de que una de las maneras de legitimar nuestro éxito en la vida era tener un auto y que es de  pobres andar en  combis o en camiones, claro que nuestro transporte público está para llorar, pero esa es otra historia.

En fin, volvamos a la caminada. Me gusta caminar, porque caminando le sumo experiencias a mi vida y a mi aprendizaje, porque me permite ver y entender mi espacio de una manera muy peculiar. Así que le invito a caminar por un día, dese el tiempo de ver el lugar donde vive con otros ojos, a otra escala. Y con está me despido “caminar es una buena costumbre que consiste en hacer avanzar el paisaje hacia adelante moviendo el planeta hacia atrás con los pies” (Jorge Wagensberg).

 

Alejandrina Pérez Ayala. Víandante, fascinada con los centros históricos, activista favor de ciudades más humanas, doctorante en el Instituto de Geografía de la UNAM. Twitter @Ale_PeAy

Redacción/ CulturaCultura
Por Alejandrina Pérez Ayala Me encanta caminar, a los que lo hacemos, por gusto o necesidad, nos llaman peatones, pedestres o viandantes. Cuando camino se me despeja la mente, también me gusta sentir como el aire acaricia mi rostro mientras doy un paseo. Cuando camino se me quita lo cansado...