El camino…

La noche estaba llegando a su madurez, la luna en cuarto menguante iluminaba tenuemente las fachadas grises, el gato de la vecina maullaba lastimeramente. Me imaginé añorando amores perdidos. Al fondo de la calle estaba un pequeño riachuelo, que descendía hacia el valle, su caminar lento lo hacía verse manso, sin embargo llevaba varios muertos en su haber, cuando las lluvias se sucedían más allá del circo de los Reyes, donde nace el agua de entre las piedras.
Mi mirada se posó en el viejo sauce que llegó de las montañas y se posó suavemente sobre la rivera del riachuelo en un día de mayo, primero era un pequeño brote tímido, después un ramazón inculto, ahora un veterano de mil guerras, sobreviviente de las grandes catástrofes, salvador y tumba, es muchas cosas.
Cuando el Sauce llegó a la orilla, era una pequeña semilla, yo era un mozalbete, estaba sentado a la orilla del riachuelo, en esos días era poco el caudal, y me senté en una de las grandes rocas que enmarcan el cauce. La semilla flotaba encima de una hoja de encino, no sé a qué ángel debió encomendarse, pues se posó en mi pie desnudo, la miré con indiferencia, mientras el agua displicente la movía de un lado a otro sin separarse de mi espinilla. Así estuvimos unidos varios minutos, mientras trataba de inventarle su historia. La historia de una semilla valiente que ha salido al mundo para tener otro destino menos agreste, y que un día se desprendió de la rama y cayó sobre un enorme barco que la llevaría a conocer el mundo, hasta hastiarse de viajar y por fin decidir sentar cabeza.
Así la semilla se vio en el viento, libre de ataduras, dispuesta a correr caminos. Vio alejarse a su madre llorosa, con las ramas tocando el piso, meciéndose al compás del tierno vientecillo, con sus ojos aguados se despedía mientras se alejaba. Cuando cayó a la corriente pensó en navegar húmeda y pesada, sintió de pronto un golpe suave, mientras cientos de pequeños pelos la envolvían en un abrazo cálido. Su caída amortiguada la despertó del letargo de la caída, el golpe meció pesadamente a su barca, la cual se desprendió de las otras que había hacinadas en la orilla. Su punta elevada por el golpe fungió de vela, que fue elevada por un vientecillo rasante, haciéndola tomar la corriente principal.
La semilla rodaba de un lado a otro, aturdida, hasta que logró tener el control de su cuerpo. Así pudo observar todo a su alrededor, remolinos cruzaban frente a sus ojos, grandes olas rebotaban entre las paredes de la barca, más no la humedecían, grandes rocas pasaban raudas. En el cenit la luz naranja empezaba a calentar el día, vio a sus parientes tirar miles de cuerpos como el suyo, obligándolos a buscar su cementera, mientras ella bogaba río abajo, corriendo cada vez más aprisa, asida de las protuberancias que su barca le ofrecía.
Una vez agarró un pequeño remolino que la mantuvo fija dando vueltas en un mismo lugar. Era un pequeño remanso, comprendió que su vida sería muy similar en adelante, podrás correr muy de prisa, pero tendrás que detenerte para pensar mejor las cosas o simplemente para calmar a tu desordenado espiritu y poder contemplar tu entorno con otros ojos. Así que estancada como estaba contabilizó a sus vecinos, cien árboles, mil doscientas hierbas distintas, dos aves enormes surcando los cielos, una libélula que se posó en un junco en la orilla frente a ella, una rana verde y viscosa que se entretenía atrapando mosquitos muy abundantes, diez ramas que pasaron río abajo con más prisa que ella, una truca multicolor que nadaba seriamente bajo sus pies, engullendo musgo de la roca que producía el pequeño remolino.
Más arriba una enorme roca salpicada monótonamente por múltiples gotas de agua tenía su propio bosque conformado por millones de árboles diminutos de un verdor brillante, aguas arriba veía una pequeña cascada, la misma que la lanzó al remolino, en su caída se observaban las caras de miedo de las cientos de hojas, ramas y semillas que asomaban sus caras. Pasadas unas horas, una pequeña rama logró cambiarle el centro de gravedad a su barca, dirigiéndola nuevamente a la corriente, los sauces sus parientes parecían interminables, grandes filas desfilaban firmes en ambas márgenes, ella saludaba con solemnidad, y los árboles agachaban sus copas en señal de cortesía.
De pronto la prisa terminó, el cauce se hizo más ancho, las aguas se calmaron, pero seguían caminando. El terreno abrupto se convirtió en una planicie llena de vida, todo era verde y plano, hasta las aves parecían tranquilas, planeaban dejándose llevar por la brisa, las truchas empezaron a ser mojarras plateadas que también comían la pátina de las rocas, era una capa negra viscosa, y a ellas no parecía importarles. Los campos parecían alegres, dóciles, a la derecha una pequeña dehesa invitaba al descanso, cerca de ella un enorme mango, con una fronda amplia permitía a dos vacas rumiar a conciencia echadas sobre la fresca y negra tierra, los pajarillos se empezaron a multiplicar.
La pequeña semilla sentía que debía quedarse allí para siempre, era un paraíso soñado, más el pasto no dejaba espacio para posarse, taponaba el ingreso a la fértil tierra, se convertían en un espeso bosque de tallos que impedían el paso a la orilla, sus espigas servían de asilo de las libélulas y mosquitos, mientras sus tallos sostenían a ranas manchadas negras y pequeñas culebras de agua, era un hervidero de moscas, mosquitos, moscardones y saltamontes.
Después de haber pasado los intrincados meandros, llegaba a la riada, cuando el pequeño afluente se unía a uno más grande, los patos y garzas se escurrían entre las cañas y jaras huyendo del calor intenso del medio día, la barca bogaba silente, pasando desapercibida, se incorporó al río. Allí abundaban las grandes rocas negras, brillosas y cálidas que albergaban a una colonia de iguanas negras. Pasó la semilla tostándose también al sol, su color antes rojo se estaba convirtiendo en un café mate, muy bonito. Las montañas se veían lejanas, su padre y parientes empezaban a espaciarse, aparecían muy poco, ahora eran árboles con espinas o grandes bejucos los que los sustituían, el pasto empezó a desaparecer, mientras aparecían ahora grandes caminos polvosos, caballos y perros y el hombre.
Primero aparecieron unas viviendas pobres, débilmente construidas, hacinadas en las márgenes, junto a ellas grandes depósitos de desechos empezaban a manchar la limpidez del agua, todos los animales le huían a esa zona, menos las ratas y los puercos. Los hombres se veían cabizbajos y tristes como sus padres. La semilla hacía intentos por remar para salir de esa escena tan dolorida, se resignó a vivirla, sabía que debía de sacar algo bueno de eso, pues la vida así es, brillo y opacidad, bonanza y desventura, la guerra de la dualidad, se acostó para sólo admirar el cielo, sabía que eso no eliminaría la escena que sucedía a su alrededor, pero la hacía sentirse en un mundo distinto. Cuando las casuchas desaparecieron, su semblante mejoró, se respiraba un ambiente más amable, las personas hablaban pausadamente, mientras en las casuchas hablaban golpeado e iracundo.
Cuando vio la gran roca gris con matices plateados descansando sobre un islote de tierra negra sintió que había llegado a su destino, al lado de la roca desembocaba una callecita empedrada bordeada por grandes álamos con hojas moradas, rosas y amarillas, sabía que ese era su lugar, alguien debía de ser el hombro de los afligidos y tristes, quien nivelara la tensión que no podían expresar los demás ante tanta magnificencia. Cerró los ojos y pidió a la naturaleza que la posara en ese pequeño espacio. El viento empezó a acercarla a la isleta, un pequeño hombrecillo se acercaba lentamente a la isleta, se sentó sosegadamente sobre la gran roca y metió la pierna al agua, mientras el viento colocaba suavemente una hoja con una pequeña semilla encima.
El hombrecillo la dejó jugar con su pierna, al poco rato, le dio curiosidad, levantó la pequeña semilla, jugó con ella entre sus dedos y la hundió en la tierra húmeda. Al retirarse piso encima del hoyo que su dedo había cavado para introducir la semilla logrando darle la cimiente que necesitaba. Y allí, lejos de casa, lejos de los demás sauces, creció y mitigó las penas, sobre sus ramas hay cientos de mensajes de amor y de odio, sobre sus ramas dejó la vida más de un personaje incomprendido por sí mismo. Más allá los álamos se ríen, más cuando ven a un hombre llorar sobre sus troncos, alargan sus ramas y lo dirigen al río, allá donde ronda un hombro silente, donde nadie juzgará el destino de nadie, sólo serán la corriente que los dirija al final de su camino, que viene siendo también el principio del mismo.

https://i1.wp.com/www.periodicoeldespertar.com/wp-content/uploads/2018/12/Diapositiva1-1.jpg?fit=1024%2C515https://i0.wp.com/www.periodicoeldespertar.com/wp-content/uploads/2018/12/Diapositiva1-1.jpg?resize=150%2C150José Luis Valencia CastañedaOpinión
El camino… La noche estaba llegando a su madurez, la luna en cuarto menguante iluminaba tenuemente las fachadas grises, el gato de la vecina maullaba lastimeramente. Me imaginé añorando amores perdidos. Al fondo de la calle estaba un pequeño riachuelo, que descendía hacia el valle, su caminar lento lo hacía...