El Espacio infinito. Un viaje sin retorno.

Soy un hombre de este mundo, un desfacedor de entuertos, el que camina erguido lanza en ristre, cabalgadura de gran alzada, soy el que lleva la égida, el que derrota a los gigantes con solo el poder de su mirada, soy el eterno derrochador de luz, vine a este mundo a medrar, y lo hago con la insensatez que me da la divinidad, con la incongruencia del ser hombre, con el libre albedrío que se me otorgó para ejercerlo en toda la extensión de la palabra, si confundo libertad con libertinaje no me culpen, culpen a la zafia inteligencia de ser humano, abusador del 1.5% del ADN que nos hace diferente a los simios, así me fingiré feliz, pues mi taponada inteligencia identificará a la felicidad como la ejecución de mis pasiones, y a ellas me deberé para poder bajar al noveno círculo del infierno para subir regenerado, en compañía de Homero, pues allí abajo, en donde las pasiones florecen, es donde se esconde la felicidad efímera que envuelve a la acritud de la seriedad y rectitud del vivir en este mundo, soy un hombre común, que mastica engaños, que sufre derrotas, soy un hombre con la hipocresía a flor de piel, atrapado en mis miserias mundanas del querer ser, sin saber el propósito de mi vida, soy un acumulador de odios que vaga por los caminos polvosos con pies de plomo, dejando huellas nítidas en el devenir, tropezando con los guijarros de la decepción, aleteando cual polluelo recién nacido, en el prado del progreso, sin temor a la nada, me lanzo al infinito, queriéndomelo tragar de un bocado, pues soy consciente que de allá vengo, y que algún día, en determinado momento el infinito me abrazará con el amor de una madre rediviva, así, imberbe, jovial, me lanzo a lo desconocido sin tapujos, a ojos vistos, me tiro con todo el garbo del clavadista a la fosa inmunda del detritus social, me embarro del lodo moral que lanzan los que odian a los triunfadores, abajo, en la ciénaga espesa de la decadencia del decoro camino con garbo y la espalda enhiesta, firme el paso a pesar del peso que mis hombros empiezan a cargar, soy el hombre de este día, aquel que se vende por unas monedas para vivir los dos segundos que le quedan en el espacio de tiempo para sentirse útil, para ser útil, para pertenecer a un grupo que no es el suyo, pues el suyo es universal, el del hombre común tiene muchos nombres, ora barrio, ora, pueblo, allá ciudad, allá clan, más allá grey, acullá cultura, así, se atrapa a un alma libre, y yo, hombre de este día me dejo atrapar gustoso, quiero pertenecer a lo tangible, a lo que mis ojos ven, somos el común atrapados en otra realidad, sin saber que las realidades son las mismas, estamos en la misma dimensión, y fingimos no saberlos, estamos satisfechos, nos creamos una obra, y la representamos a cabalidad, con todo el peso que llamamos realidad, sin embargo me engaño, finjo que viajo y solo muevo las nalgas de posición en el mismo lugar, soy el hombre dormido, sin conciencia, sin esencia, todo me lo traga la monotonía y el descaro de la inefable muchedumbre, porque me dejo llevar por ellos, son una marea enorme que se hace un solo ser enorme que piensa diferente al individuo sencillo, soy un hombre dormido, estoy queriendo despertar sin lograrlo, araño las cobijas sin obtener resultados, la oscuridad me envuelve, mis ojos se han pegado, se han cerrado voluntariamente, temo que la realidad me absorba y me pierda para siempre, hago vagos intentos, desespero en el manoteo, sigo intentando, mientras el sueño me vigila desde atrás con ojos escrutadores, avergonzándome de mi mismo por lo inútil de mi proceder, por fin me dejo llevar, abriré los ojos, no tiene caso luchar, la realidad puede ser cruel, pero es solo un estado de ánimo, así, despacio camino hacia la luz, me deslizo suavemente por la capa espesa de la comodidad, la oscuridad se vuelve amable, apapachadora, el mar de penumbras me rodea, me ciñe y me reanima, soy otro hombre, es otra realidad, los días joviales se han ido, ya no camino a tientas, veo las caras cejijuntas del vulgo, son una marea interminable que camina a su propia perdición, lo sé; de allá vengo, los anuncios de neón hay copado sus ideas, son máquinas de generar riqueza material, viven insatisfechos, genera, y generan y mueren queriendo seguir generando, su cuerpo pierde brillo, su alma los abandona, su lucifer se ennegrece, ya no brillan, a lo lejos se ven puntitos de luz, pequeños oasis que halan de uno en uno, tratándolos de salvar de sí mismos, sin embargo, el vulgo cae gustoso, con el gesto adusto de quien se siente indispensable, la oscuridad gana batalla, mientras yo, despierto, estoy vagando en la inmensidad de lo inmarcesible, queriendo atrapar nuevos sueños en noches negras con redes de letras, sueños que se vuelven mariposas, que vuelan al infinito en un eterno trasiego de genes, vago con ojo avizor, queriendo encontrar respuestas en la soledad del hombre común, en ese pequeño brillo que da esperanza, en la tez magra y triste del vagabundo sin expectativa, vago lejos, allá, lejos, donde la subjetividad anida, donde la locura es lugar común, así vagabundo, deslizándome, desplazando a la maledicencia, poco a poco, construyo caminos, cerrando de sueño en sueño mi nueva casa, así he vaciado mi vida llenándola de datos que me son improductivos para consumir, atrapándolos en el cumulo de sabiduría de los menos, de los simples, de los hachones encendidos, pero me son útiles para engarzar las redes de la semántica que endulza el oído de las simples mortales de dónde vengo, sé que soy un fiasco, soy la mesura de lo inmensurable, la pequeña gota que cae en cada universo de cuando en vez, para ponerlo a prueba en su supervivencia, soy la mota perdida de la chispa divina, que alumbra el sendero oscuro de la ignorancia plena, soy el hombre mediano, no aquel filosófico personaje de José Ingenieros, soy el hombre universal que teje sueños en servilletas raídas y llenas de pus, soy el hombre de esta tierra que sueña con paraísos perdidos como Milton o Dante, soy el personaje que se reúsa a caminar entre las brasas ardientes del placer y el odio porque ha querido abandonar el camino de las multitudes por lo peligroso que llega a ser dejarse guiar por embaucadores y amantes mendaces de tus riquezas, soy un hombre, simplemente un hombre, que soñó un día con el ser el héroe de todas las historias trágicas, donde se salva a la humanidad con solo el poder de su sangre, que salva a una grey solo con el poder de su palabra, que salva al común con la voluntad de sus actos, soy un hombre común, aquel que soñó a la violencia en los bueyes de su compadre, mientras disfrutaba la mieles del triunfo de la verdad de sí, y disfrutaba con la hermosa mujer soltera sobrevivida junto a sí antaño con semblantes rosados y felices, únicamente para que la humanidad volviera a confiar en sí misma. Detrás del camarín, detrás de la tramoya y en la tramoya misma, los detractores y los angeles del mal iban desapareciendo, al nacer la luz, con su fulgor difuminándose hasta hacerse uno con el día, con el sol como su faro, desaparecían porque nadie creía ya en ellos, se volvieron inútiles, se perdió el miedo, se perdió la fe, el salto de la certidumbre había cambiado las cosas, el hombre despierto ganaba terreno en las locuras que le eran propias a la maldad ignota, así el héroe disfrutaba Jauja, al lado de su amada cortejaba los atardeceres, se enamoraba al alba, y aun viendo desaparecer el ánimo juvenil seguía en eterno desliz de amor por lo bello que le regalaba el universo, aunque solo colegia andar los caminos amarillos del deseo fugaz, esperanzado en la eternidad del ser, lleno de suposiciones de juventud imperecedera, sabía que había un destino, y le temía, por ello buscaba testaferros, buscaba elixires, buscaba afanosamente aferrarse a su sino actual, deseoso de un placebo que le aliviase la ansiedad de encontrarse frente a sí con el paso de los años, ya moribundo y  con la tez blanquecina, con las sienes de invierno y los surcos halándole la piel, en una nueva cosecha, ahora de sabiduría, se perdía en sí mismo, de deshacía en lamentaciones, alargaba sus delgadas manos para atrapar al tiempo que cada día se hacía más denso, más negro, más pesado, volvía la vista y a su lado, la amada inmóvil aceptaba el destino que creía eterno, esa era su eternidad, no ser inmortal, por ello pintaba la experiencia de carmesí en los labios, soslayaba el rosa con un rojo fuego en las mejillas, brasas de una hoguera a punto de extinguirse corrían su vientre, aun siente ansias, pero las reprime, muestra solamente su porte erguido, su figura enhiesta, rígida en su corsé, como exige la seriedad de la ocasión, mientras el hombre, títere de sus calores, se asía a los lasos invisibles de la historia, dejó pasar los días por buscar la noche, sabedor que son ausencia entrambos, sin embargo se había decantado por uno, no supo combinar sus dos afanes, así, como un sueño, la vida se fue, se perdió en el tiempo, ahora, se desvive caminando de espaldas, regresando sus pasos, con la ilusión de encontrarse en el camino de la misma manera en que se recordaba;  fuerte, templado, afable, dispuesto a guerrear las guerras como si no hubiese un mañana, como si la vida fuese un toma y daca eterno, como si la muerte fuese solo un mito lejano inventado para aterrar a los mansos, como si la muerte fuese una fecha para festejar la levedad del tiempo, para festejar el paso intermitente de las almas por el mar de lágrimas de esta tierra,  así, despacio, sin la prisa de la juventud, me veo en el espejo, y veo solo un reflejo, una calca de lo que podría ser soy el hombre mediano que ha conocido el camino a la cima del desinterés y la decrepitud, que corrió fronteras y se siente insatisfecho porque no ha encontrado la fuente de la eterna juventud más allá de las fronteras conocidas, el hombre simplón que recorre las rúas atestadas de garrapatas, chorriento de sangre, entre el dolor y la apatía, tratando de regresar las manecillas al momento justo donde el destino lo despertó, donde conoció lo que amaría o de lo que sería amado, y al final ha bajado sediento, como en la niñez, raudo caía y ha querido detener la caída alargando los pies, más el riesgo era inminente y el choque contra el espejo inevitable, así, lanzado por sí mismo a un infinito vacío de la levedad, atestado de tramoyas; yo, el hombre de este mundo, camino ya la vida sin una meta moralmente aceptada, estoy más allá de ellas, las he superado, los he superado a todos, ya no me son necesarios para vivir, pues he vivido en el libre albedrio, como lo es; libre, he vivido los fracasos como si fueses victorias, eso también es enseñanza y experiencia , pues se vive más aprendiendo de los fracasos, y a la espera, la eterna espera de terminar lleno de ellos, suena vano, como vano es el sinsentido del camino que busca en la oscuridad de la ignorancia el conocimiento que te lleve a la sabiduría, ese conocimiento vedado a los mordaces, vedado a los que buscan la verdad absoluta, esa fiel mentira que se esconde dentro de la afabilidad de las palabras, dentro de la hipocresía del hombre común, del hombre de este mundo.

 

https://i1.wp.com/www.periodicoeldespertar.com/wp-content/uploads/2019/01/Diapositiva1-1.jpg?fit=1024%2C515https://i1.wp.com/www.periodicoeldespertar.com/wp-content/uploads/2019/01/Diapositiva1-1.jpg?resize=150%2C150José Luis Valencia CastañedaOpinión
El Espacio infinito. Un viaje sin retorno. Soy un hombre de este mundo, un desfacedor de entuertos, el que camina erguido lanza en ristre, cabalgadura de gran alzada, soy el que lleva la égida, el que derrota a los gigantes con solo el poder de su mirada, soy el eterno...