El pecado de ser el otro

El hombre, en busca de su sentido ante la vida, se percata tarde o temprano de que su camino ha sido el más difícil, mientras que los demás hombres opinan de la misma manera a sabiendas de que cada uno lo camina en distintas direcciones, sufre distintas tareas, para llegar a un mismo destino: su propia identidad.
Juan pasaba por un momento complicado, había decidido retirarse de la sociedad, pretendía aislarse por completo, para demostrarle al mundo que no la necesitaba. Pues estaba convencido de su capacidad de sobrevivencia y su enorme frialdad ante los acontecimientos funestos lo hacían un ser distinto al común. Se reía de sus compañeros cada vez que se molestaban si no llegaba el personal de apoyo, ya fuese María la de la limpieza, ya fuese Martín el del jardín, o Carlos, el chofer tráeme todo. Cuando esto sucedía a sus compañeros el mundo se les volvía pequeñito, pataleaban y maldecían, a la suerte de esos personajes por no estar en los momentos más complicados en la vida de sus benefactores, que los ayudarían a solucionar lo complicado de la vida, como limpiar su lugar de trabajo, como tirar la basura, no se diga el cambiar un foco, o sustituir un contacto.
Si esto pasaba, el mundo se les venía encima, no tenían el concepto exacto de la necesidad en sus genes, o en su cartera, el concepto exacto de la terrible necesidad que, si había vivido Juan en su infancia, las necesidades lo hicieron fuerte, las necesidades lo hicieron independiente, lo hicieron distinto al común, al cual no le interesa saber de necesidades mundanas. Sus compañeros siguieron la ruta del común, y se crearon las necesidades comunes, muy propias, enfocadas a satisfacer las emociones que le produce la vida moderna, enfocado en satisfacer las necesidades que cree que los demás están esperando que sé satisfaga, como es tener un cuerpo acorde a los cánones modernos de belleza, como tener un auto nuevo, como tener una casa enorme, como tener un televisor moderno o un teléfono que le dé estatus ante la concurrencia, y tener los recursos económicos necesarios para sentirse único.
Sus compañeros no han sentido aun el verdadero miedo a perder todo lo que tienen y empezar de cero, no han sentido la necesidad de comer sin tener nada a la mano, no saben lo que es el hambre, no han tenido la necesidad de vestir cuando sólo tienes lo que traes encima, y tienes que andar desnudo mientras lavas la única muda de ropa que tienes. Ese estatus que se crearon, que se logra como hombre moderno, y sólo le permite satisfacer las necesidades que otros hombres le fijan como parte de su vida, es el precio de vivir en este mundo, en esta etapa, en esta sociedad.
Por eso Juan reía cuando se molestaban si alguien no les preparaba un café al momento y con la calidad que ellos creían necesitar, pudiendo hacerlo ellos mismos a su gusto, pero el orgullo y el dinero los detenía. Juan se reía cuando se les manchaba la camisa y los veía bailotear, cual niños malcriados, al no saber cómo desmancharla. Los veía vociferar porque no llegaban a tiempo a una fiesta, como si en la fiesta se les fuera la vida, reía cuando veía que reclamaban al universo si no tenían a la mano la corbata del color de los calcetines, -Juan pensaba -Me gustaría verlos en un desierto atendiendo sus necesidades primarias, sin un retrete con clima para que no les congele el culo por las mañanas- Juan reía- Me gustaría verlos cazando o cultivando lo que comen y renegando de la calidad con la que se le presentan los alimentos, muy cocidos, o término medio, con hambre comerían sin garbo y sin reglas de etiqueta -Juan reía- me gustaría que los eventos afortunados de la tierra les tocaran a la puerta para hacerlos madurar-.
Juan reía sólo de imaginarse como sería la vida de sus compañeros en otras circunstancias, se imaginaba viendo a sus soberbios compañeros, que no saben que la vida es solo un espacio en el tiempo, que tiene ciclos buenos y otros ni tanto, y que se va a acabar muy rápido, sin embargo ninguno de ellos se ponía a pensar de que la suerte podría cambiar de un momento a otro, pero también sabía que no sucedería hoy, ni en el presente cercano, con eso se le quitaba la cara de seriedad, pues entendía todos tenemos una misión que cumplir, y ellos tendrán que vivir su propia experiencia, buena o mala, ellos sabrán catalogarla, quizá los acontecimientos futuros no los alcancen, y podrán presumir su soberbia con toda libertad en este tiempo, solo por todos los lados donde pueden y se aprecia y no será en Dubái, será en estos pueblos donde su poder es válido, donde su poder es alto, comparado con los otros poderes bajos, haciendo válido el adagio de que en un reino de ciegos el tuerto es rey.
Juan sabía que podría discutir con ellos sobre su comportamiento antihumano, pero sería ordenar el caos, cada uno de ellos debería alcanzar su madurez por cuenta propia, solo de vez en cuando lanzaba alguna puya para regresarlos al piso, al fin, Juan, después de pasar todo el día en el trabajo, después de hacer sus labores cotidianas que le permitían comer, vivir y satisfacer las necesidades que se creaba en la lectura e investigación, se encerraba en su biblioteca a crear nuevos mundos, se encerraba en su propia idea de vida, buscando allí los pretextos válidos para no participar en la decadencia de sus compañeros, invirtiendo el tiempo en fiestas y juergas, prefería invertirlo en la preparación de su mente para los eventos que pretendía provocar, que era abandonar a la sociedad.
Juan sabía que al abandonar a la sociedad, su espacio sería ocupado por otra persona, con la misma energía, con las mismas características, para mantener el equilibrio del grupo, ese pequeño grupo símil a millones de grupos que conforman a la inefable muchedumbre, Juan sabia que su comportamiento daba escozor a sus compañeros, no entendían porque debería de perderse los placeres de la vida, si la vida se los permitía; viajes, fiestas, alcohol, mujeres, autos, relojes, teléfonos, todo lo que hacía que la mente se embotara y provocara lapsos de felicidad, y eso era la modernidad, eso era la normalidad, eso era lo que el común sentía era lo correcto, Juan no lo consideraba correcto, no tenía nada a que abstraerse, no tenía nada que soslayar, no tenia nada que lo atara a esta sociedad, se sentía atado sí, pero solo a la tierra, a esta madre sufrida que a pesar del ingratitud del hombre lo seguía cobijando, lo seguía alimentando sin recibir el mismo amor.
Por fin Juan podría convertirse en lo que tanto estaba soñando, en un ser solitario, ahíto de sí mismo, acompañado de sí mismo, una multitud de personajes en uno solo, sería feliz, pues dejaría la banalidad para los superfluos, aparte de que Juan creía que abandonando todo vestigio moderno como restaurantes de línea, comidas enlatadas, bebidas embotelladas o alimentos procesados le acarearían un paz mental y física inigualables, y quería comprobarlo. Cuando Juan llegó a su cueva, cuando su cuerpo sintió los estragos de la vida dura, su orgullo decayó, pecó de ser otro, en lugar de ser el sí mismo, en las circunstancias que la vida te ponía, tenía que morder el orgullo, si no quería morder carne sin cocinar antes de morirse de hambre.

https://i2.wp.com/www.periodicoeldespertar.com/wp-content/uploads/2019/03/d.jpg?fit=1024%2C515https://i0.wp.com/www.periodicoeldespertar.com/wp-content/uploads/2019/03/d.jpg?resize=150%2C150José Luis Valencia CastañedaOpinión
El pecado de ser el otro El hombre, en busca de su sentido ante la vida, se percata tarde o temprano de que su camino ha sido el más difícil, mientras que los demás hombres opinan de la misma manera a sabiendas de que cada uno lo camina en distintas...