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Los gatos de Alex

“La del moño colorado”, sonaba a todo volumen en la bocina del pueblo, un niño moreno bailaba alegremente, no traía zapatos pero si felicidad; detrás de él, un séquito de gatos famélicos maullaban sin descanso – ¡Miau!

Alex descalzo y sin pantalones paseaba alegremente por la plazuela del pueblo, con sus gatos trastabillando tras él, después de todo es primavera, todos queremos ser felices en primavera; los arboles visten verdes follajes, el aire se engalana de calor y la feria para festejar semana santa ha llegado; globos de colores inundan el ambiente, algodones de azúcar se venden por montones, puestos de comida enfilados, juegos mecánicos, pirotecnia y cerveza, no se diga la cerveza.

Alex juega con sus gatos a todas horas, huérfano de madre y su padre un beodo sin más oficio que amanecer en los burdeles. El niño deambula entre la gente, a veces le dan migas de pan y algo de beber, a veces solo golpes, sobrevive porque puede, no porque quiere.

Camina a paso lento, observa las canicas en un puesto, luego la comida en el otro, este día fue infructuoso, no comerán ni sus gatos, menos él.

Son las cinco, solo comió lo que Modesta le regaló; un huevo y un café. Con sus piernas temblando de hambre y sus pies clamando huaraches, anda en medio del tumulto que se ha congregado para ver el show de las bailarinas.

Un gato se queda en la plaza, mientras Alex hace la caminata a casa. Llegando les pasa lista: chocolate, puma, tigresa, nieve, ¡falta micho! Encierra los gatos en una cabaña que su padre improvisó cerca del monte.

Regresa al pueblo, empieza a oscurecer, ahora la plaza se ha convertido en un escenario de baile y romances al por mayor. El niño busca su gato, debajo de cada piedra en el lugar, triste decide retirarse.

La noche ha caído sobre los hombros del día, el pequeño camina de regreso, sobre una senda de pequeños pedruscos que lo lleva a su hogar, escucha pasos, voltea abruptamente

  • ¡Miau!

Es micho que lo ha seguido desde la plaza.

En la cabaña se vislumbra la silueta de un hombre alto, es su padre, llegó sobrio a casa.

Abraza a su hijo.

  • ¡Te amo hijo! – Le dice efusivamente mientras lo abraza.

El hombretón derrama algunas lágrimas, después las seca sobre una camisa sucia y raída.

Las costillas del pequeño se sienten al tocar su playerita negra, llena de polvo y tristeza. El padre lo carga, y por primera vez lo llevara a la feria del pueblo, al niño abre los ojos y llora de emoción. Come un helado, un algodón y pide algo para sus gatos. El padre le obsequia un short y unos huaraches de cuero.

Caminan de la mano con rumbo al cerrito donde construyeron su cabaña junto a la mujer que a uno le diera la vida y al otro la felicidad de ser esposo y padre. Esa noche los vieron felices, al fin eran familia.

En el cerrito llegaron los ociosos con pirotecnia que pronto consumió la madera seca, todo el monte ardió, hasta la cabaña de Alex. Ellos dormidos dentro,  confiados no sintieron el calor, el fuego se los trago en sus rojas entrañas, solo quedaron sus cenizas.

Fue un funeral grande, con gran banquete y fiesta, celebraban la vida de sufrimiento que llevo el pequeño.

  • Les hubieran dado todo esto cuando estaban vivos, ya pá que necesitan hipocresías –Dijo Arturo, dueño de uno de los juegos.
  • ¡Cállate Arturo! -Gritó el sacerdote, estás ebrio, no sabes lo que dices.

Dicen que esa noche, los gatos caminaban como siguiendo a alguien. Ellos permanecen en el lugar donde estuvo la cabaña, dicen que esperan con ansías el día de muertos para reunirse con su pequeño amo descalzo.

 

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Los gatos de Alex “La del moño colorado”, sonaba a todo volumen en la bocina del pueblo, un niño moreno bailaba alegremente, no traía zapatos pero si felicidad; detrás de él, un séquito de gatos famélicos maullaban sin descanso – ¡Miau! Alex descalzo y sin pantalones paseaba alegremente por la plazuela...