EL ARTE DEL COLECCIONISMO

En el mundo de las palabras, los coleccionistas tienen una definición clara y sencilla: responden a la “Afición a coleccionar objetos”. En el mundo real, en la práctica, esta afición generalmente implica destinar buena parte de nuestro tiempo y, si hablamos del mundo del arte, de nuestro dinero o ahorros.

Sin embargo, algo que no se explica en los grandes diccionarios, como el de la Real Academia de la Lengua, el arte del coleccionismo va más allá de las definiciones y tendencias o modas sociales; a decir de uno de los grandes expertos en arte en México, Carlos Ashida, depende única y exclusivamente de la afición personal, de los intereses y gusto particular del comprador.

Para prueba de lo anterior bien vale citar un ejemplo que alcanza reconocimiento internacional: La Colección Jumex, una colección de arte contemporáneo que parte del arte minimal y conceptual de los años 60, aunque el mayor cuerpo de obra lo integran artistas activos en la década de los 90, tanto de México como fuera de él. Y como esta colección abierta al público, está también la de Carlos Slim, quien montó incluso el Museo Soumaya para compartir con el público esta bella afición, que entre otras peculiaridades cuenta con una colección del maestro Auguste Rodin, la segunda más grande del mundo fuera de Francia.

Es en este punto cuando es necesario realizar una pausa en el camino y reflexionar al respecto, si bien es cierto que los casos arriba citados responden a los gustos de dos mexicanos con la riqueza necesaria para contar con una colección envidiable, también lo es el hecho de que no se requiere de miles de millones de pesos, dólares o euros para entrar en el campo de los grandes coleccionistas de arte, todo responde a los “latidos”, a las “aficiones” o “gustos personales” y, con suerte, lo que ahora se adquiere por unos miles de pesos, a futuro, en un par de décadas multiplica su valor infinitamente.

Lo que ahora se encuentra o puede ver en los grandes museos o galerías de nuestro país comenzó como una afición de a poco, es decir, por el mero gusto de invertir en arte, de comprar un cuadro, una escultura, un grabado o acuarela que responde a los gustos particulares. Hasta llegar al punto en el que lo que originalmente fueron un par de cuadros u obras, ahora es una colección envidiable y que millones pueden disfrutar; después de todo, pese a ser una de las frases más empleadas en el mundo del coleccionismo, también es una de sus más grandes verdades: en el arte no se gasta, se invierte. ¿Usted ya comenzó la suya?

Sara Mascarúa, periodista y editora cultural en Diario Provincia, reportera de Diario Monitor y cofundadora de la Revista Cinescopio. Coeditora del catálogo del FICG y editora del suplemento del FICM

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