Despertar de la tierra

Despertar de la tierra

Despertar de la tierra

Navegando en el prefacio (Historia de 2001)

La controversia del destino ha logrado subestimar el alcance de la mente humana. No existe personaje alguno que no haya recurrido directa o indirectamente a las argucias del destino para poder ligar su vida a la de la sociedad, donde se siente protegido. Muchas de las formas de vida que profesamos están íntimamente ligadas al deseo inconsciente de sobrevivir, cuando sobrevivir sea una necesidad predispuesta.

El poder o el saber sobrevivir en una sociedad tan cambiante e insegura como la nuestra es una alegoría en un escenario irreal. Sin embargo, esa alegoría lucha en nuestro inconsciente por ser real y al dejar de lado su virtuosismo lúdico, nos corrompe la necesidad de creer y nos obliga a hacerlo por defecto.

Buscamos en nuestras vidas un aliciente para hacerlas pasaderas y alejar el tedio y la monotonía, ese aliciente lo representamos en mil y un facetas, todas ellas inverosímiles. He encontrado en la colección mental de monolitos, un aliciente en mi vida, para obligar al destino a marcarme una línea directa al abandono del pesimismo, un efecto directo a la supervivencia humana. La delgada línea que sigue el destino y nuestras vidas son una misma, pues siguen un mismo objetivo por caminos diferentes, y es tan delgada la línea que llegamos a confundirnos.

En casos determinados por una alegría o tristeza extremas, obligamos al destino a aceptar la culpa, logramos culparlo de nuestras fatalidades, ¿Cómo desligar al destino de esas sensaciones tan disímiles? No creo necesario hacerlo, es más simple cuando creemos conocerlo.

¿Pero…? ¿Qué es el destino? ¿Es lo inevitable? ¿Un fatalismo? Creo firmemente en la necesidad del destino para deshacerme de la fatalidad ¿Pero si el destino no fuese más que una palabra que se sobrepusiese a los sucesos? ¿Tendría sentido su existencia…? El destino es una realidad incierta, una necesidad urgente, una tregua a la mente, es la vida misma… Es una palabra.

Con este precedente, convení con mi personaje interno una tregua de desazones y tratamos de investigar: ¿Cómo enfrenta un personaje de nuestra sociedad al destino? Nuestra tregua dejaría lejos las predisposiciones morales y las caretas éticas para soportar la náusea que nos provoca la diferencia o discriminación de credos o ideas políticas.

Para darnos cuenta de que habíamos elegido correctamente el camino, consultamos el manual y reglas denominadas costumbres, en un estrato social débil e identificamos con ello la enorme carga de fatalismo que pesa sobre el destino. En una ciudad mediana, sondeamos al personaje común, aquel que recorre grandes distancias rumbo al trabajo, aquél que se enfrenta a la vida como si fuese su último día; en segundo término, sondeamos el siguiente círculo social, menos débil este estrato resultó ser un parásito del primero, y la opresión marcada sobre el más débil, está marcada por una gran carga moral del destino.

Nuestro resultado fue desalentador, el destino era la excusa más pobre para exculparse. Sé que denominar estratos es discriminatorio; pero, ¿Qué lograría con discriminar con otros adjetivos a nuestra sociedad? Quizá solo queramos ver el grado de desprotección de nuestros hermanos, como una línea obstáculo a vencer para lograr ser uno, es solo una diferenciación para poder identificar el segmento de nuestro estudio.

Sobrepasando nuestra urgencia de recurrir al destino, nos encontraríamos en la necesidad de culpar a alguien. Allí es donde nuestra debilidad tropieza y nuestra moral responde, no podemos desgastarnos inútilmente en peleas infructuosas, mi personaje y yo, convenimos encontrarnos cara a cara con el destino y conversar:

Yo:

He sabido de la muerte,

Me la encontré un día aciago,

Esperando el autobús que me llevara a casa,

Más la puerta se cerró antes de abordarlo,

Era el último recorrido del autobús ese día,

En vano convenía esperar el próximo día,

Debería retornar al trabajo, era más fácil.

Destino:

La adversidad es buena maestra.

El frío de las noches invernales te fortalece.

Mi personaje:

La luna me trae la nostalgia del pasado,

La banca de espera no invita al descanso,

¡Regresa al trabajo!

Yo:

Me tiraré en el sillón de la sala,

Tomaré café hasta el hartazgo,

Fumaré hasta cambiar de color mis dedos,

Mañana… Mañana será otro día.

Mi personaje:

Perece que el ahora no cambia,

Las noches son iguales,

Nada hay distinto a la cotidiana soledad,

Se me obnubila la mente como cada noche,

La carretera se pierde en la oscuridad,

No invita a correrla,

El temor a lo desconocido me abraza.

Destino:

¿Adónde irán tus días?

¿Acaso nos descompondremos en entes y desaparecemos en la nada?

La vida es un silogismo,

Todo se deduce a la desaparición física,

Todos los caminos tienen un final,

Tienen destino, se dirigen a mí.

Yo:

Puedo soñar, puedo necesitar, puedo pedir,

¿Pero? ¿Puedo dar sin concesiones? ¡Si!

Pero no podré sustraerme al final de mis días,

No podré soslayar mi barbarie interna,

Al fondo de la idea que abrazo día a día,

Donde nadie busca a nadie,

Donde nadie necesita algo,

Son obstáculos de mi propia tragedia.

Los personajes que se unen en gremios, para proporcionarse una personalidad, y se diferencian, porque su ideología es distinta a los demás que se llaman contrarios, y cuando esa identidad está completamente justificada a sus ojos, el destino se encarga de crearles sus propias fatalidades. Estas fatalidades serán aceptadas por el gremio a ojos cerrados, aceptan el regalo porque no viene de un contrario, lo dejan al ser supremo.

Sabemos algo, o creemos saber, que cuando se recurre a las argucias del conocimiento, dejamos a un lado los escepticismos con los que crecimos, y movemos al destino hacia otros fines, creamos nuestro propio sino, que nos lleva hacia la misma meta, solo que la dignificamos, hacemos la fatalidad propia y vemos al destino con otra cara, lo aceptamos como un compañero de viaje que nos hará sentar los pies sobre tierra firme.

Quisiera recurrir a mis antiguas argucias, para burlarme del destino, pero no he encontrado un camino seguro, y el último día de mi estancia en esta dimensión, mi destino se esconde para no dejarme recorrer el último metro con tranquilidad. No me importa, caminaré a ciegas, porque estoy consciente de que en algún lugar está mi último paso.

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