Despertar de la tierra

Autor: José Luis Valencia Castañeda

Los pobres de la tierra, serán salvos.


La cuarta ola del Covi-19, con la variante Ómicron, pareciera un lugar común.
Vemos las noticias con el desgano propio y el descaro de los anunciantes, las
vacunas al parecer tienen su efecto paliativo en la mente humana, les da
confianza y certeza de seguir la rutina diaria sin tanto riesgo o con el riesgo
minimizado, las economías empiezan a moverse, las áreas no esenciales han
logrado salir de la inacción, aquellas que son imprescindibles no han parado en
todo este tiempo, que son la industria de los alimentos y la industria del manejo de
los muertos, las grandes fábricas siguen echando humo y trabajan como si nada
estuviera pasando: ¿Al fin todos tenemos que comer?
Algo muy parecido sucedió con la industria de los ataúdes, que tuvieron su
repunte al alza en estos días, grandes cantidades de humo enrarecían las
atmosferas de las áreas donde se asientan, cientos de cuerpos eran cremados y
reducidos a cenizas, ante la complacencia de los deudos, que seguían alguna
tradición a alguna instrucción: ¿Al fin, todos tenemos que morir? ¿Y cómo se elige
a quién vive y a quién muere? Al parecer, el patrón es el mismo, quienes eligen
quién vive es el mismo para quienes eligen quienes mueren. Ese patrón se llama
modernidad, se llama progreso, se llama tecnificación.
Hace unos cien años estábamos felices con el avance de la ciencia, poníamos
todos los huevos en la canasta de la ciencia, la industria había logrado fabricar
alimentos en masa y conservarlos por mucho tiempo, eso ayudaría a alimentar a
millones de personas. En aquellos tiempos pensaba que esos alimentos irían a
parar en manos o estómagos de los más pobres, aquellos que batallaban
diariamente contra el hambre. Su mente, antes de pensar en conseguir riquezas
de otro tipo, pensaban en comer. Sí bien, románticamente era loable pensar en
que la tecnología lograría liberar al mundo del hambre y de la muerte por falta de
satisfactores, como agua potable a la mano y servicios de higiene adecuados, no
lograba obtener los recursos necesarios para mantenerse, ni mucho menos para
hacerlo rentable como negocio, tal y como fue concebido finalmente por los
dueños del negocio, los alimentos deberían ser negocio, y los pobres no son la
prioridad, el hambre no es la prioridad.

La prioridad, son aquellos que pueden pagar por ellas, así que mediante la
mercadotecnia lograron hacer adictos a la comida industrializada a la mayoría de
las personas, mientras los pobres seguían con sus prácticas de supervivencia
simple, básica, basada en el autoconsumo y en el trueque. A la fecha, podemos
ver que el patrón es el mismo, los pobres siguen manteniéndose al margen de la
tecnología, con satisfactores básicos. Si bien, ya existe mucha permeabilidad del
progreso que hasta los pobres logran algunas migajas, que desafortunadamente
son las más peligrosas, la mercadotecnia, permitió que la industria de los
alimentos creciera, los que tenían recursos pudieron proveerse con alimentos de
más, a la industria eso la alentó a buscar más opciones de productos y una
mercadotecnia más agresiva, incluyendo formatos donde aseguraban que todos
los alimentos industriales eran sanos y más si no eran tocados por la mano del
hombre, la “sanidad” estaba definiendo el rumbo del mercado, total, ya nos tenían
comiendo de su mano.
Las personas empezaron a crecer con la idea de que aquello que no era tocado
por la mano del hombre era más sano, que todos los alimentos industriales eran
sanos. Esa era la trampa, que ya traía detrás toda una carga de destrucción
enorme. La industria requería de alimentos únicos, especiales y de rápido acceso,
para ello había que modificar toda la estructura propia de la materia prima, los
animales deberían de manipularse para poder usarlos lo más rápido posible y con
mayor cantidad de producto, de la calidad no había porqué preocuparse, se le
adicionaba lo faltante, ya sea vitaminas, ya sea proteínas, ya sea masa, ya sea
sabor, no importa, la producción de animales en masa requería de alimentos para
esos animales y esos alimentos también deberían ser modificados, para que se
reprodujeran más rápido y con mayor volumen, las tierras tendrían que
modificarse, tanto para producir alimentos humanos, como para producir alimentos
para animales con el mismo fin.
Las tierras empezaron a degradarse por la especialización, el ambiente fue
modificado para que todo eso se diera, a la postre, todas esas “buenas noticias”,
que señalaban que el hambre en el mundo estaba desterrada, los alimentos
podrían transportarse con seguridad y con poco riesgo a que se dañaran, pero no
fue así, los alimentos solo sirvieron para que los países con alto poder económico
pudieran crecer demográficamente, similar al ejemplo aquel que menciona a las
ratas que se comen a sus bebés cuando los alimentos escasean y de esa manera
mantienen su control demográfico, una vez que tienen alimentos suficientes, se
reproducen con rapidez. Así nos está pasando.
Mientras, los pobres siguen a su ritmo, compartiendo la escasez, rodeando la
“riqueza de alimentos”. Esto los ha salvado de todas las crisis que sufren aquellos
que “tienen riqueza”, ellos siguen impasibles, acostumbrados a la austeridad,
acostumbrados a la supervivencia y al esfuerzo, siguen comiendo magramente.
Lamentándose de no poder entrar en el progreso, ven a aquellos que la riqueza

económica les llega, que empiezan a comer distinto, que tienen acceso a miles de
productos que ellos parece no son merecedores.
Pero hoy, cuando la tierra está sufriendo cambios importantes, que los eventos
naturales están poniendo a prueba la salud de los hombres que viven en la
“riqueza”, los pobres son los ganadores. Aquellos que siguieron su patrón de vida
serán salvos; primero, toda esa carga negativa del deterioro de las tierras no se
les es impuesta, la pobreza los limitó a adquirir productos químicos que
modificaran sus alimentos, eso los aisló de la adquisición continua de alimentos
modificados, los limitó a la movilización masiva, usando transportes dañinos.
Pareciera una contradicción, pero estamos en los días del descubrimiento de los
engaños, ya es hora de que los pobres empiecen a ser ricos, la riqueza se llama
salud, y no solo física, sino mental, eso no tiene precio.
Hace algunos años tuve un acercamiento con una persona que vivía en la loma
de una montaña, era una persona madura, empezando sus cuarentas, barba
descuidada. Fuimos con él, porqué teníamos interés en una cabra y él tenía un
hato allá arriba. Caminamos un par de horas, las cabras de esta persona tenían
fama de ser sanas, de buen sabor y tener el suficiente músculo como para poder
hace un buen platillo. Llegamos a la cima de la montaña y efectivamente, allí
había un corral circular construido con rocas acomodadas y reforzada con ramas y
espinas.
La persona vivía separado de ellas unos cincuenta metros, nos recibió
amablemente, lo miré y noté que se veía entero, sin malformaciones, sin
problemas físicos visibles, le pregunté si había comido algo común, como
pastelillos de chocolate, dulces o si había visto una película en el cine y me dijo
con naturalidad que no, me señaló con orgullo que había salido a la ciudad más
cercana dos veces en sus cuarenta años y con eso le bastaba, solo fue a surtirse
de algo de ropa, herramientas y alguna golosina, su vida allí estaba completa, no
sufría de hambre, si le llegaba la necesidad urgente, vendía una cabra y con eso
salía del apuro, sus enfermedades las curaba con hierbas, tisanas, emplastes y
ungüentos que él mismo se preparaba.
Cerca de allí tenía un pequeño huerto que nos presumió con un orgullo que no
sabíamos que existía, eran unas plántulas raquíticas, grisáceas, que pareciera no
darían ningún alimento, sin embargo, los producía, tenía lo básico, jitomates,
tomates, chiles, calabaza, maíz, frijol y frutillas propias de la región, en una
canasta tenía quesos secos, carne seca, parecía complacido de su riqueza. Un
poco más retirado tenía un pequeño manantial, que era un pequeño goteo que
surgía entre las rocas, allí bebían ellos y sus animales, su mundo estaba allí, su
mente clara, limpia, no demostraba caracteres agresivos o indeseables que se
encuentran comúnmente en las ciudades.
Le pregunté si había escuchado sobre muertos, sobre violencia, sobre
enfermedades, y nos dijo que sí, que sabía de qué algún conocido se había

muerto en la comunidad cercana, a donde vendía el queso o sus cabras, y que
algunos se enfermaban, pero que acá arriba no, acá se morían de alguna caída
entre las rocas, o por la picadura de algún animal ponzoñoso, pero era muy raro
que eso sucediera, pues eran muy cuidadosos al caminar y al manipular las rocas.
Le preguntamos si sabía de alguna plaga que hubiese llegado, nos comentó que
sí, que hace muchos años se le morían las cabras de moquillo, pero ya no había
pasado eso, algunas se le morían por comer hierbas malas, pero era extraño, y
cuando le pregunté si había sufrido alguna crisis económica, me dijo que no, que
aquí vivían bien y que no había hambre, y le creí, quizá le faltaba cultura
educativa, pero tenía una sabiduría que fuera de allí es difícil encontrar, ahora,
¿Quién sufriría más, si la crisis económica detonara hoy? ¿Quién sufriría más, si
hoy colapsara la industria de los alimentos? ¿Los ricos o los pobres?
Se ve como regla evidente, en la crisis del año 2020, cuando el covid-19 nos
encerró, la industria de los alimentos empezó a sufrir, sus empleados enfermos,
bajó la producción, las tiendas empezaron a bajar sus ventas, no por falta de
clientes, sino por falta de producto ¿Se imaginan si la siguiente crisis le pega a la
cadena productiva? ¿Quién sufrirá?
Los pobres que están acostumbrados a la austeridad y a la autosuficiencia
seguirán su vida normal, pero aquellos que dependen de los alimentos
industrializados tendrán que empezar a aprender o a pelear por los alimentos,
estamos a tiempo de actuar, de provocar el cambio en nosotros y lograr nuestra
autosuficiencia, antes de que la siguiente crisis nos alcance. Ser pobre, no es
malo del todo, lo malo es que la pobreza sea total y no solamente económica, el
dinero un día dejará de funcionar, el hambre no, usemos las herramientas que
tenemos, la técnica de los pobres y el hambre de los ricos, algo bueno debe salir
de allí.

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