Despertar de la tierra 

Autor:​​​​​José Luis Valencia Castañeda

Lo que perdimos

El camino que lleva a “Los leones”, es algo complicado de circular en temporada de lluvias.Hay dos charcos grandes, donde el barro negro impide caminar, se pega tan duro y fuerte a tus piernas que te atasca y sacarte de allí se requiere de mucha fortaleza. Los transeúntes consuetudinarios ponen algunas rocas por las orillas, para poder pasar caminando sin enlodarte, pero los caballos, las mulas y los asnos no pueden caminar sobre esas rocas y si vienen cargados, mucho menos, como están a la orilla, pasan muy cercanas a la cerca de alambre de púas, rasgaría todo aquello que cuelgue de sus monturas.

Un día de agosto -cualquiera- del año 78, me dirigí hacia la huerta, con la consigna de apartar las vacas, acción necesaria para poder ordeñarlas al día siguiente y que tuvieran leche, sin que sus becerros las vaciaran. Consistía en encerrar a los becerros en pequeños corrales durante la noche, ordeñar a las vacas por la mañana, y soltarlos, para que durante el día fuesen alimentados.  

Eran las cuatro de la tarde, el viento empezaba a refrescar un poco el bochorno de la tarde. Bajando la primer pendiente rumbo a la parcela escolar, se sentía la frontera entre la civilización y la libertad.Los añosos arboles con su enorme fronda hacían un túnel agradable, como si entraras a un formidablepasaje que te transportaba a otra dimensión. Volteéa ver en dirección poniente, el sol se había inclinado hacia allá, las hojas de los tamarindos me permitían verlo a trasluz con relativa facilidad.

Sonreí al ver a los Ticulos refrescándose después de haber cosechado alacranes entre los terrones del barbecho, esas aves, pequeñas, negras, con su característico sonido me eran agradables y afables, las sentía mis guardianas por el respeto que le tengo a los alacranes, que un día aciago estuvieron a punto de mandarme al tártaro, a su lago. 

Los zanates graznaban como rufianes, poniéndose de acuerdo en cual parcela robarse los granos, ya no le tenían miedo al hombre, caminaban por las callejuelas recogiendo basura, como si fuese un día de pesca normal, de la misma manera se acercaban a la jaula de los pericos para compartir sus granos, cómo rodeaban a las vacas en su pacer sosegado, como entraban en los grandes sembradíos de arroz, esquilmando la semilla. A esas aves no les tenía en alta estima, pero cuando empezaron a desaparecer después de los Tículos, me sentí extraño, creo que los ruidos y algarabía de esas aves era necesaria. 

Seguí caminando, manipulando una pequeña cuerda de plástico, la ondeaba para formar círculos. Eso hacía mi caminar algo acompasado. Al llegar al pantano de don Raúl -así le llamábamos- (porque estaba frente a su propiedad, no que el pantano fuese de él), me paré para ver cómo solucionar ese problema, había algunas rocas para pasar, así que las salté de una en una. Saludé al compa Druco, que pasaba con su retinto cargado de pasto que sería su cena. Lo vi tranquilo, relajado, con la rienda del caballo laxa, confiaba plenamente en el animal, tanto que podía dormirse sobre él, y el animal indefectiblemente lo llevaría a su destino, conforme haya halado la rienda, si estaba en casa y apuntaba a la parcela, el caballo lo dejaría en la parcela, si estaba en la parcela y apuntaba hacía la casa, llegaría sano y salvo a la casa. 

Lo vi salvar el pantano con dificultad, las patas hundidas hasta las coyunturas le impedían caminar más rápido. Cuando salió a tierra firme, el caballo se sacudió las patas con estruendo, después se volvió a tranquilizar, agachó la cabeza y continuó apaciblemente, mientras yo seguía caminando. El frijol y el maíz en la parcela de don Raúl estaba punteando en flor, en un mes o seis semanas estaremos comiendo elotes y comiendo ejotes, me decía. A mi derecha había una enrome Parota, algo quemada de la base, maltratada por el dueño de la parcela, para hacerla caer. Le sombreaba gran parte de terreno, que no podía utilizar. Lástima, pudieron haberla sembrado en otro lado. 

Todos en este pueblo sabemos que esos árboles tienen una fronda extensa y bajo ella el árbol no permite competencia, elimina todo aquello que haya abajo, alguna razón plausible debe tener. Ya en la acequia que surte de agua a Don Nacho, vi unos verdes patos… no aves… así le llamábamos a los lirios acuáticos, que no sabía yo en ese momento que eran producto de la contaminación, se nos hacían extraños y festejábamos verlos, con sus flores blancas y ese cuerpo esponjoso que les permitía flotar, eran una lata cuando abundaban y teníamos que limpiar la acequia, pero se me hacían bonitos. A su lado había caña de indias, una planta brillante, verde con unas flores naranjas hermosas. 

De esa planta los conquistadores del reino de Castilla sacaban el dulce que necesitaban, antes de saber que también salía dulce del maguey, y antes de que llegara la caña de azúcar a sustituir todo aquello que conocíamos, la acequia estaba adornada con árboles en su recorrido, vi varios pinzanes, caulotes, parotas, quiringucas y huizaches, servían de contención y de frontera de las parcelas. 

La acequia cruzaba el camino a través de unos pequeños tubos de concreto, rota la parte central por el paso de lo pocos vehículos que había, me divertía lanzando patitos a través de ellos, para verlos aparecer del otro lado, si me daba sed, bastaba agacharme y tomar agua de allí, o del río. En los tiempos, cuando la mente humana no estaba tan descompuesta, eso era posible. Pasando los tubos, debía decidirme por dos caminos, uno era dirigirme a la playita de Epifanio, el otro era seguir a la parotera, que era el paso más seguro. El otro era menos transitado, pero más recto, me evitaba dar un rodeo, pero estaba más cerrado el camino por maleza, que ahora entiendo, no es maleza, son solo plantas que son necesarias en ese momento para mantener el equilibrio de la tierra. 

No quería tardar tanto, así que me arriesgué a caminar entre la maleza. Los grandes brichos con sus flores amarillas pegadas al lado poniente, cara al río, me ponían pensativo, no he encontrado aun su utilidad, salvo limpiarte el trasero en caso de necesidad, gracias a sus anchas hojas y sueve tacto, y ser hogar de hormigas rojas, quizá les sean útiles a las hormigas y yo esperando le sea útil al hombre, esa es mi desgracia, y la desgracia del pueblo. 

Mientras caminaba por un sendero angosto, donde apenas cabía una persona, ahogado por las hierbas que pasaban mi estatura, el calor me empezó a llenar de sudor, los güinares lanzaban su ponzoña urticante a mi cuello, sé que la mejor forma de quitarse esos diminutos ajuates es bañándose, y saliendo de esa zona, tenía el río, así que caminé más rápido, alejando las ramas de mi persona con las manos cubiertas por la cuerda a manera de vendaje. 

Una vez en el río, me zambullí para refrescarme y tomar agua. El sabor es incomparable, sabe a libertad, sabe a honradez, sabe a verdad, a justicia, sabe a la madre tierra que la provee en su interminable circulo. Veía como la corriente formaba oleaje entre las redondas rocas, me senté en una para admirar un poco la vida en acción.Después seguí mi camino. La tierra allí cambió de color, ahora era de un tono rojizo y arenoso, como una playa, por eso la llamábamos la playa. 

Antes de subir a la parcela de Wulfrano, tenía que salvar una pendiente, allí se veía el cambio de suelos, más arriba era de arcilla negra, y ya encima, cruzando la cerca, el zacate tapaba el camino, al fin, era solo el borde de la parcela y era usado solo por sus dueños y por algún flojo que no usaba la carretera. El aguate del zacate es más urticante, pero no podía estarme bañando todo el día, había que cumplir con algunas tareas. 

Wulfrano y Miguel tenían maíz en sus parcelas, ya brillaban las espigas, señal de que pronto habría elotes. Las tierras producían mucho, sin agregarles productos químicos, eran escasos los venenos que usaban y vivíamos, quizá no con dinero, pero si con comida y con amor a la tierra. Hoy, todo eso se ha perdido, los tículos nos han dejado, el río lleva tanta mierda que es imposible beber sin enfermarte, los grandes matorrales han sido quemados con herbicidas, las grandes parotas demolidas para usar la madera, el lirio abunda en los embalses de agua con materia orgánica, el maíz ya no produce si no le agregas fertilizantes, grandes huertas de mangos sustituyeron al frijol, al maíz, al melón y a la sandía.

La carretera permite llegar en auto hasta las parcelas, algo ha traído la civilización, hay más dinero, hay más formas de hacerse de recursos, pero el costo que debemos pagar es muy alto, no lo parecíamos ahorita que disfrutamos las mieles del éxito, pero cuando empiece la guerra del agua, veremos de lo que somos capaces por sobrevivir, quizá se venga para este mundo, una nueva esclavitud, vender el cuerpo por tener acceso al agua, producto que están acaparando unos cuantos, tal y como ha sido por muchos siglos, pocos acaparan los medios, antes fue la tierra, los utensilios, las herramientas, hoy será el agua. 

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