Despertar Poético  

Autor:​​​​​José Luis Valencia Castañeda

Fue un honor coincidir amigo Zirahuén

Los días que corren son extraños, los buenos están partiendo, pareciera que nos quieren dejar huérfanos, como si no necesitáramos ya guía y consejo, como si hubiésemos madurado de pronto, ellos nos hubiesen calificado y dicho: “Ustedes están preparados para vivir este mundo sin nuestra asistencia, serán ustedes ahora los encargados de guiar a los que siguen, nosotros tenemos otra misión, en otro lugar, en otro plano, en otra dimensión…” y se van, así nada más.

Afortunados aquellos que recibieron los mensajes finales -no tanto los que recibimos los pretéritos-, el día 12 de diciembre, en pleno festejo guadalupano, nos abandona un gran amigo: Zirahuén Ayala Mora.Las noticias de este tipo siempre producen una sensación de impotencia y nos hace repensar las cosas ¿Se fue antes de tiempo? ¿Era su hora? ¿Le tocaba? y desde luego, nuestra mente dice que no, que era joven para irse, tenía muchos proyectos por realizar; sin embargo, se fue. 

Las cosas del destino son inescrutables aun para mentes fofas como la mía, solo debemos entender que la vida debe aprovecharse cuando la tienes, porqué aún estamos limitados para saber cuándodebemos entregar el traje que nos han prestado.Dejó pendiente un libro en conjunto con este servidor, lo platicamos hace un par de meses, se mostró entusiasmado, su mente trabajaba arduamente para estructurar las ideas que plasmaría.Tenía sus dudas, decía que no había pensado en hacer un libro en conjunto, como si fuese un dialogo de filósofos de la arquitectura. 

Sé que su lenguaje era bien estructurado, muy cuidado, alejado de los argots y los conceptos comunes, amaba la buena lectura y las historias de éxito. Leer la vida de los grandes arquitectos le fascinaban. Lástima que él mismo, en su grandeza se opacaba, cuando se paraba frente a un arquitecto de renombre, era capaz de lanzar una críticaefectiva, pero su lenguaje empezaba a trastabillar, sintiéndose indigno, y se justificaba diciendo que no era nadie para criticar a una gran luminaria. Esa humildad lo hacía enorme. 

Hacía poco me había dado la noticia de la muerte de otro gran ser, a finales de mayo me comentó que el Ing. Alejandro Gutiérrez Obregón había trascendido. Entendí que nos estábamos haciendo viejos, que el relevo generacional estaba trabajando.Muchos de nosotros lo recordamos con afecto. Lo que recuerdo de ambos, es cuando tembló, estando en clases de estructuras. Zirahuén estaba a mi izquierda, en la banca de enfrente. Recuerdo su cara de temor cuando lo sorprendió el movimiento, el profesor aparentemente tranquilo, nos dijo que ni nos moviéramos, ni tiempo nos daría de correr a la salida antes de terminar.  

Estábamos en un nivel superior de uno de los edificios de Ciudad Universitaria, de la Universidad Michoacana, y tenía razón, no duró tanto y no pasó a mayores.

Recuerdo que ese tiempo Zirahuén usaba corbatas de piel o vinilo, al estilo de Laureano Brizuela, el cantante del momento. Eso provocaba la hilaridad del grupo. Desde ese tiempo, su filosofía era de grandeza, buscaba las palabras domingueras para la ocasión. Desde luego, también sus trabajos eran bien elaborados, les ponía pasión y esfuerzo. Mucho de lo que pensaba respecto a la forma de entender la arquitectura, desde el humanismo, lo compartía.  

Yo comparaba lo que veía contra lo que le escuchaba, mucho del trabajo que hacemos los arquitectos “modernos”, lo hacemos desde la víscera, desde el interés, desde el lucro, sin el humanismo que requiere un espacio que debes habitar, no compartíamos ideal con las políticas urbanas actuales, pero sin poder poco podíamos cambiar, salvo nuestro entorno y así, cada uno de nosotros trabajamos desde nuestra trinchera para mejorar los espacios de otros, aunque los espacios personales estuviesen hechos trizas. Compartimos buenas experiencias, pero más vivencias.

Un día de marzo, de este año, me compartió un trabajo que realizó. Le agradecí la confianza y le compartí mi punto de vista. Cuando lo escuchó, se estremeció y lloró con la vista puesta al horizonte, me hizo recordar un comentario que hizo sobre sí mismo, decía: -soy muy emocional, lloro por cualquier cosa, las cosas bonitas me producen esa sensación- situación que le reclamaba, le decía que no debía de llorar, debía disfrutar, debía vivir, unas emociones tapan a las otras, el llanto limitaba la emoción de alegría, la emoción del orgullo de algo bien realizado, sé que esa percepción es personal. 

Yo prefiero disfrutar las emociones desde el interior, si externarlas, solo me explayaba ante un ser excepcional, que no temía demostrar sus pasiones. En esos días, me compartió, decíamos un trabajo que denominó: ¡Extra! ¡Fiesta universal! ¡Congratulación atemporal! Diebédo Francis Keré. Premio Pritzker 2022. Y decía: 

«Una leyenda africana de sol, tierra y libertad».

Por Zirahuén Ayala:

Hubo un tiempo en que la arquitectura era un techo, un muro con agujeros y la luz del sol que se filtraba a través de estos. Cuando era niño Diebédotenía un hogar muy pequeño donde la abuela les contaba historias de elefantes, leones y serpientes, en la atmósfera de una luz de luna y agua, aquello fue su primer amor con el espacio. Y es que la aldea de Gando donde él vivía no tenía escuelas, bibliotecas, ni guarderías, pero Diebédo no creía que hiciera falta, allá todos te cuidaban y se hacían cargo de ti, ¿los mayores te enseñaban y que mejor lugar para aprender que la naturaleza? En fin, con el tiempo, al crecer se dio cuenta que en realidad hacían falta muchas cosas importantes como el agua potable y construcciones más confortables. Así que siendo hijo del jefe de la aldea un día se fue a un frío país del Norte para aprender a realizar todo lo que estuviera a su alcance para mejorar su amada villa de Burkina Fasso.

Como toda historia tradicional africana el cachorro se volvió grande y fuerte y al igual que los leones que rigen la manada combinó la fortaleza de cuerpo y espíritu con una gran nobleza de corazón. ¿Así que volvió a su aldea para poner en práctica lo aprehendido y que creen?

Si.  Resultó ser muy buen rey, gobernante o líder. 

Solo que su trono no estaba sobre una roca sino en una estrella de tres picos que según cuentan brillaba por medio de un conjuro atribuido a un señor de las praderas de las Américas que tenía nombre del viento: ¡Souuuullivaaaaan! En fin, su reino no era de personas o tributarios sino de muros de tierra de dulce aroma, de techos de fresca sombra (Algo que se agradece mucho en África), de ventanas pequeñas que saltaban sobre el muro igual que las gacelas, esto es donde menos se espera y sobre todo de techos de tierra o ramas que transformaban el negro hollín en destellos que refulgían como un diamante.

Así, aquel joven rey llegó a ser muy amado y siguió construyendo por muchos años escuelas y lugares donde los niños pudieran aprender, pero, sobre todo, igual que él, correr y ser felices.

Diebédo cumplió sus anhelos y dejó una villa muy linda y agradable donde sus habitantes, la luna, el sol y los animales fueron muy felices muchos años…

Cuentan los viejos sabios del pueblo que Diebédose hizo amigo de gentes de reinos muy lejanos que lo apreciaban mucho, pero lo mejor de todo dicen en las noches de estío de Burkina Fasso, la deidad del viento, el agua y la luz está muy contenta porque en Ganto y sus similares todos la respetan, la aman y la preservan como los hijos a su madre.

Esa es la misión más importante a lograr de un líder, crear una comunidad de colaboración y amistad donde todos sean respetados… 

Pueden observar, en esta perla, lo grande que era el hombre, el saber reconocer, el saber ver, el saber interpretar, sin importar nada más. Esa es la esencia del hombre, apreciar la belleza en lo simple, pues en toda la creación existe, pero mucha está oculta a las mayorías. Solo los espíritus sensibles saben apreciarla.

Sé que me dejó una tarea enorme, terminar ese proyecto de un libro en colaboración, algo que queríamos completar solo para satisfacer nuestro ego de filósofos de la arquitectura, son unos zapatos muy grandes los que debo llenar, sé que me asistirá con su guía y su sapiencia.

Me quedaré amigo, con el ímpetu y la emoción de lo vivido, me quedaré con la enseñanza, con la humildad, con la sencillez y con la responsabilidad de respetar la lengua y el argot, me quedaré con el hasta pronto, pues en el camino andamos. Nosotros no hemos terminado la tarea.

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