Despertar Poético

Despertar Poético

Despertar Poético

Autor: José Luis Valencia Castañeda

Los dioses antiguos vivían sus propias tragedias

El diario vivir me ha dado experiencia, ya puedo resolver muchos problemas sin que me afecten emocionalmente, puedo aceptar derrotas sentimentales, puedo tolerar derrotas laborales o materiales, puedo tolerar pérdidas. Eso me ha permitido encontrar cierta paz, tan falta en la humanidad en estos días. Sé que esta experiencia la he ganado con el tiempo y con la experimentación, no ha sido gratuita, cargo sobre las espaldas las cicatrices, ya cerradas, son mudos testigos de mi caminar, siento que he avanzado mucho, y que mi camino no parará hasta el último suspiro de este caparazón que cargo, y siento que regresaré porqué la tarea aquí no ha terminado.
La misión de este espíritu es superior al hombre mismo, el espíritu es superior al cuerpo y a sus debilidades, en este devenir, y durante las experiencias más traumáticas, imploré la ayuda de las fuerzas superiores. Entendía que esas fuerzas eran tangibles en cuanto seguías con vida. Las había experimentado muchas veces, me han sacado de muchas dificultades, sin que eso fuese menester para no meterme en otras.
Gracias a mi ignorancia de ellas, así postrado en las situaciones más dramáticas, imploraba la ayuda exterior. La interior había sido insuficiente, y la humana parecía inútil en la lucha contra el dolor, y una vez recuperado, cuando mi cuerpo estaba en paz, me ponía a analizar las razones por las que seguía en este mar de lágrimas. Si no toleraba ese mar y no quería vivir las experiencias de dolor y a pesar de ello me mandaban esas experiencias, llegué a pensar que el dios al que me acogía era un dios satírico, que disfrutaba viendo como su creación batallaba en problemas triviales y simplones.
Como el niño que está colgado de un cable mientras su cuerpo corre a la par de una pequeña corriente de agua con un espejo de pocos centímetros, su mente no ve la profundidad de la corriente, su cuerpo tendido horizontal no toca el piso, el solo ve que si se suelta se puede hundir. De pronto llega un ser superior, lo toma de la cintura y lo hace ponerse de pie, y de pronto nota que estaba haciendo más teatro del necesario y que solo bastaba ponerse de pie. Así siento que dios me veía, riéndose de mi inutilidad y de mi falta de inteligencia para solucionar problemas triviales.
Analicé mis eventos, los conté uno por uno y noté que llevaba ya muchos que pudieron terminar en tragedia, y me perdía en elucubraciones febriles del ¿Por qué me están salvando una vez y otra vez?, sí, también me hice la pregunta idiota de los enamorados ¿Por qué yo?, y considero que he sido salvado, porqué intervinieron fuerzas ajenas a mi en el intento de dañar mi cuerpo, y que solo así podían intervenir ellos: los “buenos”, para contrarrestar a los “malos”, que pretendían cortar mi tarea. Entonces eso significaba que mi tarea es enorme, grande, fuerte e importante.
En esa conclusión se me prendió una luz interna, que me decía que había mucha razón en ello, no salvarían a quien no merece ser salvo, solo los buenos y que pueden ayudar en el plan divino deben ser salvos. Por un momento pensé en festejar mi logro, más ¿Quién estaría de acuerdo conmigo?, ¿Quién osaría atreverse a decir que conocía a un ser superior, destinado a hacer algo por la humanidad?
No estaba dentro de la lógica humana, mucho menos en el pensamiento de los demás, que esperarían ver en ese ser poderoso a un ídolo de masas, popular, famoso y fuerte, y no a un ser gris, común, enclenque e impopular. Decidí impulsar mi visión hacia eso, hacia lo gris y lo impopular, ¡Total!, ¿A quién le importa si ayudas a los demás sin dejar rastro?, a nadie, solo aquellos que reciban tu ayuda lo sabrán.
Así que mi llegada a la vida de las personas empezó a ser fortuita, transitoria e imperceptible, cuando menos acordaban ya estaban haciendo algo distinto con sus vidas. Eso me llenaba de alegría y de un orgullo que entendía debía ser manifestado solo en mí.
Cierto día, ya después de haber superado mi propia teoría, me llegaron varias historias, ahora los dioses antiguos se acercaban a mí, para pedirme consejo. Sentía un orgullo extraño y buscaba explicaciones en las ensoñaciones o alucinaciones por efectos de algún elemento extraño, y no las encontraba, desde que encontré paz, no he sentido la necesidad de experimentar más allá de lo que mi mente pueda crear, ni con drogas legales, ni ilegales, eso se me hacía algo que solo usan los débiles mentales que no saben como aleccionar a su cuerpo para que los lleve a viajes extraordinarios, astrales les dicen los sabedores.
En uno de esos viajes, se acercó conmigo Tepoztécatl, el dios de la embriaguez, nativo de Tamoanchán. Traía consigo a su madre y a su abuelo, seres que se resistían a presentarse ante mí, un ser proveedor de luz y justicia. Como la visión era solo vista desde la ensoñación, los rostros son difusos y los diálogos muy formales.
Tepoztécatl me preguntaba si su madre podía ser perdonada, porqué él ya la había perdonado. Al tratar de entender el pecado que la madre había cometido me quedé rígido, dije: “los problemas de los dioses son los mismos que los de los humanos”, quizá porqué ellos en sus tiempos vivieron la experiencia humana. La historia de la maldad de la madre se debe a que procreó a Tepoztécatl con su abuelo.
Al ver el pecado en el que habían caído, abandonaron al niño en una cesta sobre las aguas del arroyo Axhitla, de donde fue rescatado por un par de ancianos que lo criaron como hijo. Pero ahora, ya grande Tepoztécatl buscó a sus padres biológicos y dio con ellos, estos insistían que no era conveniente dar a conocer su historia, pero el dios, hecho hombre, con su sabiduría, les intentaba dar a entender que, gracias a ellos, su experiencia humana fue posible, y que solo pretendía agradecer ser el vehículo de llegada.
Agradecido con sus padres adoptivos ya lo estaba, solo quería dejar de cargar ese peso de ser un proscrito por su condición del pecado del incesto. Con esa historia tan dramática y trágica, me sentí en el cielo estando en la tierra, mis problemas parecían ahora de infante. Los dioses tuvieron en la tierra sus batallas y ahora en el limbo, en ese espacio intermedio entre la muerte, el olvido y el cielo esperan liberarse de esas cargas, de la misma manera en que cualquier ser humano busca lugares donde descargar sus culpas, unas frente a altares del dogma o ideología religiosa, otros frente algún ser natural como un árbol, otros simulando postrarse ante los astros.
El objetivo es el mismo, dejar aquello que nos mantiene en el dolor y salir a la vida libre para disfrutarla.
Quizá si entendiéramos que somos dioses viviendo experiencias humanas, entenderíamos el verdadero destino de nuestras vidas aquí, ¿Qué diferencia hay entre lo que experimentó Tepoztécatl contra lo que viven miles de niños abandonados por sus padres, cuando son frutos del “pecado” ?, no veo ninguna, y así, desde el fango salen grandes lucernas del conocimiento, de lo humilde sale lo extraordinario. Así ha sido siempre, así será hoy. Mañana cuando todos seamos dioses, no habrá ejemplos glorificantes, seremos la gloria misma.

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