Despertar Poético

Despertar Poético

Historias Fantásticas II

Las dos teorías de la desaparición de los Mayas

Un día cualquiera, los mayas desaparecieron de sus ciudades, las abandonaron sin más. Las casas de los pobres se derrumbaron, la madera se pudrió, el guano se lo llevó el viento. Las casas pierden el alma, en cuanto el hombre deja de habitarlas, el alma de las casas está unida al alma de los hombres, solo quedaron aquellas construcciones de piedra, esas tienen el alma del universo, son edificaciones sagradas, solo la piedra que es eterna para el hombre permanece allí, resistiendo, ¿Pero… a dónde se fueron los hombres que dejaron morir a las ciudades; cientos de ciudades desaparecieron de la faz de la tierra, sin dejar rastro, la memoria las olvidó, todos los mayas existentes, son los escasos supervivientes de la gran catástrofe, del gran diluvio, ese que el dios Huracán mandó para limpiar esas tierras de tanta maldad, de tanta violencia, de tanta maledicencia.

Teoría uno. EL dios Huracán.

El dios de las tormentas, del viento y del fuego, es el nombre que le dieron los habitantes de lo que es hoy el sur de México, norte de Honduras, Belice, y Guatemala y reconocido como Huracán. Corrían tiempos complicados para la civilización Maya, las ciudades estaban muy pobladas, la moral había decaído, se multiplicó la violencia, las muertes eran el común denominador en todos los países mayas, la región de Ah-Canul de lo que ahora es el norte de la península de Yucatán, eran presa de sus propias leyes absurdas, se protegía al corrupto, se toleraba la sodomía, la maledicencia, y se abusaba del poder, los rituales de sacrificio humano se daban por destajo. Ya no eran holocaustos en honor a los dioses, era meramente necrofilia, adoraban al señor de la muerte.

 El dios Huracán al ver como los hombres habían abandonado el amor a sí mismos, decidió terminar con ese pueblo, mandó grandes lluvias e inundaciones, provocó recelo entre los hombres y empezaron a matarse entre pueblos, los bárbaros proliferaron. Las personas de bien, que solo se dedicaban a vivir, empezaron a preocuparse, sus posesiones estaban en riesgo, empezaron a organizarse para protegerse, más la presión de la violencia los atosigaba. Cuando las hordas llegaban al Batab, o pequeña región, violaban a las mujeres, mataban a los hombres y desterraban a niños y ancianos, las familias empezaron a abandonar sus viviendas e irse a lo profundo de la selva, buscaron las zonas más intrincadas para esconderse.

 Entre la selva encontraron hoyos muy profundos que tenían que ser salvados mediante cuerdas y lianas, abajo de los hoyos había cuevas anchas y confortables, que permitían vivir cómodamente, por un tiempo. Las mujeres, niños y ancianos vivieron dentro de esas cuevas, mientras los hombres arriba les proveían de alimentos, más la intensidad de las lluvias, los rayos, los meteoritos azotaban la región de Ah-Canul con fiereza, el dios Huracán estaba decidido a terminar con la semilla de la maldad. Algunos Batab, empezaron a buscar refugio en las partes altas de los pocos y pequeños lomeríos que había en todo el valle, mientras las partes bajas empezaban a inundarse.

El dios manco, Hun-racan, el dios de una sola pierna, descargaba su furia contra los hombres que habían desobedecido la ley divina, la maldad debería ser borrada de la tierra, incluyendo a aquellos que por omisión habían fallado y sentían que tenían una oportunidad. En las cuevas se empezaron a quedar solos, sin suministros. Arriba, los hombres empezaban a caer, presa del agua, del rayo, del meteorito, morían por millones. Pronto, la tierra quedó en paz, el dios Huracán vio que el castigo era suficiente, el sol empezó a brillar nuevamente, la zona donde los Mayas se habían escondido estaba inundado, las cuevas saturadas de agua, todos muertos, unos por hambre, otros ahogados. Los pocos que se salvaron empezaron a bajar de los oteros, las ciudades no se veían de tanta agua, estaban anegadas, de sus parientes no sabían nada, de los habitantes de las grandes ciudades nadie sabía nada, empezaron a medrar poco a poco.

 Con el paso del tiempo, el agua empezó a descender, más los pocos pobladores no quisieron acercarse a las ciudades, las grandes edificaciones apenas se veían, las más pequeñas quedaron sepultadas entre toneladas de lodo y piedras. Cuando se acercaban a las ciudades, con la intención de encontrar a alguien con vida, escuchaban gritos de dolor y miedo, eso los desalentaba. Hasta que por fin dejaron de acercarse y las ciudades fueron abandonadas. Ah-Canul quedó devastada, miles de ciudades con millones de personas fueron desaparecidas de la faz de la tierra.

 Un personaje solitario, llegó a un asentamiento pequeño, los del asentamiento estaban cocinando peces sacado de la gran inundación, el personaje solitario fue advertido de presencia humana debido al humo de la fogata, se acercó cauteloso, saludó a lo lejos, los hombres del asentamiento, lanza en ristre lo instaron a abandonar su espacio, el les pidió algo de comida, se sentó a esperar a prudente distancia del grupo, un pequeño de unos diez años le llevó un pez sobre hojas, el personaje solitario lo comió con avidez, le preguntó al niño sobre algún lugar con agua potable, el niño le señaló un cenote cercano, el personaje solitario fue y bebió, después durmió por varias horas, por la mañana, al día siguiente, con la mirada siguió a los hombres sin que lo notaran y observó sus dotes de cazadores, y empezó a cazar por su cuenta, colocó su campamento a una distancia de quinientos pasos del grupo, con el tiempo le tuvieron confianza al verlo solo y lo invitaron a unirse a ellos, él les contó su historia:

  • Éramos un grupo grande, antes del gran diluvio, yo era joven en aquel entonces, salimos de Uxmal rumbo a la costa, escondiéndonos de los violentos, cuando destruyeron el caserío de guano, vimos que era mejor correr, tomamos lo indispensable y con comida para dos lunas partimos, éramos cien personas, en el camino encontramos a otras familias y llegamos a Sisal cerca de doscientas, allí vivían unas familias de pescadores, les preguntamos por un lugar seguro para acampar, pues veníamos huyendo de la violencia, ellos no habían estado nunca en alguna ciudad, y nos recibieron amistosos y cordiales, nos dijeron que podíamos asentarnos en cualquier lugar de la costa o tierra adentro, no había personas a kilómetros de distancia, nos proveyeron de pez ahumado, sal y miel, y nos acomodamos cerca de allí.
  •  Al poco tiempo se nos unió otra familia de cinco personas que huían al igual que nosotros, nos dijeron que Uxmal, Kabah, Labná y Sayil habían sido tomadas por los violentos, ellos habían alcanzado a salir, y las hordas estaban acercándose a Dzibilchaltún, iban persiguiendo a las familias ricas, despojándolas de todo lo que poseían, incluyendo a sus mujeres.
  • Decidimos buscar un lugar más seguro, los nativos nos dijeron que el mar era seguro, bien podrían construir un par de lanchas grandes e irse a la mar, allí no los alcanzaría ningún grupo, sin embargo, las mujeres le temían al mar, y no quisieron arriesgarse. Decidimos buscar lugares más seguros, los jóvenes nos dedicamos a explorar, encontramos un par de cenotes muy profundos, para acceder a ellos, se requería escalar, improvisamos unas angarillas para las mujeres, y las bajamos, quedaron conformes con lo que vieron, eran unas cuevas grandes y espaciosas, con agua a la mano. Los hombres salíamos a conseguir comida y regresábamos cada semana a verlos y a atenderlos, mientras estábamos pendientes de los caminos, pasadas dos katunes, llegaron dos familias más, que habían atravesado la selva desde Oxkutzcab, nos narraron la gran violencia que habían vivido, los acercamos a la cueva y los hombres se integraron a la recolección de alimentos.
  •  Un día, un joven y yo, nos desviamos de la ruta habitual de caza y llegamos a un lometón alto, desde allí vimos hacía donde creíamos estaban las ciudades, grandes llamaradas se alzaban en algunos lugares, supusimos que era la destrucción de Uxmal, no sentamos bajo un enorme árbol de guaya, comimos y cosechamos para llevar a la cueva, grandes nubes acechaban el horizonte, decidimos pasar la noche al amparo del gran árbol, mientras dormíamos se desató el diluvio, que duró cuarenta noches, esas cuarenta noches nos alimentó la guaya. Cuando el sol salió nuevamente, empezamos a buscar el camino a las cuevas, empezamos a bajar y nos encontramos con un enorme mar, el camino había desaparecido, mi compañero empezó a desesperarse y se lanzó al mar en la búsqueda de su familia, no lo he vuelto a ver.
  •  Yo esperé pacientemente a que bajara el agua, algunos peces estaban atrapados en pequeños charcos, de allí comía, algunas aves caían bajo mis lanzadas, fui recorriendo el camino que me dejaba el agua, que lentamente regresaba al mar. Después de otros cuarenta días llegué a la costa, las cuevas estaban anegadas, sobre el agua atados a la cuerda que usábamos para bajar, estaba una cinta atada, la reconocí, era una de las que usaba una de las habitantes de la cueva, era de un color purpura, color raro en el mundo, solo algunos nobles poseían telas de ese color, por ello, la matrona que lo cargaba era conocida, caminé hacía la aldea de pescadores, y no la encontré, había desaparecido, solo un par de tocones enormes donde colgaban sus hamacas permanecían enhiestos, pequeños jirones de las hamacas ondulaban cual banderas de una ciudad perdida en la batalla.
  •  Cuarenta días después el cenote recobró el nivel con el que lo habíamos encontrado, bajé y estaba vacío el campamento, ni señales de que allí hubiese habido personas, caminé a las profundidades de las cuevas, lo único que encontré fue un par de osamentas, vi que no había nada que hacer, salí de las cuevas y caminé hacía acá, grandes pantanos cubrían las otrora planicies, en el camino, solo quedan restos de los grandes templos, las casas pequeñas y humildes estaban desaparecidas, las edificaciones pequeñas de roca, hundidas entre el fango, solo los grandes copetes sobresalían, de los pobladores nada supe, hasta encontrarlos.

Teoría dos… Los dioses del cielo.

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