Despertar Poético

Despertar Poético

Lo que soñamos los locos. Parte I.

Lo que soñamos los locos. Parte I.

Cuando apareció Lilit frente a mí, su figura sugestiva, jovial y hermosa me fascinó. Era una mozuela que rondaba escasamente los 20 años, con falda de colegiala. Yo era un hombre andrajoso por elección, con una cultura extensa derivada de la lectura. Ese día, había salido de mi cueva, temprano como de costumbre e ingresado al parque natural, para demostrar mis habilidades. Don Juan me había tirado el periódico por la portezuela, tipo exclusa que había bajo su puesto, mi casa – cueva estaba bajo las raíces de una enorme higuera, bajaba por una pequeña escalerilla y estaba alumbrada por focos de luz amarilla, era de una sola habitación, con las paredes tapizadas de libros, un enorme sillón y una mesita adornada con una vela terminaban la decoración.

 Encima de la cueva está un pequeño puesto de revistas, donde Don Juan pasa la vida vendiendo entretenimiento, es un puesto vetusto y ajado por el uso y el tiempo, su cortina de color verde la da un aspecto sombrío cuando está cerrada, pareciera que se cierra la puerta del conocimiento, no recuerdo quién llegó primero al árbol, él con su puesto o yo con mis memorias tristes, ninguno de los dos recordamos haber llegado, pareciera que fuimos puestos allí por alguien, para algún fin.

Mi cueva y el puesto, bajo la enrome higuera, eran parte del paisaje urbano, que no era tan urbano, pues estábamos frente al parque natural. Ese parque tenía una enorme cascada, que estaba franqueada por enormes árboles y abundante vegetación, para llegar a la cima tenías que recorrer un pequeño caminito a pie, y para salvarla había que subir pendientes muy pronunciadas, que debías de ayudarte con las lianas, bejucos y ramas de los arbustos. Al final había unas enormes rocas grises redondeadas que sobresalían sobre el paisaje y donde podías pararte a ver la caída de agua y el horizonte verde, los montes azules bajo un cielo hermoso.

 En la entrada del parque había una enorme verja de hierro colado con sección rectangular y detalles forjados, y una enorme puerta, que parecía solitaria, sin que nadie la vigilara y cuidara el acceso. Caminando entre veredas adoquinadas, de una cantera amarillenta, llegas a una fuente, que es un tanque de unos dos metros de altura, su muro frontal de cantera amarillenta tiene unas gárgolas que lanzan agua a un pequeño estanque en la parte baja, mi habilidad era subirme a la parte alta de la fuente y medir de manera mental las distancias, las personas se paraban frente a la fuente y me preguntaban sobre las longitudes que ellos pretendían adivinara, y en cuanto veía los puntos que ellos me señalaban, mi mente dibujaba una gráfica con la distancia, ellos para corroborar, sacaban una cinta métrica, y lo corroboraban, se iban sorprendido y felices, me lanzaban alguna monedas en agradecimiento, con eso vivía.

 Algunas veces las personas dudaban de mi capacidad y creían que me sabía de memoria las medidas de toda la fuente, así empezaban a buscar otras locaciones para que las midiera. Un día, estando arriba de la fuente, llegó una mujer, vestía una falda larga, de un color dorado, una blusa con tirantes que dejaba ver sus brazos anchos y blancos, su pelo rizado pelirrojo, y unos ojos que denotaban suspicacia, se hinco frente a mí y me preguntó: ¿Cuánto mide de la base hasta donde está usted parado?

  • 2.05 metros señorita.
  • No le creo ¿Puedo medir?
  • Adelante, tome.

Le lancé una cinta métrica y la sostuve para que ella abajo verificara, miró los dos metros con cinco centímetros en la cinta y volteó con mirada desafiante.

  • Me dio una distancia donde ha medido siempre, ¿Podemos medir otra área?
  • La que guste señorita, ¡Elija!

Miro a todos lados y decidió que le dijera la distancia entre dos rocas distantes entre sí y que se encontraban en la base de la fuente.

  • ¿Cuántos metros hay entre esa roca y aquella?
  • Son 6 metros con 12 centímetros señorita, si mide de la base que se une con el piso entre ambas, no las mida sobre las rocas, sino sobre lo que pega sobre el piso.

La mujer se apoyó de un señor regordete y rubicundo que la acompañaba, el señor se esforzó por agacharse, le indiqué de donde iniciar la medición y le señalé a la mujer donde debía de terminar. La cinta le marcó 6.12, volteó con los ojos inyectados de una rabia contenida que no entendía por qué la traía, una persona de los mirones que se acercó le dijo:

  • No insista en encontrar un error, el señor tiene esa habilidad, pídale lo que quiera, si gusta la distancia de aquí a su casa y se lo dará.
  • ¡Eso es imposible!, dijo la señora molesta.
  • Tiene razón, las cosas imposibles son las que nos sorprenden y de las que menos hablamos, de lo posible se habla demasiado, solo corrobore y disfrute la experiencia, nada gana con molestarse, el señor solo está allí para ganarse una moneda ¿Qué pierde con que se sepa todas las medidas, o las adivine o pueda medirlas mentalmente?, da lo mismo ¿No cree?

la señora comprendió que el extraño tuviera razón, su acompañante solo sonreía, y quiso insistir una vez más en algo nuevo, para demostrarse que tenía razón. Su razón era que nadie podía medir con la mente ni adivinar las distancias con solo verlas, urdió una nueva pregunta.

  • Señor ¿Podría decirme cuanto mide el espejo de agua, entre la pared debajo de usted y hacia el árbol donde está parado él?

Señaló a la persona que le había increpado anteriormente, el agua de la fuente se detenía en un pequeño bordillo de piedra, dándole la sensación de un espejo de agua que hacía agradable el paisaje, pues fusionaba lo de la tierra con el cielo, la combinación entre azules, blancos y verdes era sensacional.

  • Son 7 metros con 51 centímetros – dijo el personaje sobre la fuente sin inmutarse, y sin tomar en cuenta las emociones de la mujer-.

La mujer tomó la cinta, le dio un extremo a su acompañante y la haló, la medida se acercaba a los 7 metros con 52 centímetros, sonrió y le lanzó la cinta al personaje sobre la fuente, sacó un par de monedas y las lanzó en la misma dirección, tomó por el brazo a su acompañante y caminaron hacia la espesura, siguiendo una pequeña vereda.

  • Te dije que nadie podía medir con la mente, viste que le falló por medio centímetro – dijo la señora feliz.
  • Cierto, quizá si no le jalaras a propósito, podría haber sucedido que coincidieran las medidas con las que dijo el hombre.
  • Pero no pasó, así que no se vuelva a tocar el tema.

La discusión de la pareja se perdió entre la pequeña aglomeración que se había juntado para ver el prodigio.

Bajé de la fuente con la intención de ir por algo de comida. Las dos monedas habían salvado el día, sin embargo, el pequeño grupo aglomerado bajo la fuente me insistió en demostrarle mis dotes, puse mi sombrero copa abajo y le dije:

  • Voy a comer algo, si ustedes desean ver algo más, échenle al sombrero y sacrifico mi estómago.

Llovieron las monedas, la gente estaba feliz y apostaba entre ellas, me fueron mostrando lugares, áreas, y a todos les fui dando sus distancias. Entre la pequeña multitud una pequeña me alargó un fiambre que comí con avidez, cuando quedaron todos satisfechos, me dirigí hacia la cueva. En medio de la plazoleta adoquinada me pararon don mujeres jóvenes, una de ellas, delgada, cabello negro lacio, ojos negros, se me quedó viendo fijamente, me puso sus manos en los hombros y me dio un beso en la mejilla, su acompañante me miró, guiño un ojo y se retiraron.

Caminé hacía la cueva, saludé a Juan y me metí, me senté en el amplió sillón y respiré aliviado, el día se fue raudo. Una vez descansado, antes de oscurecer salí a tomar aire fresco, Juan se había retirado, las cortinas verdes lucían desoladas, entre al parque. Caminé por la vereda donde anteriormente se había metido la pareja y subí a las rocas para mirar el atardecer junto a la cascada, parado encima de la roca más alta extendí los brazos y agradecí a los dioses por esa excepcional experiencia, cuando estaba ensimismado viendo la caída del agua y arrullado por el sonido cantarín de las aguas, aparecieron ante mí las dos jóvenes, venían vestidas con faldas cortas grises a cuadros por encima de las rodillas, blusas blancas escotadas, incitando a la vista, la del pelo negro y lacio volvió a abrazarme y me dijo al oído “soy Lilit”, después bajaron, me quedé pensando en el nombre, ya lo había escuchado antes.

 Supe que estaba ante un ser demoniaco, ante el viento, ante un ser del aire ante un espíritu, algo me tentaba, no entendía el por qué, yo era un ser andrajoso, sin un oficio loable, ella era una mujer hermosa, pero ya había aprendido a no cuestionar al destino, si quería que cayera, lo haría, si quería que aprendiera lo haría, si solo era mi destino ser observador, lo haría, mañana sabría la utilidad de eso.

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