Despertar Poético

Todos muertos, todos vivos, todos santos.

Las tumbas yacen frías, tristes, abandonadas. La muerte ejerce un poder enorme en las conciencias, no queremos tenerla cerca, no queremos verla, y sin embargo nos sigue a doquiera que vayamos, es parte inherente a la vida. Tenemos vida y ella lleva consigo inmersa en sí a la muerte, como el símbolo del Yin – Yang, que lleva la dualidad en sí misma, lo negro es la muerte, lo blanco la vida. La vida tiene algo de muerte en sí misma y la muerte algo de vida dentro de sí, y sin embargo, son una misma. Los humanos no la entenderemos, por muchos años, mientras estemos llenos de juventud y éxtasis, una vez ida la juventud, nos empezamos a preguntar ¿Hemos hecho lo necesario para merecer la vida?

Porqué la muerte pareciera que la traemos en el bolsillo, tocándonos la piel a cada respiración, y volteamos en cada esquina con el temor de verla y no saber que decir, ni que hacer. Sabemos que “la muerte es algo que no debemos temer, porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Eso decía Antonio Machado y tenía razón, subjetiva, pero es una razón válida, aludiendo a que debemos vivir sin el temor a la muerte, ni a los años que nos la acercan por la insistencia en vivir, aunque vivamos con la insistencia en morir, y el morir se tiene que convertir en la oportunidad de generar vida. En congruencia a la idea de la eterna alma fluyendo entre miles de cuerpos antes de volver a su origen.

Los viejos saben, más por viejos que por sabios, que la muerte se les acerca susurrándoles al oído canciones de cuna, invitándolos a la eterna muerte del cuerpo, a dormir el sueño de los justos, y ellos, los viejos, sabedores como lo son, ahítos de años en la tierra con la sabiduría de haber vivió todo lo necesario, se sienten tranquilos de haber llegado a esa etapa llamada vejez, y tranquilos, porque vieron caer a miles de jóvenes antes que ellos y entendieron que su camino había sido bueno, “así como una jornada bien empleada en la labor honesta del vivir diaria produce un buen sueño, así una vida bien usada produce una dulce muerte”, decía Leonarda Da Vinci, aduciendo a que los viejos ya no le temen a la muerte, solo ven en retrospectiva lo que la vida les dio, analizan, sonríen y mueren con la frente en alto, felices de haber vivido, de haber aportado a la conciencia universal su pensamiento, que por ínfimo que parezca, es parte de algo enorme, llamado creación o plan divino.

Para el que no cree en la divinidad, llegar a viejo con la honestidad y la mente limpia es prácticamente lo mismo. Llegas a un nivel de sabiduría que te muestra que el camino recorrido fue el mejor y que puedes morir en paz, pero la muerte no existe para aquellos que creen en la energía eterna, en la renovación de los contratos del alma, ni para aquellos que la viven en el regreso de las ánimas, que año con año se congregan frente a los sepulcros a conversar con el ánima o el espíritu de aquél que sigue vigente en la mente del conversador, porqué los muertos un día mueren por completo, cuando la memoria colectiva los abandona, perdidos en el anonimato, que puede ser sacado únicamente por canales sensoriales, si es que necesitan ser escuchados, y los días 1 y 2 de noviembre, es la oportunidad de hacerlo, si es que quieren dejar su mensaje, pues son invocados todos aquellos que la memoria obliga y los que la memoria dice que están pero que no saben quienes son, como las ánimas incógnitas que pasean a media noche por las calles de sus pueblos añorados.

En Michoacán, existe un culto a la muerte muy especial, la cosmogonía del viejo continente con su tradición Judío Cristiana se fundió con la cosmogonía nativa, los purépechas tienen una manera muy particular de entender la vida y la muerte, dotándola de un ritual poderoso que lo aleja de lo lúdico o festivo, lo convierte en un convivio de almas, unas con cuerpo físico, las otras solo en éter, esto tiene su parte mitológica pero que se puede explicar, porque existen en la comprensión del pasado, del presente y del futuro.

Con el ritual del día santo, se entiende el origen del mundo mismo, su cosmogonía se funde con el mito, pues con la llegada de las almas, se agradece la presencia de los dioses del agua, cuando se celebra cerca del Lago de Pátzcuaro, el agradecimiento se manifiesta en la calidad de los altares y la calidad de la comida que se ofrendan: los altares son adornados con platillos, bebidas, velas, flores, fruta, incienso y fotografías del ser ya desaparecido. Llegada la media noche, las almas de los muertos se acercan a las almas de los vivos y tienen una conversación entre ellas, unas llenas de agradecimiento por su paso entre los vivos, otras llenas de agradecimiento por el recuerdo que las mantiene allí. Ambas son iguales en naturaleza energética, son almas, unas trascendidas, otras en ese proceso.

Allí es donde el pasado se funde con el futuro, en el presente, haciendo real el no tiempo, trascender es solo desprenderse del caparazón llamada cuerpo, para poder pertenecer al grupo de los espíritus, que vagará sin rumbo, si su vida no fue lo suficientemente llena de buenas acciones, o se alejará a la rueda de las reencarnaciones, para volver a la tierra en un nuevo cuerpo para seguir el camino de la ascensión, y convertirse en un ser de luz, llamado Santo. Quizá, la llegada del día uno, nos señale lo que efectivamente somos: “santos”, porqué venimos impregnados de espíritu santo, y al no alcanzar a adquirir los vicios, las debilidades o el ataque del ego, y desencarnamos antes de que la mente domine.

Somos santos, muertos para el común, pero santos. Esto lleva una enorme responsabilidad, porqué eres santo una vez muerto antes de que la maldad acampe en tu mente y cuerpo, pero no hay santidad en aquel que paga las culpas tan temprano, porqué bajo ese velo existe en el cuerpo energético una carga kármica enorme, ¿Qué pecado pudo haber cometido un niño a su temprana edad, como para morir así?, para nuestra lógica, entendemos que ningún pecado sería lo suficientemente grande como para morir antes de crecer y cometer los suficientes como para hacerlo con justicia, como dicen de los ancianos, cuando mueren después de haber vivido muchos años en la tierra, hasta la muerte es esperada, diciendo que ya cometió todos los pecados necesarios y vivió lo suficiente como para irse a descansar con la mentalidad del trabajo bien hecho y cumplido el deber, como si una vez llegada la muerte a destiempo o a tiempo sobrepasado, se esperara como a la vieja compañera de viaje, que siempre está allí sin prisa.

Sabedores de que la muerte puede ser el principio de la inmortalidad, como decía Robespierre, porqué la dulzura con que te abraza una vez cumplidas tus tareas no se compara con el trance que tuviste que sufrir para llegar a ella. Una vez muerto, no importará nada, tu cuerpo será respetado y acompañado con música y vítores. Te dará gusto morirte una vez más al escuchar todas las virtudes que te eran desconocidas, la muerte es la gran conciliadora, ningún ser temeroso de ella la quiere ver, más todos los seres, impíos o no, ricos o no, letrados o no, perecerán y le rendirán tributo.

La muerte democratiza, y nada de lo que “posees” en la materia te llevarás, todo lo material permanecerá en la vida, y será reasignado, para que cumpla su fin primario: el de servir. A la muerte se le teme más por lo que te cuentan de ella, que por lo que es. Una vez llegada a ella, no importará la forma, pues la forma es destino. Efectivamente, la muerte tiene miles de formas de llegar y solo una de manifestarse, la materia, una vez retirada el alma, será solo materia, y pertenece a ella, se fundirá nuevamente a la tierra, para volver a renacer en un ciclo eterno de vidas, la misma agua que bebió el Hugonote en el 1600, es la misma que bebió Mahoma, la misma que bebes hoy, toda el agua que se renueva tiene algo del ser bárbaro que del ser santo.

El agua, en sus ciclos, sació la sed de Jesucristo, se evaporó o fue arrojada al mar por los retretes y volvió a la atmosfera en forma de lluvia por cientos de años. Esa pequeña molécula que estuvo en el ser de un santo, pasó al ser de un malvado, y después a ti, allí se manifiesta la dualidad en ti, hasta en el agua que impregna tu ser hay algo de santo, y hay algo de malvado, o de puritano, o de infecto, o de animal, o de planta, o de mineral, o de mar, o de cielo, somos santos por pertenecer al mundo de los santos, por compartir el agua de los santos, somos vivos porque en la vida el agua es la vida misma, somos muerte, porque para morir, se tiene que desintegrar en ella, más la energía, la eterna luz del alma o espíritu, no puede ser sin algo que la contenga.

El alma y espíritu necesitan una mente para despertar la santidad, no de las palabras ante la muerte, sino la santidad del ser después de la muerte, para alcanzar la eternidad, sin un cuerpo, no somos santos, sin la muerte no somos santos, sin la vida no somos santos, sin la creación no somos santos, sin el espíritu no somos santos, todos somos uno, el todo está en nosotros; todos vivos, todos muertos, todos santos.

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