Despertar Poético

Autor: José Luis Valencia Castañeda

Los soñadores no mueren, solo se transforman


La cama se transformó en una plataforma con miles de picos romos, como
pirámides de palta, que castigaban mi cuerpo en donde se posaban. Pero sucedía
lo que sucede cuando usas las camas de faquir, los clavos están tan cercanos uno
del otro, que no logran dañar tu piel. Esa cama era molesta, sentías que cada pico
era un pequeño pinchazo, y así por cientos te magullaban el cuerpo. Después, esa
cama se transforma en una gran nave, que se desplazaba por el horizonte sin
motores y sin obstáculos, y tú acostado encima de ella, te dejabas llevar, veías
abajo a las personas, pequeñas, rojas, moviéndose en sincronía, desplazándose
hacía un barranco, ensimismados, sin percatarse de su alrededor, ni de su
presencia.
Tu cama se convertía en una alfombra mágica, que subía y bajaba, en un vaivén
interminable que producía náuseas. Querías bajarte, pero la pesadez del cuerpo
no te lo permitía, la oscuridad te cegaba. Abajo, una pequeña línea definía el
horizonte, tú vagando en la oscuridad, con las estrellas a tu lado, saludándote con
sus iridiscencias, veías como la línea separaba lo negro del rojo y más allá el rojo
del verde, era una senda extraña, todo era extraño. El cuerpo me hormigueaba, se
me hacía ligero por momento, pero no podía moverlo, ni levantarlo.
La alfombra seguía viajando, buscando algo que no entendía, el cuerpo estaba
adormecido, tenso, quería bajar a un lugar seguro, pero la alfombra no lo permitía.
En las esquinas tenía unas borlas echas con los hilos de la misma alfombra, eran
hilos de color café, me así a ellas, que se encontraban en las esquinas, de esa
manera podía direccionar el rumbo. Al lado derecho, entre la oscuridad y la línea
roja, había un desfiladero, mi mente intentó descifrarlo, y quiso saber que había
más allá, movió las borlas y se fue en picada, grandes espirales me absorbían y
caía a velocidad vertiginosa, bajaba y las estrellas se movían conmigo, haciendo
del cielo negro, un cielo azul claro, iluminado, como en las noches de luna llena.
Sentía el vértigo, pero quería saber a dónde llevaba ese abismo.
De pronto me detuve en seco, como si pisara el freno de un auto, y llegué a un
terreno plano, desértico, con dunas, rocas y montañas ocres, era enorme, no
había personas en todo el espacio visible, me desplacé despacio, apenas
perceptible el vuelo de la alfombra. Un pequeño susurro me llegaba a lo lejos, eran

unas rachas de viento fresco que me ventilaban la cara. La alfombra danzaba
suavemente al compas del viento, a lo lejos vi unas palmeras, que se mecían
tranquilas, sosegadas, mi espíritu se tranquilizó, la nausea desapareció, los picos
ya no molestaban mi humanidad.
Nos acercamos a las palmeras, era un pequeño oasis, donde animales famélicos
intentaban succionar agua de la arena húmeda, don hombre de piel morena, y
vestimenta blanca charlaban sobre algo interesante, pues manoteaban, me
señalaron con el dedo sin temor, como si eso fuese natural en ellos, ¿Será que las
alfombras son cosas comunes en este país? -me decía- y suponía que sí, las
alfombras mágicas fueron inventadas en cuentos árabes, sería lógico que allá
abajo hubiese árabes comentando sobre sus viajes en ellas, o los viajes que
algunos hacíamos en ellas.
Todo era claro, un cielo azul, limpio, sin nubes, una tierra café, sin árboles,
grandes montañas de arenas, y un pequeño punto verde donde estaban los
árabes, que desdeñaron mi presencia y siguieron en lo suyo, sacaron algo de
comida y empezaron a masticar parsimoniosamente. Mientras sus animales,
saciada la sed, se recostaron bajo la tenue sombra de las palmeras. La noche
amenazaba llegar, estaban seguros de que la caminata no continuaría ese día, la
alfombra me llevó hacía las dunas, las montañas de arena que rodeaban el oasis,
todo alrededor era triste y seco, mi alma necesitaba verde para sentirse contenta,
quizá debía de aprender de aquellos que abajo están, miran los fenómenos que
deberían anormales, como a una persona volando en una alfombra, que antes de
eso era un colchón, pero eso no lo sabrían ellos, que permanecían impasibles.
Si fuese yo, podría justificar la visión, como parte de las pareidolias o fata
Morgana a los que se acostumbran en los desiertos, podría ser posible eso, que
me vean a mí, circular sus cielos, montado en algo que no saben que es y que tras
de mi venga una ciudad completa, un barco, una casa, algo enorme que no veo, y
que para ellos sea normal. Los espejismos en los desiertos son normales.
Es extraño, sigo volando cielos límpidos y arenas interminables y no tengo sed,
debería haber bajado al oasis a refrescarme, algo me lo impide, ¿Será que la fata
Morgana es mía, no de aquellos que caminan bajo mi senda? Todo puede ser
posible, mientras tanto, el cuerpo empieza a hormiguearme nuevamente, el dolor
se hace intenso, cientos de piquetes me regresan a otra realidad, el colchón
vuelve, la línea azul del cielo se convierte en negra, el horizonte vuelve al rojo
intenso, volteo a mi derecha con la intención de ver la puesta del ardiente sol del
desierto, no lo veo, en su lugar hay un enorme hueco luminoso sin
reverberaciones, así, con colores lisos y llanos, como una pintura de Miró, colores
simples, primarios y secundarios.
Debo parecer una caricatura, recuerdo que ando en las profundidades de aquel
abismo que había a la orilla del color rojo, ahora no sé si ando arriba o abajo,
quizá subí sin enterarme, no sentí el mareo del viaje ascendente, ni vi las

espirales, ni las estrellas, debo intentar elevarme para regresar al sitio de origen,
podrá ser triste todo arriba, pero hay personas, sí, personas que van cayendo a
abismos profundos, pero al menos estas dentro de pares, muchos pares, allá
abajo, también es triste, solo un par de personas en un área triste y seca.
El colchón empieza a pesarme, los picos como pequeñas pirámides empiezan a
aflorar, las manos empiezan a dolerme, un sopor irreductible me llena la cara de
sudor, siento la cara ardiente, y el sudor helado, es una sensación extraña. Bajo el
peso del cuerpo, las pirámides metálicas se hacen suaves y me hundo en ellas.
Nuevamente siento que voy a caer al abismo, ahora sin volar, solo caer. La espiral
regresa, voy bajando cientos de niveles, vuelta tras vuelta, la oscuridad me
envuelve, no siento nada, todo se oscurece.
Al final de la espiral hay una pequeña luz, por más vueltas que doy hacia la cima,
no la alcanzo. Se asemeja a la esperanza, que te dice que hay algo más, y no
sabes que es, pero que está allí, para que el día menos pensado lo obtengas. Así
veo la luz, que está allá abajo, pero que no es el tiempo de tenerla, ¿Así será la
muerte? No es tan malo morir, solo es ver la luz, allí, en el foco te esperan tus
familiares muertos, tus guías, tu ángel de la guarda, tus maestros, dios mismo
para tomarte de la mano y guiarte por el camino hacía una nueva vida.
Siento que no estoy preparado para ver a mi abuelo, aquel hombre rechoncho,
rubicundo y con ojos con el color de la tristeza, que caminaba lento y jadeante con
el cigarro en la mano, que solo conversé un par de veces con él, que solo
compartimos un poco el espacio y tiempo en el mismo poblado. Ni estoy
preparado para ver a aquellos personajes que se fueron antes que yo. No, no
estoy preparado, debo alejarme de la luz, dios tiene muchas ocupaciones como
para que me llame a mí, debo ser un ser insignificante y vano, fofo, sin chiste, así
que puede ir él a platicar con Einstein, con Tesla, Con Tolstoi, con Víctor Hugo o a
reclamarle a Da Vinci, ellos tendrán mejores platicas, mejores experiencias.
Yo solo tengo en mi haber algunos años en las escuelas públicas, trabajos
simples en el campo, sencillos, algunas travesuras, ni siquiera he sido malo, ni
siquiera he sido bueno, y el limbo no es para mí, deben permitirme redención,
deben de darme tiempo para poder hacer algo distinto, algo grande, ¿Quizá un
libro, o dos?, ¿Quizá un par de edificios enormes que lleven una placa con mi
nombre? Cuando digo esto, la luz me hala, como si la fuerza de la gravedad
aumentase y la espiral se hiciese pequeña, y la bajada fuese rauda, entre los
espacios que hay.
Veo unas ventanas, en ellas hay caras, unas largas, unas añosas, unas joviales,
todas con los labios invertidos, la tristeza los dominaba, ni subían, ni bajaban. Una
de ellas me miró, alargó su mano y me dijo:-¡ayúdame!- seguí dando vueltas en
ese nivel, su ojos me buscaban, y no sabía que hacer, lo único que se me ocurría
era hacer tiempo, en la vida diaria, eso hacía, si alguna situación no la podía
resolver en el momento en que se me presentaba, esperaba un poco, como si el

cerebro necesitara ser calentado, como los autos viejos, tres bombeadas al
acelerador y arrancarlo, después las soluciones fluían precisas.
Esperaba esa señal, esa solución, y llegó, una mano tras de aquellos ojos la
arrastró por el mismo nivel, la veía pasar tras de las otras caras que se asomaban
en las ventanas, sus ojos brillaban con ardor, le dije: -te espero arriba, hay cosas
que hacer-, no sabía qué cosas tenía como responsabilidad allá arriba, si apenas
tenía diecisiete años, pero las palabras me salieron del fondo de la mente, como si
mi voz fuese usada por alguien más, como si mi mente se hubiese desconectado y
entrado en otra frecuencia:
¿Qué iba a hacer con esa persona triste si llega arriba?, no lo sé, pero de igual
manera, algo se me ocurrirá, algo saldrá, ¿Cómo lo resolveré?, tampoco lo sé,
pero lo que sí sé, es que todas las cosas se solucionan una vez que despiertas, la
vida te da muchas oportunidades de hacerlo, basta con que bajes de ese colchón,
cures tus males, y reinicies tu vida, esta te pondrá a esas personas con los ojos
tristes para que las hagas felices y sonrían y logren zafarse del malvado limbo que
no te deja ser bueno, que no te deja ser malo, solo te deja estar, como si de un
sueño se tratase: ¿O acaso todo esto lo estoy soñando? ¡Vaya! La vida es
sorprendente, no sé si sueño despierto, o vivo dormido, para el caso es lo mismo.

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