Despertar Poético

Autor: José Luis Valencia Castañeda

Narraciones súper extraordinarias de mundos extraños. El poder.
Las jacarandas moradas están en su ultima floración, los retoños son incipientes,
el cambio de estación está funcionando, la primavera no prefiere jardín, ella
aparece en todas las latitudes del planeta. Hoy, cuando el fresco de la mañana
está presente, caminamos hacia la pirámide central. La cuesta es algo inclinada,
cuesta trabajo salvarla. En los primeros doscientos metros aparece el primer juego
de pelota, es un espacio rectangular, clásico de toda Mesoamérica, es una
explanada ganada a la montaña, se tuvo que retirar un pequeño lometón para
poder construir la cancha. Aun logro escuchar los gritos de furor cuando el juego
se realiza, las personas gustan del pan y del circo, es algo muy aclamado
mundialmente, pareciera que las conciencias a pesar de la distancia, de las
diferencias de idiomas y de no conocerse, se alinean.


Corre el año 612 antes de Cristo, el rey Ocotlicotli está sentado en la pirámide
menor, está pensativo. Las diez estructuras que rodean a la construcción están
repletas de personas a la espera de la representación del dios Ehécatl. Era el día
uno de junio, día dedicado al ritual del dios. El uno le correspondía al dios, era Ce
Ehécatl, uno viento, era la representación o una de las caracterizaciones del Dios
Quetzalcóatl, su vista perdida en el horizonte, mirando la laguna, con sus cientos
de chinampas y trajineras detenidas por la festividad.


El guerrero valiente estaba ataviándose como cada año, su casco era la
representación de un ave, que simbolizaba la libertad y el poder de dominar al
viento, el poder de hacerse uno con el viento. El rey volteó a su izquierda y vio la
pila lustrosa, recién lavada. Los dos sumos sacerdotes se habían unido hoy para
el ritual, los corazones deberían ser ofrecidos antes de que el guerrero volara. La
pirámide estaba construida de piedra asentada con argamasa de barro en forma
circular, bajo ella existe el cristal de obsidiana más puro que encontraron, eso
mantiene a las fuerzas del bien y del mal en equilibrio.


La pirámide grande más al norte esperaba impaciente su propia ceremonia, allá
no ofrecían corazones, no había sangre, allá todo era amor. Lo mundano era aquí,
en la más chica, donde se unía el mundo del hombre con el mundo de los dioses.
El rey recordaba la historia de sus abuelos, cuando batallaron para encontrar un
lugar donde vivir, venían del norte, como muchas familias de habla Náhuatl,

buscando un lugar donde asentarse, venían buscando un lago, donde las aves
hicieran presa a las serpientes, y allá abajo está el lago, Guachimontón su ciudad,
Guachichimeca su raza, hijas de una raza madre venida de las cuatro razas
originales, desplazadas por al gran erupción allá en el norte, en un lugar perdido
en el desierto ocre de los Hopi.


Hoy era el día aciago, los dos sacerdotes recomendaban no matar a ningún
guerrero, ni a ninguna doncella. Pero el olor y sabor de la sangre estaba
impregnado en todo el ser del pueblo y este lo exigía. El rey no sabía como
explicarles que el eclipse lunar, sucedido la noche anterior, era presagio de
cambios y no eran nada agradables. Caminó en derredor del círculo que forma la
cúspide de la pirámide y pidió ayuda a Ehécatl, este le respondió en un susurro
que los sacrificios deberían ser retirados de la memoria, la muerte del hombre por
el hombre ya no era necesaria, la sangre que había sido derramada, era suficiente
por ahora. Lo que se necesitaría de hoy en adelante sería amor y respeto por toda
la vida, por todas las vidas. El rey lo entendía, los sacerdotes lo entendían, pero
no pretendían cambiar, eso les restaría poder.


El rey intentó persuadirlos, pero no escucharon, seguían los rituales aprendidos
con el paso del tiempo y modificados acorde a los gustos de los grandes reyes.
Ocotlicotli seguía tenso, el guerrero casi estaba listo, la multitud atiborraba el
recinto, la pila ritual brillaba ante el impetuoso sol, los personajes destinados a
servir en el sacrificio se despedían de sus familias, que orgullosas asentían y se
daban mensajes para reconocerse en el más allá. Los ayudantes acercaron a la
pareja a la pila, iban decididos a cruzar la puerta de la muerte e irse al inframundo,
los acompañarían dos canes, sin pelo, altos, ágiles, bien alimentados.
El guerrero con sus alas de plumas estaba listo, tomó asiento mirando el oriente,
las personalidades de Oconahua se acercaron al rey, era el rey Ocomo, venía
cariacontecido, su sacerdote le había comunicado algo que no le gustó.

  • Gran rey de Guachimontón, necesito de su consejo y sabiduría.
  • Dígame gran rey Ocomo, si mi sabiduría llega a su mente con la prestancia
    con la que la solicita, lo hará con verdad.
  • Nuestro sacerdote ha tenido visiones, vio al gran Tenoch vagando en el
    inframundo, buscando los huesos de los antepasados, el sacerdote lo vio y
    se vio en el inframundo, creyendo que había partido para siempre, el dios
    Tenoch le dijo: -Junta los huesos de tu pueblo y parte más al sur, hacia el
    lago, donde encontrarás las señales que buscaste aquí, este pueblo será
    presa de una gran catástrofe, morirán todos aquellos que se queden, las
    aguas serán insalubres, se estancarán por falta de vientos, la vida se
    estancará por falta de viento, este lago se convertirá primero en dos,
    después en cientos de pequeños charcos, aquellos que esperan ayuda de
    los dioses, creyendo que esto que te digo no es ayuda perecerán, nada de
    vida quedará sobre estos lugares, se unirán en la muerte con los grandes

reyes del sur, los mayas, los olmecas, los totonacas, los teotihuacanos, los
atlantes, todos perecerán por la gran tribulación, solo dejaremos con vida a
aquellos que intenten el éxodo hacia el sur. Cuando ustedes lleguen allá, la
vida del hombre estará comenzando nuevamente, no llegaran los mismos
hombres, pero sí la misma raza. Vagarán por entre los muertos, verán
ciudades pérdidas, sin personas, encontrarán comida caliente aun en las
mesas, como caliente estará el cuerpo de quien habitaba esa morada. No
coman de la comida de los muertos, no beban de su agua, busquen cuevas
para guarecerse, allí encontrarán cobijo, agua y comida, caminen siguiendo
al sol por su derecha, no regresen la mirada, la muerte andará tras sus
pasos…
El rey Ocomo detuvo el soliloquio para ver la reacción del rey Ocotlicotli, más
este no movió ni un músculo, los tenía tensos. Cuando por fin habló, el rey
Ocomo levantó las cejas.

  • Debemos partir, pero no sé cómo, las personas están tan cómodas con
    todo lo que tenemos que no hay manera de convencerlos, mire -señaló a la
    piedra de los sacrificios – los grandes sacerdotes insisten en sacrificar
    niños, almas, seres que no tienen idea del por qué de su muerte, y sin
    embargo van felices al encuentro consigo mismos. Ellos, los dos, han
    tenido las mismas visiones, debemos abandonar este lugar, del cual solo se
    conservarán las rocas y los huesos, solo eso quedará en la historia y
    nuestro pueblo volverá a ser grande, como lo fue allá en las grandes
    praderas del Gran Manitú, como lo fue aquí por muchos años. Allá, a lo
    lejos, será nuevamente grande.
  • ¿Cuándo debemos partir?
  • Debe ser de inmediato, sería conveniente que usted fuera al frente,
    llevándose a mis mejores hombres y mis mejores mujeres.
  • ¿Usted no irá?
  • No, debo perecer con este pueblo, así está escrito. Moriremos después de
    haber disfrutado de todo aquello que alienta a las emociones, ustedes
    serán los que perpetuarán la raza, son gente de sacrificio, nosotros solo
    sabemos vivir así, matar, reír, jugar, estamos cómodos, esperaremos la
    muerte cómodamente, a ustedes los juzgarán locos, y cuando estemos
    todos muertos, yo tendré mi tumba enorme, y ellos su tumba sencilla, que al
    final nos democratizará.
    Los dos reyes se sentaron frente al enorme palo al que empezaba a subirse el
    guerrero ataviado de plumas, una vez instalado en la parte alta, se ató al cabo
    que lo sostendría durante el descenso y empezó a silbar con un pequeño
    artefacto de barro, su figura imponente atraía todas las miradas, el sacrificio de
    los dos jóvenes parecía importar menos, solo los morbosos esperaban ver la
    sangre correr, el gran sacerdote de la pirámide chica levanto el cuchillo de
    obsidiana con asa del fémur de un gigante que habitó cuando ellos llegaron y

que consideraron sagrado, la carne se abrió fácilmente, los huesos crujieron y
la sangre manó abundantemente. El sol se alzaba lentamente entre las
grandes montañas, un enorme tornado surgió al oriente, se alcanzaban a ver
las pequeñas chozas de humildes campesinos volar junto con ellos, el rey
Ocomo apuró la bebida extraída del mezcal que la había ofrecido Ocotlicotli,
intentó descubrir una reacción de solidaridad del otro rey, solo escuchó.

  • Apure su viaje, el fin de nuestro pueblo ya inició, no queremos vivir en amor
    y respeto, ustedes sí, vaya por sus aperos y deje encargado el reino a
    aquel que tiene ansias de poder, que no le durará mucho.

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