A LAS CALLES (ARENA SUELTA)

POR TAYDE GONZÁLEZ ARIAS

Hasta donde puede llegar el coraje que tiene una persona, como para atentar contra su vida, o como para dañar el patrimonio de los demás. Es decir, que tan alta puede ser la rabia, como para acabar con la vida y no querer seguir; que tanto se tiene que vivir con desesperación, como para hacerle daño a un tercero o llevar a acabo daño en las cosas.

Los motivos que hacen que nos enfrentemos a las fuerzas del Estado, sin duda deben ser de tal proporción que sepamos que nuestra vida esta en riesgo y que, más allá de ser meros sujetos serviles, lo que nos debe mover es el ideal de la justicia y el bien social. No hay legitimidad en los gobiernos que no escuchan razones y que hacen de la autoridad un instrumento de golpe a la población, que ejercen su mando con el mazo y no gobiernan con los ojos y los oídos abiertos., pues viven sordos y ciegos de las penurias y necesidades de sus gobernados.

Escuchar y ver, para razonar y actuar en consecuencia frente a lo injusto, debe ser el ejercicio primero de la persona que tenga entre sus manos la toma de decisiones. Naciones enteras arden, pueblos completos se asesinan y se han matado por causa de los necios y tercos, que creen que, por ser nombrados presidentes de una nación o gobernadores de un pueblo, ya son herederos y recipiendarios de la verdad absoluta.

Que tanto daño psicológico le puede hacer el poder a un hombre o una mujer, como para que su mente se cierre, sus ojos no vean y sus oídos ensordezcan. Cómo se justifica que las calles sean ríos de gente enervada, que los monumentos y los edificios púbicos sean vandalizados y que sólo se tenga como respuesta, si acaso, el pensar que se tratan de expresiones de grupos con ideas políticas diferentes, en lugar de atacar el problema de fondo y junto al diálogo tomar acuerdos e imprimir las ideas de cada inconforme desde una asamblea y con la presencia de las dependencias correspondientes.

Parece que, en nuestros países latinos, cada quien va por su lado. Al parecer los gobiernos tienen una ruta en donde sus ciudadanos no pintan y si los toman en cuenta, sólo es a conveniencia. Preocupa la inconciencia de los gobernantes, apura el coraje social, que exige urgentemente un entendimiento mutuo, una negociación pronta y la formulación de un mismo camino, en donde se encuentre el sentir social y la mano amiga de las autoridades.

Nada puede estar por encima de los deseos de las mayorías, no se puede ni se debe gobernar sólo para algunos y desamparar a otros. La cobija de la justicia no puede alcanzar únicamente para los de un sector, incluso, se ha de recordar que, los que más frio pasan, son a los que ha de arroparse.

¿Qué intereses puede tener un gobernante que, sabiendo el dolor de su pueblo, prefiere seguir viviendo en una burbuja y en lo irreal?, ¿De qué manera puede ir a la cama, la mujer o el hombre en el poder, sabiendo que en las calles su pueblo se está matando?, ¿Cómo puede ver a los ojos a su familia, quien tiene autoridad y permite que entre hermanos se asesinen? No hay más respuesta que la mezquindad emocional de los gobiernos.

La democracia, que debería servir para elegir al guía de un pueblo, se ensucia con el abuso del poder y el desinterés que, una vez llegando al poder, muchos políticos olvidan; es decir, el cómo llegaron y por quién lo hicieron.

No se debe permitir más abuso, ni tampoco una vida con miedo, con temor de salir de casa y no volver, o siendo víctimas de la delincuencia. No podemos acostumbrarnos a entregar la vida de mujeres, niños o cualquier ser vivo; por eso, si hay que gritar hagámoslo al unísono, si hay que marchar vayamos juntas y unidos, y si hay que cambiar el régimen, pues que así sea, recordando que, si el poderoso tiene pan, abrigo y comodidades, por las buenas no las dan, hay que ver las realidades.

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