Aprender a vivir en la esperanza

P. Agustín Celis

Vivimos con una profunda esperanza, de que la situación actual de la Pandemia pase rápido y no llegue a la familia. Esta situación, por un lado, nos hace sentir desesperanza, porque todo es tan incierto por la cantidad de noticias que escuchamos a diario. Hoy más que nunca apreciamos la salud y la libertad, apreciamos más a los que se dedican al cuidado de la salud, porque se siente la presencia de la desesperanza en la sociedad.

A veces confundimos la noción de esperanza con la fuga o negación de la realidad y la esperanza es, ante todo, esperanza en la verdad: sin la búsqueda de la verdad la esperanza se convierte en una ilusión y la verdad sin la esperanza pierde toda capacidad de renovarse.

La esperanza no es producto de un estado de ánimo o la proyección de nuestros buenos deseos, sino de la información basada en la verdad de las noticias que escuchamos. En una ocasión le preguntaron sobre lo que ayuda al hombre a Martin Heidegger y afirmó: “Debo decir que la filosofía no podrá provocar un cambio inmediato del estado presente del mundo… sólo un Dios puede aún salvarnos”. 

Hemos de admitir entonces que todos esperamos un cambio de la situación actual que vivimos; más allá de las tendencias políticas o religiosas, todos anhelamos un cambio urgente en la sociedad. Queremos salir a la calle con la confianza de que no nos contagiaremos, que regresaremos a casa con la confianza de que no vamos a contagiar a la familia.

Pero la esperanza, considerada únicamente como la posibilidad de un cambio o una acción repentina, nos hunde más bien en una situación de desesperanza. Porque hay una urgencia y no llega pronto la respuesta. Así pudiéramos sentirnos ahora, con una urgencia por salir, por ir a Misa, por abrir el negocio, por salir a trabajar, por hacer tantas actividades que pudieron haberse quedado pausadas por la Pandemia.

La esperanza no se decreta, tampoco se impone. La esperanza nos motiva a buscar y a construir una sociedad en la verdad y la justicia, valores que superan nuestros códigos jurídicos y que van más allá de los límites jurídicos, porque su finalidad es proteger a todos los seres humanos y garantizar que se respeten todos sus derechos. Es por ello que sólo la esperanza crea justicia y en la injusticia se crece nuestra esperanza, pues la esperanza se fortalece cuando acoge la espera del otro.

La esperanza nos mueve a la participación y transformación de la realidad. Vivimos en un mundo sin esperanza, porque nos hundimos en el mar de la indiferencia. La esperanza más que un estado ilusorio se expresa en la dinámica de nuestra participación en la construcción de una realidad donde la justicia sea posible en todos los ámbitos de nuestra vida.

Recordemos las palabras de Benedicto XVI: “Pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica”. 

La esperanza cierta y firme es aquella que bajo la esperanza del encuentro eterno con Dios, que es amor, el hombre recorre cada día su camino, atraído por la llamada del único que puede colmar las ansias de amar y ser amado, del que le ha redimido.

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