ARENA SUELTA

POR TAYDE GONZÁLEZ ARIAS

LA MUERTE DE UN PRESIDENTE

La muerte no se le desea a nadie, y cuando nos referimos a la muerte sabemos
que se trata de un asunto por el que todos pasaremos, una vez que al nacer se
sabe que moriremos y aunque el asunto es que no sabemos cuándo dejemos de
existir, lo importante es saber vivir y dejar un legado único y especial, en el que
más allá de lo bueno o malo que hablen de uno, nuestro actuar por la vida ha de
ser la única herencia a la humanidad.
En esta parte del mundo, las noticias sobre muertes se han vuelto una constante.
Desafortunadamente, quitar la vida ha pasado a ser parte de un trabajo en el que,
al parecer, con alguna cantidad de dinero, se puede mandar matar a cualquiera.
La vida con temor no es plena, pasa a ser, si acaso, sobrevivencia. Pues salir de
casa y no saber si vas a regresar, por la cantidad de enfrentamientos y
ejecuciones en la zona de Dios es padre, nos ha hecho vivir con psicosis, en un
santiamén, que obliga a que tengamos una fortaleza mental cada vez más sólida,
de tal suerte que no se nos olvide sonreír y saquemos esperanzas de los más
mínimos detalles, para no morir en vida.
Sobre la muerte hay canciones o corridos, templos y feligresía, respeto, alegría y
hasta fiestas, pero también procesos de duelos interminables y, aunque suele ser
común decir: déjalo ir, o ya no le llores, sólo quien experimenta el hecho de perder
a un ser querido sabrá llevar en tiempo y forma su dolor.
Si bien es cierto que no debieran existir ciudadanos de primera o de segunda, sino
el valorar a cada ser humano por igual, es sabido que, a la hora de la muerte
trágica o natural, las esquelas y muestras de cariño se pueden leer en periódicos,
en páginas o redes sociales, pero eso no pasa con todos y sólo pasado el tiempo
nos llegamos a enterar de que – pasaron a mejor vida-.
En el caso de la muerte de las figuras públicas la noticia se vuelve viral y casi de
inmediato se inundan las redes de muestras de afecto, por sus artistas o políticos.
La vida, como bien superior, debería de ocupar y preocupar más a las
autoridades, pues la cantidad de muertes es alarmante y las circunstancias cada
vez más sanguinarias. Para qué ponen cámaras si no las usan para prevenir
homicidios o castigar a los delincuentes, de que sirve que “nos vigilen”, si cuando
necesitamos de la presencia de elementos de seguridad, brillan por su ausencia.

Frente a las noticias, como la del asesinato del Presidente Municipal de Coatepec,
Michoacán, se vuelve a reflejar la incapacidad del estado para brindar seguridad y
para esclarecer los hechos, así como para actuar contra los culpables, y si eso
pasa con una autoridad local, que dispone de los medios para tener escoltas o
elementos de custodia ¿Que nos puede esperar a los de a píe?
Todos vamos a morir, pero el deseo es que sea en su momento y en condiciones
humanas, y no a manos de alguien contratado para matar, o por estar en el lugar
equivocado en el momento equivocado.
Esperemos que el gran panteón en el que se ha convertido México, deje de
llenarse de muertos en el tiempo record en el que lo está haciendo. Ojalá que las
autoridades nos procuren seguridad a todos y que formalicen una estrategia, en la
que salir a la calle no sea motivo de miedo o temor, que se deje trabajar a los
comerciantes y no permita que se amedrente o se cobre por trabajar
honestamente.
El horno no está para bollos y México no merece ser tierra de nadie o zona de
guerra, por lo que las estrategias fallidas deben ser consideradas, de tal suerte
que se castigue a los culpables, se inhiban los delitos, se trabaje por la prevención
y se actué en cada caso, procurando la justicia y devolviendo la tranquilidad a la
población.
Nuestro país merece paz, después del dolor que ha traído la pandemia y sus
variantes, lo menor que podemos es enfocarnos a que no sea nada más, ninguna
otra cosa, la que acabe con la vida de nuestros seres queridos.

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