Borges al infinito (Despertar Poético)

Borges al infinito

Me considero un personaje liberado de la presión de entender y enaltecer a alguien, ya estoy fuera de ese círculo, ni un político, ni un líder religioso, ni alguna figura pública me despierta pasión alguna. Mi sentido del humor dice que sólo los escritores son de mi agrado, cuanto más muertos mejor, porque puedo mofarme de su escritura tanto como vanagloriarme de ella sin sufrir inquina alguna de ellos. Así que cuando leí a Borges, no se me ocurrió enaltecerlo tal y como lo hacen mis correligionarios de la lectura, a pesar de que ya es un escritor muerto, a pesar de todos sus galardones, de hecho, el solo leerlo se me hizo aburrido.

Quizá su mensaje ya estaba caduco cuando llegó a mí, quizá ya pasé esa etapa ramplona de sentirme el intelectualoide que lee a todos los que están de moda, para sentirme parte de un grupúsculo de intelectualoides. Quizá dejé de sentir la necesidad o curiosidad de leer autores que recomiendan políticos analfabetos, que ni siquiera saben el apellido de los autores que recomiendan, debido a que son de la vieja escuela de políticos que en su biblioteca sólo tienen cajas vacías, con los nombres de los libros en los lomos asomando, para que cualquiera pueda leer los autores, pero que no tiene ni una hoja escrita.

 No suelo ser tan arrogante, pues ya no leo por el simple hecho de acumular un autor más en mí archivo y presumirlo de la misma manera ramplona con la que lo leo. Sé que no era un lector del montón, no era el que lee a los que muchos leen, los best Sellers son mis adversarios, lo mismo que los de superación personal y ya viejo como estoy, no tengo ánimo de seguir a nadie, sólo leo lo que me abre la mente a nuevas ideas, nuevo o viejo. Las ideas que tengo ya están enraizadas, no es fácil moverlas, así que por pura comodidad o por nostalgia ahora sólo leo los autores que ya he leído.

 Decía que lo nuevo no me satisface, salvo que abra la mente, puede suceder que ya estoy en la edad de retirarme de la lectura; sin embargo, aun así, en el fondo de mi subconsciente me resisto a hacerlo, ya que si veo algo que me mueva la razón: si existe una frase por pequeña que sea, una idea o un párrafo que ponga en duda mis ideas preconcebidas, la leo con fruición.

 Me volví selectivo, tengo que reconocerlo. Igual que con los alimentos y las amistades, los libros, son más o menos eso: amigos, amistades entrañables, que conforme envejezco me educan de diferente manera, me pasa con muchos, con Nietzsche, con Hesse, con Fuentes, con Steinbeck, en fin con todos mis amigos muertos, son mi mejor escuela, recordarlos me hizo sentir orgullo, un pecado del que me había olvidado, justificando siempre que el 90% de la población no lee, por lo tanto soy mejor que ellos, la vanagloria se me sube al cerebro, quizá sólo sean boñigas de mi mente inflamada de tragar tanta mierda en la televisión.

 Esa nostalgia, nacida del recuerdo de mis lecturas, me regresó al principio de todo esto. Empecé a buscar entre la historia perdida de la biblioteca algún libelo borgiano, y me encontré de pronto con una cita de Borges que me volvió a sorprender con su cizaña y agilidad mental. El no leer a Borges, leyendo lo borgiano, quizá haga que mi mente sea más fuerte, pues la mente afilada y lúcida del argentino me regresó el golpe a la cara por la débil resistencia a leerlo, obligándome a buscar algún libro y resulta que sólo un par de ellos están sentados a la espera de ser entendidos: el Aleph y el Libro de Arena.

 La frase viene de una lectura que hice hace algún tiempo, señalaba una extraña entrevista dónde le comentaban: -¡Pero si lo hacía muerto!- Borges respondió con grandilocuencia: “Tienes razón, sólo te equivocaste de fecha”. Esa respuesta me hubiese dejado helado y con una gran sonrisa, ni a mí se me hubiese ocurrido y lo mejor de todo es que tenía razón, al final del día todos estamos muertos, sólo que los que no lo creemos estamos en la fecha equivocada, pero un día, cualesquiera, las fechas coincidirán con las afirmaciones.

Así de lineal es el tiempo y el tiempo le llegó un día al mismo Borges, con eso nos perdimos de sus puntillosas frases que incomodan a más de uno y más cuando se habla de la muerte, que cuando no se la enfrenta de la manera más mordaz que puedas, te harás uno con ella y sufrirás, porque la cara de la muerte es el sufrimiento, aunque los vivos juguemos con ella cuando gozamos de cabal salud.

 Decía Borges, en otra ocasión, que los hombres cuando perdemos la cordura, el apellido de la educación y la templanza de la lectura, amenazamos de muerte, y decía: “¿De qué otro forma se puede amenazar que no sea de muerte? Lo interesante, lo original, sería que alguien te amenace con la inmortalidad”.

 Efectivamente, el otro lado de la moneda, el lado claro de la oscuridad de esa frase es eso: la muerte de la muerte es la inmortalidad. Quizá nos hace falta desintegrarnos en sólo energía para lograrla, eso sería hermetismo y dejaríamos de lado la filosofía, que es donde Borges era más hábil, a pesar de que reiría al saberse amenazado de inmortalidad, sabía que jugar a la inmortalidad sería jugar un juego sucio, la apatía y el desencanto terminarían por matarte y a pesar de no creer en ella termina seduciéndote.

 La seducción de la inmortalidad se ha apoderado de mentes intensas y brillantes, pero no es más que un recurso baladí. Según Borges, todas las criaturas son baladíes, pues ignoran la muerte o lo divino. Lo que sí es terrible, lo que sí es incomprensible, es saberse inmortal. Quizá era un futurista, que se sabía inmortal, al menos tenía esa leve sospecha de que su legado lo haría inmortal algún día, al menos si la inmortalidad surge del estudio de su obra o de saberse leído después de la muerte, así podríamos decir que Borges está vivo; lo único en lo que nos equivocamos es en la fecha, pues “la muerte es una vida vivida y la vida es una muerte que viene”.

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