Con la red en la mano (Política en lo oscurito)

Con la red en la mano

A Don Cedano le llamaban la atención las novelas de aventuras, como las de Huckleberry Finn. Se le hacían emocionantes. Tanto, que la imagen de las correrías por el Misisipi junto a Jim, el esclavo deseoso de libertad, se le ha quedado grabada en su mente. La emoción de viajar en balsa por el río le hizo construirse la suya con vástagos de plátano atravesados por un tronco delgado y duro y atados con lianas rasgadas de los mismos vástagos. Si bien la aventura no incluía un esclavo negro huyendo hacia la libertad, al menos tenía un par de primos animosos de aventuras, así que se lanzaron al río con toda la balsa, y recorrieron la enorme friolera de cien metros, terminó justo cuando la balsa se deshizo bajo el peso y jugueteo de los chamacos, no tan chamacos. Fue más el tiempo empleado en construirla que el tiempo que duró en funcionamiento, pero la satisfacción de recorrer las corrientes del río valió la pena. Así que ya tenían una aventura para contar.

 Más tarde, a Don Cedano se le ocurrió la romántica idea de que una balsa le sería útil para pescar y se construyó otra, igual de fuerte, igual de eficiente. Así que pasó por unos metros de hilo de plástico, un anzuelo y se encaminó hacía el río. La caña y los vástagos estaban prácticamente a la orilla. Una vez allá, una vez encima de la balsa el ánimo decayó, cansado por la construcción de la balsa y de limpiar el otate para la caña, cuando debería tirar el anzuelo, lo hacía con desgano. Allí comprendió Don Cedano que la paciencia no es lo suyo, se desesperó muy rápido, y más que la balsa insistía en viajar aguas abajo y Don Cedano requería estar quieto en un mismo lugar para darle confianza a los peces.

 Después de luchar contra la fuerza del agua, el equilibrio del anzuelo y el peso de la balsa, Don Cedano desistió de pescar, dejó ir a la balsa. La pequeña corriente la lanzó entre las raíces que salían de entre los paredones. Allí se estacionó durante mucho rato, mientras tanto Don Cedano se sentó a la orilla y tiró el anzuelo cebado con tortilla. Durante una hora estuvo insistiendo, pero los peces se burlaban de él, parecía que pasaban al lado del anzuelo y lo señalaban, un pequeño pececillo, despistado o inexperto mordió el anzuelo, Don Cedano se sintió importante, la soberbia le inflamó los carrillos.

 La tarde caía y se hacía hora de ir a casa, orgulloso y feliz ensartó el pequeño pez en una guía de bejuco y se lo echó a la espalda, mientras caminaba rumbo a su casa. Los pocos transeúntes se burlaban de él, o de su raquítica pesca, así que para sortear las críticas, Don Cedano tuvo que recurrir a mentirles, que al final del día resultó una gran verdad.

  • ¿Para qué traes esa chingadera? Si ni para comer sirve, ni para un bocado -Le dijo un vecino.
  • Es para el amarillo – Decía Don Cedano- 

El Amarillo era un gato viejo, que en sus años mozos era muy solicitado por las gatas de la colonia. Al final fue el ganón. El gato no sabía que ese pez tenía un peso de crítica muy grande y no le importo, se lo almorzó de la misma manera.

Al llegar a la casa y ser premiado con burlas por sus románticos lances en la pesca, Don Cedano se puso a pensar la manera de pescar peces gordos. Lástima que Don Cedano en esta etapa de la vida ya no le hace a la pesca, ni le da animo volver a hacer los mismos menesteres que en su perdida juventud ¡sniff!… pero ya saben que la providencia “provee” ¿Qué creen? ¡Ándenle! La providencia se encargó de darle a Don Cedano una lección: San Péjele, un anciano en ciernes, casi como Don Cedano, le dio la mejor clase de pesca, pescó a García Luna.

 Cuando Don Cedano leyó esa noticia casi se tiró al piso y se arrastró para besarle los pies ¡smuak! ¡smuak! ¿Qué? ¿No me dejan hacerlo, porqué hay mucha fila, hasta en aquellos que se decían apartidistas? ¡Ah, jijo! Esa práctica la creía fenecida junto con el Priato, sólo espera Don Cedano que sigan cayendo peces gordos… digo, algo tenemos que aprender de los viejos lobos de mar, cazar al enemigo hasta aniquilarlo para que ya no sea una amenaza y “arrejuntar” a los que nos tapan nuestros deslices… por eso San Péjele, inteligentemente tiene a los más grilleros, como Noroña, que ya se da vida de fifi, a pesar de sentirse austero, como Monreal y la nueva titular del SAT, Raquel Buenrostro,  y como su apellido lo dice.

 El fin de año nos pinta positivo, el T-MEC se firmó, con letras chiquitas y todo, con la amenaza de revisión de los Estados Unidos en la rama laboral, pero con la presión de su destitución por violar la constitución. Eso deja un margen a México para reacomodarse, aunque la violencia no para, al menos nuestra capacidad de resiliencia nos hace fuertes o cómodos, no sé. Lo que sí sé, es que se acerca la época más feliz del año. Digo Feliz porque hay más dinero circulando, podemos así engrandecer nuestros egos, podemos comprar felicidad en botellas que dicen medirse en grados Gay Lussac, y para ver las caras que no vemos durante el año, no queremos que sea la cara como la de mi ídolo Hemingway, que el alcohol le dio otra clase de felicidad, o sea la muerte, esa no, busquen la otra, la de la unión, la de la fraternidad, la de la solidaridad, esa es más sabrosa y sana.

 Les decía, en estas fechas, que no esperamos, deseamos sean de buenos augurios y propósitos, tanto como W.C. Fields: “La navidad en mi casa es por lo menos seis o siete veces más agradable que en cualquier otro sitio. Empezamos a beber temprano y cuando el resto de la gente ve a un solo Santa Claus, nosotros vemos seis o siete”.

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