Cuando un pueblo salta sus barreras, ningún esfuerzo es bastante poderoso para detenerlo. (Arena suelta)

Por Tayde González Arias

Hace 109 años que, un hombre pronunció estas palabras, mismas que hoy parafraseamos, su nombre: Ricardo Flores Magón. Hoy lo compartimos, porque bien vale la pena considerar su vigencia, respecto de sus aseveraciones, que más allá de un sesgo político representan un sentir de muchos.

Cada vez más claro, según el tiempo avanza; cada vez más definido, según pasan los años, vemos aquel acto grandioso, aquel acto inmortal llevado a cabo por un hombre que, en los umbrales de la muerte, cuando su religión le mostraba el cielo, bajó la vista hacia la Tierra, donde gemían los hombres bajo el peso de las cadenas, y no quiso irse de esta vida, no quiso decir su eterno adiós a la humanidad, sin antes haber roto las cadenas y transformado al esclavo en hombre libre.

Yo gusto de representarme el acto glorioso. Veo con los ojos de mi imaginación la simpática figura de Miguel Hidalgo. Veo sus cabellos, blanqueados por los años y por el estudio, flotar al aire: veo el noble gesto del héroe iluminar el rostro apacible de aquel anciano. Lo veo, en la tranquilidad de su aposento, ponerse repentinamente en pie y llevar la mano nerviosa a la frente.

Todos duermen, menos él. La vida parece suspendida en aquel pueblo de hombres cansados por el trabajo y la tiranía; pero Hidalgo vela por todos, Hidalgo piensa por todos. Veo a Hidalgo lanzarse a la cabeza de media docena de hombres para someter un despotismo sostenido por muchos miles de hombres. Con un puñado de valientes llega a la cárcel y pone en libertad a los presos; va a la iglesia después y congrega al pueblo, y, al frente de menos de cincuenta hombres, arroja el guante al despotismo.

Ese fue el principio de la formidable rebelión, cuyos doscientos nueve años celebramos con este bando conmemorativo; de aquel comienzo de la insurrección que, si algo puede enseñarnos, es a no desconfiar de la fuerza del pueblo, porque precisamente fueron sus autores los que aparentemente son los más débiles.

No fueron los ricos los que rodearon a Hidalgo en su empresa de gigante: fueron los pobres, fueron los desheredados, fueron los parias, los que amasaron con su sangre y con sus vidas la gloria de Granaditas, la tragedia de Calderón y la epopeya de Las Cruces.

Los pobres son la fuerza, no porque son pobres, sino porque son el mayor número. Cuando los pueblos tengan la conciencia de que son más fuertes que sus dominadores, no habrá más tiranos.

Proletarios: la obra de la Independencia fue nuestra obra; el triunfo contra el poderío de España fue nuestro triunfo; pero que no sirva este triunfo para que nos echemos a dormir en brazos de la gloria. Con toda la sinceridad de mi conciencia honrada les invito a permanecer despiertos.

El triunfo de la revolución, que inicio el 16 de septiembre de 1810, nos dio la Independencia nacional; el triunfo de la revolución, que inicio en Ayutla, nos dio la libertad política; pero seguimos siendo esclavos, esclavos de ese moderno señor que no usa espada, no ciñe casco guerrero, ni habita almenados castillos, ni es héroe de alguna epopeya: somos esclavos de ese nuevo señor cuyos castillos son los bancos y se llama el Capital.

Todo está subordinado a las exigencias y a la conservación del Capital. El soldado reparte la muerte en beneficio del Capital; el juez sentencia a presidio en beneficio del Capital; la máquina gubernamental funciona por entero, exclusivamente, en beneficio del Capital; el Estado mismo, republicano o monárquico, es una institución que tiene por objeto exclusivo la protección y salvaguarda del Capital…

Si bajamos a la mina, no es para haceros ricos nosotros, sino para hacer ricos a nuestros amos; si vamos a encerraros por largas horas en esos presidios modernos que se llaman fábricas y talleres, no es para labrar nuestro bienestar ni el de nuestras familias: es para procurar el bienestar de nuestros patrones; si levantamos con nuestras manos un palacio, no es para que lo habiten nuestra mujer y nuestros hijos, sino para que vivan en él los señores del Capital…

El texto continúa, y debido a la extensión no lo podemos concluir, pero claramente muestra que, a más de 100 años de ser elaborado, y a más de 200 años del glorioso “grito de Dolores”, la condición social no es tan diferente, ¿No cree?

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