Despertar Poético

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Las peripecias de Narciso


¿Puede un espíritu destinado a la sanación portar en su seno a un espíritu corrompido de sí mismo? La mitología dice que sí, la experiencia actual lo confirma. Las Ninfas de la mitología griega, deidades hermosas, que representaban a la vida, a la fertilidad, que se encargaban de la crianza del hombre, de los animales y de los hijos de los dioses, irradiaban alegría y amor. Tanto amor, que excedían en ello, provocando un desborde extático. Eran las hermosas criaturas que se te aparecían en el bosque, en el río, en el mar, en las montañas, en el viento o en tu estanque, y que curaban a los hombres y a los animales. De una de ellas nace Narciso, espíritu corrompido de sí mismo, nace de Liriope, una ninfa acuática y del dios Boecio.
La vida de Narciso era espectacular, tenía todo lo que un efebo desea en la vida, de su madre heredó la hermosura, una belleza perfecta, la creación de un dios no podría ser menor, era un efebo destinado a ser exhibido en retratos por su porte, elegancia y belleza masculina; sin embargo, algo tan excepcional y característico tenía un pero, la perfección en la humanidad siempre tiene un lado funesto, un lado oscuro, y en él era una cualidad negativa que fue señalada por Tiresias, un famoso vidente ciego, por lo tanto despertaba credulidad, fue el más famoso vidente de Tebas, quien aconsejó que se entregara el trono de la ciudad al vencedor de la Esfinge, y sus revelaciones le dieron a Edipo el misterio de su nacimiento, una tragedia, de igual dolencia que la de Narciso.
Tiresias, maldito vidente, deberías sólo decir las benevolencias de la vida. La vida por sí sola es una tragedia como para que no la agrandes, podríamos decir de los sucesos que nos revela la historia de sus dotes. Aun muerto este Tiresias era un maestro vidente, tanto así que Odiseo lo consultó en el mismísimo Hades. Su don fue el pago por un juego de voyerismo en el que sorprendió a Atenea jugando al amor con Zeus, esta le quitó la vista y este le dio el don de ver el futuro.
Vaya cosa más triste, ver el futuro de aquellos que veían la vida correr ante sus ojos. No sabría elegir entre ambas, pero creo que, hoy viviendo, elegiría ver nacer al sol cada día a no verlo y ver la muerte en los olores de los demás.
Así Tiresias reveló el misterio de la vida de Narciso, decía que el joven viviría muchos años, siempre y cuando no se viese a sí mismo, pues era un joven apuesto que despertaba la admiración de hombre y mujeres. La prevención de Tiresias, a pesar de su fama, no hizo mella en el ego flexible de Narciso, ego que se retorcía entre la razón y la sinrazón, ego que se crecía en cada elogio, no podía ser equilibrado, ni desprendido de la cabeza de un inmaduro efebo.
Narciso, sabedor de su belleza, caminaba altivo y petulante, podría elegir entre cientos de pretendientes, pero se sabía superior en belleza a todos, por ello ignoraba los encantos de los demás que no eran superiores a los suyos, así que vivía enfocándose en los propios. Cierto día, cuando la ninfa Eco lo vio se enamoró perdidamente, acechó sus pasos y fue rechazada por Narciso una y otra vez. El semblante de Eco se ensombreció ante el rechazo, tanto fue su frustración que decayó en el ánimo, desvaneciendo su espíritu y su cuerpo, hasta que sus huesos se convirtieron en piedra, de su belleza solo quedó la voz, la que todavía resuena cuando la llamamos en los lugares donde abundan las peñas y montañas rocosas.
Narciso era un pagado de sí mismo, rechazó a muchas pretendientes, una de ellas no le pareció la forma de ser rechazada y pidió a los dioses que le permitieran sufrir a Narciso por amor, tal y como ellas sufrían, y su deseo se cumplió en un día de verano, cuando Narciso descansaba de un día de caza frente a un lago de aguas cristalinas, reposando y refrescándose frente a las nítidas aguas que proyectaban las imágenes de quienes se acercaban de manera muy nítida y clara. Cuando Narciso se acercó al agua, vio la hermosura de su imagen y se enamoró perdidamente de lo que veía. Su amor, rayando en locura, fue de tal grado que dejó de comer y dormir por el sufrimiento de no poder conseguir a su nuevo amor, pues cuando se retiraba un poco de las aguas cristalinas, la imagen de su amor desaparecía.
Obsesionado de su propia imagen, Narciso enloqueció a tal punto que hasta Eco se entristeció al imitar sus lamentos. Narciso murió con el corazón roto, ya en el reino de los muertos siguió hechizado por su propia imagen, tenía solo 16 años.
Ese mito se sigue reflejando en nuestros días y lo representamos como la excesiva admiración de uno mismo. El ejemplo más representativo lo vemos en los políticos y los artistas, que exceden en el culto a su imagen rayando en la locura. Tanto es el amor a su imagen que la gente menuda intenta imitarlos, cayendo en lo grotesco y deforme sicológicamente. Tanto adoramos nuestra imagen, que cuando empieza a decaer, empezamos a envejecer, sufrimos por ello. Ese sufrimiento es curado con varias dosis de realidad y varios golpes de la vida.
Un matiz del narcisismo social es hacerse cargo de la vida de otros, de la felicidad de otros, de los problemas de otros, considerándonos nosotros los único capaces de ser salvadores, los únicos con todas las soluciones, con todos los conocimientos, con todas las ideas. Cuando uno tiene la sensación de que los demás son unos desvalidos, es nuestro propio Narciso diciendo: “yo soy el desvalido y descargo mi frustración culpando a los demás”, transformando mis defectos en virtudes ficticias, cargándoselos a los demás, hay una proyección del yo (el mí mismo) en ellos, algo en mi es desvalido y lo justifico señalando a los demás como tales. Ese es un matiz del Narciso personal, esa herida emocional impuesta por mi yo a los demás solo es una herida emocional del pasado.
Según la psicología moderna, el querer ponerse en los zapatos del otro, en atribuirle condiciones personales que no tiene, es solo ocultar nuestras propias debilidades, con eso justificamos nuestra propia desgracia, haciéndonos creer que ellos son más desgraciados, como si la gracia tuviese alguna ponderación.
La patología de Narciso, es que quien la padece busca ser todopoderoso, que se quiere encargar de la felicidad de otros, para enmascaras sus propias miserias, provocando posteriormente traumas y más miseria en los demás, porqué deteriora las capacidades de los demás al hacerse cargo de ellas, las capacidades de autosuficiencia. Esto lo vemos comúnmente en los actos de ayuda basada en la idea del amor romántico y social, aquél que encubre el negocio, el verdadero placer de Narciso, como aquellos ambientalistas que arman sus organizaciones y arman proyectos y no caminan en el campo, ni saben sembrar un árbol, pero piden dinero para programas ambientales, y lo logran y se sienten todopoderosos creyendo que con conseguir dinero y mandar fotos de bosques cumplen su poderosa misión.
La conducta del Narciso, es una conducta basada en el conflicto personal que se proyecta en otros, si ese personaje no recibe lo que da, se siente usado, ya porque resuelve los problemas de quienes se sienten imposibilitados de dar o de recibir, el Narciso se siente frustrado al resolver la vida de los demás sin resolver la suya, quiere y necesita a su entender una reciprocidad que por la naturaleza propia de las acciones no puede tener, allí estriba su tragedia. Nada hay más hermoso que caminar por la vida, sin más pretensiones que vivirla, sin más esperanza que encontrar la felicidad dentro del sí mismo, así los problemas son personales, son unívocos, el mundo rodará y cumplirá su misión, mientras el hombre con el conocimiento del sí mismo será parte del todo, de la unidad que es la mente universal, la que gobierna el conocimiento sin sesgos, ni pretensiones, Narciso muere cuando el hombre se conoce, se respeta y lo externa, y se refleja así en los demás.

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