Disertaciones. Juan de Tama (Despertar Poético)

Disertaciones. Juan de Tama

Le levedad

Juan de Tama era un personaje solitario, para el común parecía un hombre con un pasado oscuro, sin embargo, no le conocían ningún desliz o pecado de que acusarlo, salvo de no convivir con el grueso de las personas. Era parco al hablar, seco al responder, pero amable al trato. No le habían escuchado a la fecha decir malas palabras. Hacía ya veinte años que había llegado al pueblo, no se le conocía mujer alguna entre sus querencias, tampoco alguna relación extraña a la naturaleza, las voces decían que había estaba enamorado en esos veinte años de la hija del tendero, un hombre modesto.

Matilde la hija del tendero, era una mujer guapa a pesar de los años, seguía soltera a pesar de las presiones de su padre, ella solo decía que se quedaría a cuidar a los dos viejos y la tienda,  se frecuentaba con Juan de Tama, era el único hombre para ella menos pretencioso, menos ostentoso, de todo lo que el hombre en un pequeño pueblo puede ostentar, jamás le había faltado, pero tampoco sobrado, al final, después de veinte años de amistad ninguno daba señales de formalizar la relación, sólo se sentaban uno frente al otro contemplando el pasar del tiempo y las personas, sin hablar ni bien, ni mal de ellas, sus platicas eran dirigidas al paisaje del Cerro que estaba enfrente, de los animales y su suerte, del hombre y su progreso, de los pecados que pueden llegar a cometer para lograr ese progreso.

 Hacían esto mientras tomaban té de hojas de limón y se comían una trompada recién salida del horno de Chente. Cuando la noche marcaba una hora decente para irse a dormir, Juan de Tama se despedía con un simple “hasta luego” o un saludo de mano, como dos amistades comunes y regresaba a su casa silbando alguna canción de Silvio Rodríguez, autor que lo seguía todas las noches durante veinte años que lo conoció en una velada de trovadores que llegaron al pueblo pidiendo dinero a cambio de cantar algunas canciones. Al pueblo le hizo bien esa visita, pues no llegaban muchas, los hospedaron durante un mes, hasta que se les hizo aburrido y los corrieron, como han corrido a todos los que no entonan con la sordidez y grisáceo vivir de los demás, los que brillan o sobresalen, tienen que salirse ya sea porque los corren o porque no encajan, Juan de Tama no encajaba, pero no los aburria porque no se metía en la vida de los demás, era solo una sombra más de aquellas que mantenían en suspenso a la población junto con sus miedos.  

Los únicos días felices para Juan de Tama parecían ser los domingos, cuando se reunía con los otros personajes con los que compartía carácter y las pocas horas de amena platica que se le conocían, todos eran hombres solitarios, grises, de talante irritante, pero sin antecedentes malvados, los demás los llamaban locos, se les veía reunirse en la plaza del pueblo a la una de la tarde, posterior a la terminación de la misa de 12 a la que asistía la mayoría del pueblo, el corrillo que formaban se veía extravagante, dos ancianos católicos fanáticos, un ateo recalcitrante, un seguidor de la cultura oriental y él: Juan de Tama que no sabían en qué lugar colocarlo, pues no profesaba ninguna de las dos religiones que el pueblo cobijaba, y asistía a las dos con la misma religiosidad que los profesos.

Era día viernes, Juan de Tama estaba limpiando cebollas en una pequeña terracita que da frente a su recamara, las acababa de cosechar, las preparaba para regalárselas a Matilde, ya casi eran las seis de la tarde, hora en que Matilde cerraba la tienda y se disponía a leer y a esperar a Juan de Tama, la casa de Matilde era muy similar a la de Juan de Tama, y ambas eran similares a la mayoría de las casas del pueblo, tristes por su forma, alegre por su fondo, eran pequeñas barracas construidas con madera y techadas con lámina de cartón, lámina galvanizada o con tejas, con sólo una ventana y dos puertas, sólo dos habitaciones, una usada como recamara de los padres, y la otra usada como recamara de los hijos, como comedor, como cocina, como sala, como bodega, como granero, y como casa de los animales de compañía.

 A pesar de esa mala distribución arquitectónica, las personas se encontraban a sus anchas, pues cuando invitabas a alguien a dormir a la casa, pedían casi de inmediato dormir sobre los costales de maíz, era cálido y cómodo. Estas casas tenían al frente en su mayoría una pequeña terracita rodeada de plantas que refrescaban la casa, allí se reunían todas las noches las familias a comentar los avatares del día y recordar las historias que se eternizarían en el imaginario. La casa de Matilde tenía uno de estos, con piso de barro, un pretil de adobe forrado al final por unos ladrillos enormes de barro cocido que servían de asiento, allí acomodaba una enorme poltrona de madera de parota tejida de bejuco, bastante cómoda, acolchonada por unos graciosos cojines con figuras de flores tejidas por Matilde.

 Cuando llevaba media hora de lectura, el cuerpo le reclamaba compañía, allí empezaba a desatender la lectura para empezar a buscar por la calle la figura desgarbada y flaca de Juan de Tama, este no tardaría en aparecer sonriente e indefectiblemente una bolsa con verduras en la mano. Juan de Tama, puntualmente llegaba los lunes, miércoles y viernes a visitarla y platicar, llevando una bolsa con la cosecha del día, el huerto de Juan de Tama era pequeño pero productivo, siempre tenía algo que cosecharse: chiles, tomates, jitomates, calabacitas, repollo, zanahoria, rábano, cilantro, cebolla, ajo, orégano, albahaca, nopal y melones, a Matilde le gustaban los melones, se alegraba cuando era temporada, pero siempre eran bienvenidas todas las verduras, sazonaban las comidas que a veces se preparaban durante sus veladas.

 Ese viernes, Matilde iniciaba la insoportable levedad del ser de Milán Kundera, llevaba dos semanas sólo en el primer capítulo, pensaba que no pasaría de allí, la levedad y el peso la dominaba, su mente le decía que algún mensaje estaba oculto en ese capítulo, pues se imaginaba a ella y a Juan de Tama ridículamente volver a repetir veinte años de citas inútiles durante una eternidad hasta que la vida les enseñara en las cientos de reencarnaciones que creían podrían suceder que debían de pasar a otro estadio de sus vidas, o se unían para vivir esta vida o se separaban para alguien ocupara ese espacio; sin embargo, Matilde se veía repitiendo la historia una y otra vez, a pesar de lo grotesco de la cotidianeidad no tenía miedo, ni sentía que su vida se desperdiciaría inútilmente, sentía que esa era la enseñanza, pero volvía a leer esa primer página y se lamentaba que no existiera esa posibilidad, y sonríe de su locura, gracias a eso, podría disfrutar el momento con la seguridad de que no volvería a pasar, por ello debería de asegurarse que fuese único.

 Cerró el libro y recargó su humanidad por completo sobre la poltrona, cerró los ojos y comenzó a imaginarse a una Matilde casada, con hijos, atareada en la tarea de ama de casa, cargada de responsabilidades sin tiempo de leer a Kundera, pero Kundera le enseñaba que esa levedad lo era aun cuando la carga más hermosa de una mujer es cargar al hombre sobre su fragilidad en la unión sexual, sintiendo la vida en toda su intensidad, cuando revivía ese pasaje la piel se le erizaba, la frente se le perlaba de sudor, mientras sus piernas se volvían de plastilina, no las dominaba, un rubor puberto le recorría la cara y se le estacionaba entre las piernas, que cual hilachos se empapaban y la obligaban a tragar saliva, y tomárselas con las manos para hacerlas volver a la vida, suspiraba por algo que no se atrevería a pedir, por algo que se negaba a sentir debido a su carga moral, traída por los siglos de tapujos que sus padres también heredaron.

El sol se había metido tras el Cerro, la luz todavía permitía realizar actividades, Matilde estirada en la enorme poltrona sintió el olor a hierba mojada impregnarle la nariz y suspiró, la imagen de Juan de Tama le seguía aprisionando el pecho y estrujando la entrepierna, respiró hondo y vio que una ligera llovizna mojaba del lado del viento hacia el norte, mientras al sur, el trajín propio de los campesinos regresando a casa le decían que la hora de la dulce platica con Juan de Tama se acercaba, corrió rápidamente al baño de la casa, en su carrera tropezó con su madre, que la reprendió:

  • ¿Qué prisa traes mujer?
  • Ya casi llega Juan y no me he arreglado.
  • Pero si ya te habías arreglado antes, mírate, estás toda colorada, ¿Hiciste algún esfuerzo? ¿Estuviste por la tarde al sol?
  • No madre, solo tengo algo de calor, deja voy al baño a refrescarme la cara y salgo.

La madre la miró dirigirse rápidamente al baño, que era un pequeño cuartucho alejado de la casa, separado por un patio, para evitar que los malos humores se le impregnaran a la comida. Matilde se vio al espejo y sonrió, ya no era una jovencita, y la probada de amor que había tenido fue en sexto de primaria, cuando jugó a la botella con sus compañeros de salón, el castigo era besarse, ella perdió y tuvo que besar al menos agraciado de ellos, el beso fue rápido, con olor a chicle, y sabor a sal por el sudor que los envolvía debido a lo arriesgado de su juego, ese día Matilde había cancelado todo roce con los hombres, y este día, al verse a los ojos sabía que los había perdonado, Juan de Tama la había convencido sin decírselo, le había cambiado la forma de pensar, le había curado el espíritu, y allí estaba ella, hecha un manojo de nervios a sus cuarentas, suspirando como quinceañera que quiere ser objeto de deseo del príncipe valiente que llegará a caballo todo hermoso, limpio, rubiecito, arrogante, fuerte y decidido a llevársela consigo y vivir felices para siempre.

 Abrió la llave de la tina que la hacía de lavabo y puso sus manos en cuchara para atrapar el agua, se la escurrió en la cara, una oleada de frescura le invadió el rostro, mientras unas cuantas gotas escurrían bajo su cuello, bajando hasta su busto, ella las vio y alargó la mano para alcanzar una toalla y secarse, más sus pensamientos se habían dislocado, ya no era la Matilde recelosa y zafia, ahora era una mujer plena, se levantó un poco para dejar que las gotas tomaran cuesta abajo, la sola idea de que rosarían sus pezones la hizo erizarlos, puso las manos sobre la tina y se miró fijamente.

  • Te desconozco Matilde, ya no eres la misma, pareces hetaira a la espera de un cliente dadivoso, bien sabes que Juan de Tama no tiene intenciones de declararte el amor que te tiene, porque te lo tiene, y mírate, despertando al objeto sexual que tenías dormido, soñando, ilusionándote con pasajes que sólo son fantasía recién descubierta, estás tan dañada que un simple pasaje nada erótico de un libro nada erótico te despertó la lívido ¡Qué mal estás Matilde, qué mal estás¡ no tendrás cara de recibir hoy a Juan de Tama, será mejor que lo despidas en la misma puerta, antes de que te ofrezcas como yegua en celo ¿Pero qué estás diciendo? ¿Acaso no puedes controlar un simple impulso animal? Si toda una vida has estado haciéndolo, pero ya no quiero hacerlo más, me hace infeliz, he reprimido todo, emociones, amores, deseos, ideas, lenguaje por respeto a mis padres, sé que ellos también sufren, pues no hablan de lo que siento.
  •  ¿O seré la única que se le frunce el entrecejo cuando piensa en un hombre?, es posible, pero no quisiera que Juan de Tama me viera en esta situación, bueno, si quisiera, que me viera y que sintiera ese mismo deseo y me dijera que me fuese a su casa, me iría hoy mismo, solo tengo que aventar mi poca ropa dentro de la maleta, ¿Pero qué dices?, ya eres una mujer mayor, deja eso para las adolescentes, que sueñan con príncipes, tu solo sueña con Juan de Tama, pero si te dice que te vayas ¡Te vas!

Desde fuera de la casa, su madre le gritó:

Otro encuentro

Juan de Tama llevaba las cebollas que había pelado hacía rato, estaban envueltas en papel de estraza, olían a cebolla, eran cebollas, pero no penetraban la nariz tan hostigosamente como las cebollas comunes, de eso se jactaba, sus cebollas eran dulces, podrías comerlas tapando la nariz como si fuesen manzanas. Doña Marina, madre de Matilde lo sabía y las esperaba con ansias de adolescente, se lo agradecía tanto que no lo dejaba ir sin cenar una sopa hecha con esas mismas cebollas.

Cuando Juan de Tama salió de su casa, el cuirris, perro del vecino lo acompañó por tres cuadras antes de regresarse, como si esas tres cuadras fuesen las más peligrosas y tenía que ser acompañado para librarlas, Juan se lo agradecía con un pedazo de cecina seca, ambos tenían esa rutina desde hace diez años, edad que tenía el cuirris. Una vez que la rutina de despedida del cuirris con una sobada de cabeza, Juan de Tama continuaba su camino con pasos isócronos constantes, a lo lejos se veía lluvia que pertinaz se desplazaba hacia el pueblo, se veía a lo lejos como una pequeña serpiente negra moviéndose al compás del viento, allá  al norte del pueblo, mientras caminaba el agradable olor a tierra mojada lo hizo sentirse parte de ella, era un olor agradable, le daban ganas de convencer a Matilde de ir más al norte a mojarse con la lluvia, pero los modales de ella lo hacían desistir, no quería provocar un altercado, el olor suave mezclado con los perfumes de las noveles flores hacían que Juan levantara la mirada al cielo y agradeciera por esos momentos.  

Por fin voy a descansar del riego- Se decía mientras caminaba- las aves empezaban a correr a guarecerse entre los árboles, señal de que la noche se acercaba, señal de que era la hora correcta para ir a ver a Matilde, señal de que su espíritu se tranquilizaría por un par de horas, cuando llegó al quicio de la puerta, la madre de Matilde lo recibió con las manos dispuestas a recoger las cebollas, Juan levantó el fardo y como ritual ensayado ambos agradecieron la entrega.

  • Deja le hablo a Matilde, está en el baño, no tarda, ya sabes, cosas de mujeres, mientras siéntate en la poltrona que te hizo mi marido para que estén cómodos.
  • Gracias Doña Imelda, usted siempre tan amable.
  • Quisiera serlo más hijo, pero parece que a ustedes no les urge nada, a pesar de que se quemen los pastos, las ardillas no dejan el árbol.
  • Juan de Tama se sonrojó, sabía que su amistad con Matilde estaba en boca de todos en el pueblo, era un pueblo pequeño, muchos de ellos lo criticaban por hacerle perder el tiempo a la mujer, alejándola de la maternidad, sin que él la hiciera madre y sin dejar a otros esa opción; sin embargo, Juan de Tama estaba tan acostumbrado a Matilde que si otro se la llevaba se iba con ellos, pero arriesgarse a dar un paso más allá no se atrevía por el temor al fracaso, un temor infundado por la propia cultura de sus padres que desde niño lo educaron a no arriesgarse con la idea simplona de “no vas a poder, así que mejor no lo hagas”.

Así que no ha sabido Juan de Tama si en verdad podría hacer algo distinto con Matilde más allá de ir a verla religiosamente dos o tres días por semana, platicar con ella, rozarse las manos con la felicidad que da lo prohibido, saltar ese gran muro autoimpuesto era poco probable, a lo lejos escuchó a Doña Imelda gritarle a Matilde – Ya deja de hacerte maje mujer y sal del baño que Juan de Tama está en la puerta esperándote -mientras se dirigía a la cocina, Juan de Tama volteó instintivamente hacia la puerta del baño y vio bajo la puerta la silueta de Matilde moviéndose, cerró los ojos y empezó la danza imágenes sensuales a bailar sobre su cabeza, veía a Matilde con el cuerpo de joven, como cuando la conoció, saliendo de un baño lleno de luz, con el cuerpo chorreando agua, mientras una bola de espejos flota en el espacio lanzando luces multicolores a las paredes pintadas de blanco, Matilde con el pelo suelto, húmedo transpirando un sudor dulzón invitando a pecar.

 Juan de Tama se golpea la cabeza para deshacer la imagen perturbadora que no se puede permitir, y la rehace con una Matilde llena de olanes y faldas que tapan todo lo que el pudor requiere, la ve acomodándose la falda, al abrir los ojos, sus ojos se encuentran con los de ella mientras se alisa la falda en la entre pierna, el voltea entre la cara y la entrepierna de Matilde, la faz sonrojada y la entrepierna mojada, dos elementos alentadores para cualquier Don Juan, una fuerza interior levantó a Juan de Tama de la poltrona de un salto, como si un resorte bajo sus pies se hubiese activado, ella caminó hacia él con la cabeza gacha, son ocultar su turbación, él abrió los brazos para tomarla por los hombros, arriba el cielo negro empezaba a tillar de luces, la lluvia se había alejado del pueblo, levándose la vida hacia los campo, Matilde se acercó a Juan de Tama y sin resistencia apoyó su cara en el hombro, él solo la abrazó y presionó esa fragilidad sobre si, las piernas de ambos se tocaron, sintieron por primera vez en veinte años su propio calor salir de sus pechos, al unísono suspiraron.

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