Frustración y miedo social

Frustración y miedo social

P. Agustín Celis

La frustración y miedo social tiene muchas manifestaciones, entre ellas: la violen­cia de grupos por razones políticas; la violencia en las relaciones labora­les; la violencia vinculada a actitudes discriminatorias y que es padecida no sólo por cuestiones étnicas; la violencia en las escuelas, la que es padecida por delitos comunes como el robo; la que se da entre gene­raciones y entre las comunidades; la violencia en el tránsito vehicular, de la que resulta un alarmante número de víctimas, etc. todo esto provoca que la sociedad viva con temor.

La sociedad necesita verse a sí misma, es necesario que seamos capaces de profundizar y de reflexionar, sobre todos estos acontecimientos que menoscaban la estabilidad social.

La seguridad de las personas también es una tarea que corresponde a la sociedad, aunque el princi­pal responsable sea el Estado; sin embargo, esto no exime a la sociedad de su responsabilidad, que debe ser asumida de manera proporcional, cada quien, de acuerdo a su situación, a su posición y a sus capacidades.

La ciudadanía, titular de derechos, lo es también de obligaciones que debe asumir. Una sociedad responsable requiere de condiciones para establecer en la sociedad relaciones de confianza. Es duro aceptar que  en muchos mexicanos la desconfianza se ha posicionado como actitud básica en las relaciones humanas, sociales e institucionales.

Cuando no hay confianza en la vida social, los grupos se mueven por in­tereses privados y las situaciones que les afectan se deciden por lógicas de poder; esto tiene efectos disgregadores en la sociedad. Para tener una sociedad responsable, que asuma con decisión la urgencia de responder a los desafíos de la inseguridad y la violencia, es necesario recuperar la confianza y credibilidad social.

En una sociedad plural, como en la que vivimos, no podemos sin más excluir la visión de las cosas que tienen los demás sólo por que contrastan con las propias. Una sociedad responsable tiene que aprender el arte del diálogo, de la mediación, de la negociación y la búsque­da del bien común.

La violencia puede llegar a transformarse en una forma de sociabilidad. Cuando esto sucede, se afirma el poder como norma social de control en los grupos sociales y esto, a su vez, da lugar a modos de relación que se definen por afanes competitivos, por el desafío de vencer a quienes son considera­dos como adversarios o por el placer de causar dolor físico, miedo y terror.

La misma sociedad, según sus modos de valorar, de asignar la posición o el estatus social, sitúa a las personas en contextos propicios a la violen­cia. Es común, en algunos ambientes, relacionar el estatus social con el tipo de trabajo que se tiene o con los ingresos que se perciben y dar re­levancia a las personas de acuerdo a su capacidad económica; se esta­blece así una escala social que cuando se polariza crea una dinámica en la que fácilmente se dan tensiones y diversas formas de violencia.

Esto produce profunda insatisfacción y rencor social, que sirven de abono para la violencia y da base social a los grupos de delincuentes organizados, ya que propicia condiciones que favorecen que haya personas dispuestas a engancharse con ellos.

La seguridad de los ciudadanos es multidimensional y tiene que ser inte­gral. Tiene que ver con el tejido social; cuando éste existe hay control social en sentido positivo. El tejido social es más fuerte en las comunidades pe­queñas que en las grandes urbes, por lo cual es importante crearlo y for­talecerlo en las ciudades, ya que a mayor tejido social, mayor seguridad. Para generar acciones que permitan la reconstrucción del tejido social, es necesario fomentar la responsabilidad social y el diálogo real, honesto y fértil entre sociedad y Gobierno para la construcción de la paz.

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