Ganarse la muerte (Despertar de la tierra)

*José Luis Valencia Castañeda

Ganarse la muerte

Hay una manera muy sencilla de ganarse la muerte, la lógica natural nos dice que aquél que nace, lo hace para morir, podríamos caer en el mexicanísimo valemadrismo de que la vida no vale nada, y para morir nacimos, ¿Eso creen ustedes? ¿Nacimos para morir?, como ley inmutable de la naturaleza, tienen razón, pero muchos tendremos que ocupar un espacio en un lapso de tiempo muy grande en la escala humana, y tendremos que vivirlo, sobrevivirlo, o simplemente estar ocupando ese espacio en esta vida a costa de otros más capacitados para vivirlo, en el sinsentido que le podamos dar a nuestro existir; suena pesimista, nada extraordinario en un sociedad que no se ha sacudido el atavismo que nos dejó la transculturación española,  que es una carga enorme de pesimismo, fatalismo, e inacción, eso nos hace propensos a querer retornar a nuestro origen Mexica, Azteca, Maya, Tolteca, Purépecha, Matlazinca, Olmeca, o al origen de la humanidad más allá de la cultura madre, donde el conocimiento parecía estar a mano y las ideas estaban tangibles en el aire, por pura presión moral y no nos ocupamos de emular aquellos que nos precedieron, mucho menos podremos magnificar su gran obra, somos sobras que la civilización del orgullo dejó entre las malas hiervas que lograron pasar la noche. Mentira que Cristóbal Colón haya descubierto América, América ya estaba aquí cuando llegó, ya existía, ya estaban aquí cientos de culturas milenarias, con conocimientos superiores a los descubridores, con sistemas políticos y sociales superiores, pero tenían un mal llamado superstición, ese mal los llevo a la desaparición, el destino estaba escrito que deberíamos atragantarnos con ese trago, beberlo hasta que se seque el vaso, ¿Qué ganamos?  Hermanarnos en la sangre, ¿Qué perdimos? Esa inercia cultural y económica que ya teníamos, perdimos más de lo que ganamos, ya solo somos unos remedos atrapados en un pasado glorioso, sin tantito interés ni pretensión de revivirlo, por qué no nos conocemos, porque no nos tenemos confianza, porqué perdimos la hombría como sociedad, y dejamos que alguien más la tomará nuestra esencia y la vaciara, la quemara, la maltratara y la vendiera como suvenir, mientras el pueblo empezaba a abrazar otro fanatismo para volverse manso nuevamente, levantarse en pequeñas escaramuzas que como el Rey Pirro, ganaba las pequeñas batallas a costa de enormes pérdidas, a cambio de orgullo únicamente y qué perdimos: Identidad, ya no nos reconocemos, en nuestra riqueza cultural, nos perdemos, y nos desconocemos, la rancia sangre llena de envidia y discordia llegada con la conquista es la predominante, nunca antes de Colón se había sabido de la ambición desmedida y el deseo de poseer más riquezas de las que puedes gastar en la vida, los nativos eran inteligentes, obtenían de la tierra todo lo que necesitaban para vivir y eran felices, conocían otros mundos. Cuando los españoles llegaron, hambrientos y desarrapados, empezó la conquista de las conciencias, el odio que traían por los seres de otra raza se sumó a todas los vicios que acarreaban la turba de malhechores, todos ellos no tenían nada que perder, y pelearon así con un desprecio por la vida que opacó al valor romántico de los supersticiosos nativos,  así los unió el destino, la balanza estaba inclinada hacia la violencia excesiva y el revanchismo ganó el más falto de moral, el más lleno de teoría moral, el ambivalente, el lenguaraz y trapacero, aquel que te endulzaba el oído y te ponía la espada en el cuello. Esos vicios importados a la fuerza, nos siguen lastimando, pueblos que desaparecen por la avaricia desmedida, pueblos que desaparecen por intereses del poder. Hoy en nuestros días es el mismo escenario, donde se libraron batallas por no dejar morir una cultura, ahora con actores distintos, la escena la misma, los pueblos tienden a desaparecer por la avaricia desmedida del hombre, se levantan unas vocecitas que nadie escucha, gritan ¡Salven a nuestra tierra! ¡Salvemos al hombre de su propia destrucción! Se escucha apenas en las esquinas unos preocupados que el Cerro del Cacique, gritan los de la comunidad del Aguacate, o las pequeñas voces que gritan ¡Salven al cerro de Zirahuato!,  a esas voces las callan las grandes y potentes voces del negocio, de los intereses, que no florecen sino en la impunidad y al amparo de las leyes a modo o de los compadrazgos, la falta de empatía nos ahoga, el destino nos ve cómo nos destruimos, y mueve la cabeza avergonzado, nos ve como lo que somos, unos gazapos de los dioses, que nos creemos inteligentes  quemando las naves que nos harían regresar a casa, para perecer bajo la misma hoguera  y gustosos caminamos cual corderos al cazo acomodando cándidamente la cabeza ante la cuchilla que la desprenderá, así el hombre de nuestros días camina jubiloso, hacia su propia muerte, pareciera que la desea, que la busca, que son amigos, no los juzgo, es sano hacerse amigo de la muerte, nos hará llegar a destino final sin complicaciones, el problema estriba en que la muerte carece de moral, y nos muestra su cara cruda y cuando la vemos de frente, las piernas nos tiemblan y nuestro hombría nos inflama las anginas, hasta ese momento nos damos cuenta de que hemos equivocado el rumbo y tratamos de establecer ahora si la disciplina que nos faltó cuando la vida nos sonreía, allí converge toda la película de una vida, donde solo observaremos los pecados cometidos contra sí mismos, veremos que nos hemos acercado a la fatalidad por cuenta propia. Enumerar las maneras que hacemos para ganarnos la muerte no resulta difícil, ni ardua la tarea aunque sea dentro de la subjetividad. Cambiar el uso de suelo por intereses económicos, es solo someterse al libre arbitrio de un mercado cambiante, llegará el día en que el oro verde deje de ser la panacea, y que las tierras queden yermas, abandonadas y sin agua, cuando miles de hombres hayan muerto a causa de eso y de sus consecuencias. Los judas de ahora venden la madera por treinta monedas, mientras besan al árbol que tendrá que morir para redimir el pecado de su ignorancia y desprecio a la vida, al no saber ganársela de manera honrada. Cada quién sabe cómo ganarse la muerte, matando la vida es el camino más corto, matando a la tierra es la línea directa. Aquellas vocecitas que tiemblan de indignación levántense, griten, hasta la afonía, despierten a aquellos que aun duermen, salvemos a nuestra madre, salvémonos.

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