“Hoy es el gran día”, el grito de un mártir

Por: P. Agustín Celis

San Bernabé de Jesús Méndez Montoya, nació en Tarímbaro Michoacán, el 10 de junio de 1980. Dios nos da el regalo de la vida, pero nos fortalece de manera espiritual con los Sacramentos. Todo niño viene al mundo con cierto sentido del amor, pero depende en gran medida de los padres, de los amigos, que este amor salve o le lleve a la condenación.

Los primeros años del niño Bernabé transcurren en el ambiente pueblerino de ese tiempo, jugaba como todo niño, pero también aprendía algunos oficios, propios de la sencillez de su familia y con el deseo de salir adelante.

En la vida de San Bernabé Dios aparece como el centro de su vida, juntamente con las devociones a la Virgen María. Tenía una fe muy especial por el Sagrado Corazón de Jesús.

San Bernabé, vivió en Tarímbaro toda su infancia, hasta el tiempo que ingresó a la formación en el Seminario Tridentino de Morelia, en el año de 1894, tenía 14 años de edad. Fue un alumno muy dedicado al estudio y de manera especial destacó en la materia de Canto Eclesiástico, mereciendo algunos diplomas, y teniendo el honor de sustentar una “oposición pública”, como consta en la dedicatoria de un libro que el Seminario le obsequió con ese motivo. Y vio coronados sus sueños de ser sacerdote el día 3 de junio de 1906 en la capilla Arzobispal de manos del Sr. arzobispo Dn. Atenógenes Silva.

Era el padre Bernabé, de alta estatura, cenceño moreno y en su rostro habían dejado algunas huellas las viruelas. Era de carácter afable, aficionado a la fotografía y a la carpintería.

El sacerdote está llamado a vivir en medio del mundo sin ambicionar sus placeres, ser miembro de cada familia sin pertenecer a ninguna, compartir con todos, penetrar los secretos del alma, perdonar todas las ofensas. Ir de hombre a Dios para ofrecer sus oraciones, regresar de Dios al hombre para traer perdón y esperanza, tener un corazón de fuego para la caridad y un corazón de bronce para la castidad; enseñar y perdonar, consolar y bendecir. Todo esto lo vivía el Padre Bernabé.

En 1924, llegó al poder Plutarco Elías Calles, representante del sector más radical del gobierno. Para 1926, había hecho aprobar la llamada “ley Calles”, que castigaba cualquier actividad de culto y caridad cristiana. Ser católico y expresarlo era delito. Este delito se pagaba con la muerte inmediata. Entre los años 1926 y 1929 la violencia se acrecentó y México vio la época de mayor martirio y persecución para la Iglesia. San Bernabé, aunque oculto, permaneció en Valtierrilla Salamanca, Guanajuato, dedicado a su ministerio. Contaban los familiares que al levantarse muy temprano el día de su muerte exclamo: “Hoy es el gran día”.

El 5 de febrero de 1928, muy de madrugada, a eso de las 5 de la mañana, cuando estaban terminando la Santa Misa, se escucharon los primeros balazos de los federales que iban entrando al pueblo en busca de los que pretendían unirse al ejército de los Cristeros. El Padre Méndez, como lo llamaban, tomó el Copón con las Ostias consagradas y saltó por una ventana de la notaría parroquial y unos soldados que estaban en la torre del campanario lo vieron y bajaron rápido para agarrarlo.

San Bernabé pidió entonces a los soldados un momento para recogerse en oración, se puso de rodillas y comulgó de las Ostias Consagradas, las entregó a su hermana y dijo “ahora sí hagan de mí lo que quieran”. Lo llevaron al lugar del sacrificio y a la primera orden de fusilarlo, los soldados desviaron los disparos. El Capitán Muñiz, muy molesto, le ordenó al Padre Bernabé que se pusiera de pie, le quitó un Cristo y unas medallas que traía y le disparó. En unos minutos el Padre Bernabé entregó su alma a Dios.

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