Opinión

Jade (En México nada es lo que parece)

Jade

Recuerdo ese día como se recuerdan los sueños. En este el recuerdo es más vivo, porque fue una pesadilla.

Escribía un libro, era una novela de esas románticas que llegan al corazón, para personas enamoradas, un libro para los que se quisieran enamorar. Veía lo escrito y me emocionaba, no hacía falta contar con palabras rebuscadas para expresar lo hermoso de la literatura, bastaba con saber usar el léxico básico de las personas comunes. Cuando escribía y quería cerrar algún párrafo con alguna frase contundente o con una palabra fuerte no común, buscaba en algún diccionario, pero la mayoría del tiempo buscaba dentro de mí misma, buscaba alguna palabra perdida, aquella con la que mi abuela me hubiese marcado. El cansancio me venció y me quede dormida sobre el enorme escritorio de caoba con los lápices y el intelecto gastados.

Veía por la ventana del cuarto, abajo, estaba el parque Winston lleno de árboles frondosos, grandes almendros y araucarias. Un Volkswagen rojo modelo 92 pasa por la calle a toda velocidad, calculo serían unos 120 por hora, muy veloz para esa zona tranquila, lo permitido en esta zona es de 30 kilómetros, detrás del auto rojo va la policía municipal, con sus armas apuntándole, pasan de largo por toda la avenida y dan vuelta en la cuadra siguiente, ahora salen por el costado de la plaza. El Volkswagen se para frente a la presidencia municipal que está del lado izquierdo, de él bajan una mujer rubia de ojos azules, de 1.70 metros de estatura, la acompaña una pequeña de 5 o 6 años de edad, de ojos verde esmeralda y cabello dorado casi rojizo, ambas vienen bañadas en sudor, lágrimas y sangre. Corren rápidamente y se esconden detrás de uno de las pilastras antiguas de la presidencia. La policía pasa de largo, cuando han doblado a la esquina un policía chaparro, un tanto gordo y moreno voltea bruscamente la vista, le alcanza a ver la blusa roja, hace señales para que paren la marcha de la patrulla, pero el patrullero va tan adentrado en la persecución, que se pasa de largo. Logran parar la marcha dos cuadras abajo. La mujer y la niña aprovechan y corren de frente rumbo a la ventana por donde miro la escena. Las observo correr angustiadas y temo, se acercan y les veo la cara magullada, llena de cortes, unos cortes perfectos. No hay manera de que entren a casa a menos que salten la valla y se adentren en el jardín de camelinas rosas, si lo hacen podrían esconderse detrás de los guanábanos. Corren tomadas de la mano, saltan la bajita valla de madera labrada a mano. Primero la niña y después la mujer. De repente vuelven la vista hacia mí y su cara me suplica piedad. Corro lo más rápido que puedo, no hay nadie en casa, papá está trabajando y mamá jugando canasta con sus amigas en el club, sí, es jueves, debe estar allá. Bajo corriendo por toda la escalera, atravieso el vestíbulo abro la puerta para llegar al jardín pero no están por ningún lado, las sirenas de la patrulla se ven frente al parque, está empezando a anochecer, los pájaros se posan en los guanábanos , todos estaban quietos, busco por todo el jardín rastros de las fugitivas. No se ven por ninguna parte. Vuelvo al andador que atraviesa el jardín para conducir desde la entrada hasta la puerta de la casa, los pájaros vuelan, son tordos, hacen un gran alboroto cuando alguien les roba la paz de su lecho, aletean y graznan en derredor de un árbol. Miro en esa dirección, ahí están, en medio de dos grandes ramas, bajo la fronda oscura.

La noche había caído por completo, me acerco lo suficiente para que me escuchen sin que la policía se dé cuenta. Los uniformados siguen con sus lámparas revisando cada rincón del pueblo, las quieren a toda costa. Me acerco sigilosa, sin que los pájaros me miren.

  • Bajen -Les digo en voz de complicidad, pude gritarle a la policía pero no lo hice.

La mujer baja del árbol lentamente, noto que no trae zapatos, su pantalón esta rasgado y su blusa da asco. Me mira fijamente a la vez que derrama una lágrima tras otra, que escurre por su pelo enmarañado cubierto de costras. Parece mugre.

  • Por favor no me delates, te lo suplico –Me dijo compungida-.

Por supuesto no lo hice, la deje seguir con lo que sea que estuviese haciendo. Finalmente la policía se fue, llevándose el coche rojo en una grúa. La niña descendió de las ramas alborotando nuevamente los tordos.

– ¿Les ofrezco té caliente … Una ducha… Algo de comer?

– Le agradezco el gesto, pero no tenemos tiempo, debemos llegar a casa antes que la policía.

La niña comienza a llorar y a gritar, no a casa no por favor mamá.

  • Puedo llevarlas en el coche de papá –Les dije solicita- Ellos no volverán hasta las dos o tres de la mañana, o tal vez si la parranda se alarga vuelvan hasta las siete horas del día de mañana.

La niña se me aferro a la cintura y me dijo,

  • ¡Por favor no dejes que me lleve!

Miré a la mujer, se había puesto histérica y de un color pálido. Comenzó a oler a podrido.

Tomé de la mano a la niña y corrimos a toda prisa la niña, subimos al coche de papá, por fortuna aún conservaba las llaves dentro de la bolsa de mi pantalón. Arranqué el motor y lo puse en marcha. Mire a la pequeña que lloraba y no paraba de rezar, le dije

  • ¿Hacia dónde vamos?

Señaló con su índice la salida del pueblo. La salida norte que conecta con El Naranjo, El Saltillo y mi pueblo, seguimos por la carretera recta, ya casi llegando a El Saltillo indicó con su mano a la derecha, dudé por un momento pero finalmente dirigí el auto hacía allí. No sé exactamente por qué me dirigí hacia allá, algo me impulsaba a hacerlo, era un camino de terracería rodeado de magueyes y nopales, las parcelas sembradas de arroz estaban divididas por cercas de piedra y madera. Nos adentramos en un bosque de mangos y naranjos. Muy a lo lejos se veía una enorme casa vieja. Al llegar a la reja cerrada con candado nos apeamos, sacó de la bolsa de su vestidito rosa una llave, abrió la cerradura y corrió rápidamente por el patio empedrado estilo siglo XVIII, rodeó la fuente de piedra y las estatuas de marfil que estaban al centro del patio. Tocó una enorme aldaba en forma de león con tres grandes golpes firmes. Un eco sordo se escuchó al otro lado de la puerta, al poco tiempo, la gran puerta de madera se abrió, por su quicio salió un hombre vestido de negro salió con cara seria.

– ¡Niña llevamos siglos esperándola!, ¿Dónde se había metido? –Dijo el hombre con seriedad, mientras sus ojos brillaban de una manera especial, como si estuviera presa de una gran alegría contenida y luchara por demostrarla.

– Lo se Gaspar, han sido tiempos aciagos, ya que he llegado, te libero de tus responsabilidades, ahora poderos ir, sois libre –Dijo la niña con un tono de autoridad solo esperado en personas con poder y una gran experiencia en mandar.

Gaspar se quedó mudo y tieso por la respuesta de la niña, nos franqueó el paso y nos invitó a entrar al edificio. Grandes hachones de madera iluminaban un gran pasillo que daba a un gran patio que estaba adornado con una fuente de piedra. Caminé sola hacia la fuente para observarme en el reflejo del agua, mientras la niña se paró a esperar a Gaspar que la llamó antes de entrar al patio. Frente a la fuente me quedé de pie observándolos. De pronto empecé a oír la voz de mamá llamándome.

  • ¡Despierta Jade, ya es tarde, ve a la cama! –Me dijo mi madre sujetándome por los hombros.

Me había quedado profundamente dormida

-¿Quién es Alcira Belmonte?  -Me preguntó mi madre.-

-No lo sé –Dije tratando de recordar el nombre ¿Por qué lo preguntas?

-Te veía dormir, mientras lo hacías repetías una y otra vez ese nombre, pensé que sería tu amiga o algo parecido –Me respondió-.

Me levanté de la sala y me dirigí al cuarto. Las sábanas estaban frías, me recosté intentando dormir, más no pude hacerlo, eran las cuatro de la mañana, así que fui a la computadora, para tratar de escribir algo, y esperar a que el sueño me venciese, de pronto se me vino a la mente el nombre que menciono mi madre hacia un rato, así que lo busqué en el buscador de Google, cuando leí la noticia, sentí miedo, la nota decía: “Alcira Belmonte fue encontrada muerta, junto con su madre en la calle Alfonso Mellado 213, frente al parque Winston”. Busque ahora en google maps la ubicación exacta del hallazgo, la ubicación era en nuestro jardín, justo a la altura del guanábano preferido de los tordos. La piel se me erizó. Seguí leyendo. Ambas fueron enterradas en el jardín de su casa. Lo que ahora es el casco de hacienda La Marquesina ubicada en la desviación del kilómetro 44 de la carretera El Naranjo- El Saltillo.

Busqué otras referencias con ese nombre, y noté que había varias leyendas: una era que la madre la había asesinado por despecho, porque su padre la había engañado con su propia hermana, otra era que sacrificó a la niña para obtener una fortuna inmensa, no había resistido el dolor de perderla y se quitó la vida junto a ella, ambas eran trágicas.

Amaneció, mientras revisaba las noticias, ni cuenta me había dado de la hora, hasta que el sol empezó a calentar la recamara y a iluminar la pantalla de la computadora, ya era la hora de ir a la escuela. Vi el reloj de la computadora, indicaba las siete de la mañana. Estudio en la facultad de filosofía en la Universidad Autónoma, las clases empiezan a las 8 así que me di prisa para salir, me bañé y desayuné rápidamente. Mi madre aun dormía, mi padre ya había empezado a trabajar. Tomé el coche de mi madre, y tomé rumbo a la universidad. Saliendo de las clases, pasé a casa de Paula, mi mejor amiga, necesitaba desahogarme. Le conté mi sueño.

Paula es un ser excepcional, incomprendida por muchos, porque tiene cualidades poco comunes, a veces plática con “los muertos”. Una vez que escuchó mi sueño me dijo seriamente -¡Esa alma necesita paz!

Impulsada por la emoción, sabiendo que estábamos cerca del lugar donde habían sucedido los funestos acontecimientos me obligó a ir llevarla, tomamos la  carretera, mientras conducía, las manos me sudaban, lloré de miedo. Llegamos a la terracería y nos adentramos por entre los plantíos verdes de maíz sobre unos caminos llenos de piedras y de hoyos que usan los campesinos para sacar las cosechas. Un campesino nos saluda al pasar, le devolvemos la cortesía y seguimos adelante.

Dos jornaleros descansan bajo la sombra de un mango, nos ven acercarnos y nos hacen señales para que paremos.

-Señoritas pá allá no hay paso –Dijo uno de ellos. Esos terrenos los compraron los Benavides, y debería saber que esos no dejan pasar ni a su madre sin cobrar derecho de paso, ¡No les vaigan a salir los carabineros! Dicen que andan buscando un tesoro en las ruinas del caserón.

-Se los agradezco señores, pero soy la hija de Vulmaro Benavides, no nos pasará nada y si nos pasara ustedes ya saben onde andamos.

-Ándense con cuidado señoritas por que los carabineros están locos. Son capaces de desconocer a su propia madre –Dijo el otro jornalero moviendo solamente el ala de su sombrero para alertarlas-.

Nos despedimos y seguimos por el camino de piedras y lodo, el auto de mi madre estaba hecho un asco después de manejarlo entre los sembradíos, si lo viera ahorita me mataría. El camino se me hizo conocido, era igual que en mi sueño. Al llegar a la reja, vi el candado. No había carabineros ni nadie visible. Nos bajamos. El cerrojo estaba oxidado. Busqué en el bolso trasero de mi pantalón donde siempre guardo las llaves del coche y ahí estaba la llave que la pequeña me mostró en el sueño, la saqué y la introduje en el candado, al girarla, sentí como se movían los pistones dentro del candado, mientras mis manos y mi frente chorreaban de sudor, el candado crujió. Paula me miro sorprendida.

-¿Cómo es que tienes la llave? –Gimoteó-.

-No lo sé -Le contesté con la voz entrecortada –Solo sigo las mismas pautas que el sueño.

Caminamos hacía el edificio y abrimos la enorme puerta de acero que cedió sin oponer resistencia, el león de la aldaba nos miraba con complicidad. Cruzamos el pasillo y llegamos al patio que debió ser el lugar donde estaba la fuente. Miramos la antigua casa derruida por el tiempo y por las excavadoras que estaban varadas en medio del terreno en espera de encontrar el tesoro.

Varias paredes de mantenían milagrosamente en pie, en derredor era un desorden de escombro y utensilios viejos y abandonados. Había dos cajas de madera dentro de un sótano se observaban apenas visibles entre la penumbra. Bajamos por una escalera, conforme nos adentrábamos al sótano, todo se volvía oscuro, nos acercamos a las cajas y esperamos a que nuestra vista se acostumbrara a la penumbra, tomamos valor y empezamos a abrirlas. A Paula no pareció sorprenderle mucho lo que encontramos, hasta pareció aliviada, allí estaban los cuerpos de madre e hija momificados, la poca luz que se colaba del hueco de la escalera dejaba al descubierto el vestido rosa de la niña y la blusa roja de la madre.

-¿Ahora qué? -Grite con la vista hacia el techo- Esperando respuesta de alguna parte

– Debemos sepultarlas, para que su alma descanse en paz –Me dijo Paula-.

Cargamos la primer caja, con gran esfuerzo, y al apenas dar dos pasos se hizo polvo, mientras el cuerpo momificado de Alcira Belmonte caía al suelo. Los huesos permanecieron unidos por el cuero que quedaba. Contra mis supersticiones Paula y yo cargamos la osamenta hasta el centro del patio. Abrimos un hoyo con las palas que había regadas por todo el patio y sepultamos los huesos de Alcira. Después fuimos por los restos de Clarisa San Román. No encontramos el Sótano, mientras dábamos vueltas por el mismo lugar, dejábamos señales para asegurarnos de no regresar la búsqueda en el mismo lugar, y comprendimos que habíamos sido objeto de alguna magia, el sótano había desaparecido, un montón de escombros llenaba el hueco de lo que había sido anteriormente el sótano.

El ruido de una excavadora nos hizo gritar de miedo, pues seguíamos pensando si nos habíamos equivocado de lugar. El cielo se nubló de pronto, las nubes se volvieron negras, cargadas de agua. El hombre que operaba la maquina nos gritó

  • A un lado mocosas, debemos terminar con esto.

Paula me miró con complicidad.

-¿Es George Garfias? –Preguntó-.

-Es él –Asentí-.

Operaba la maquina con gran destreza. Sacó todo el escombro y después el féretro completo. Lo deposito junto a la tumba de Alcira, abrió un agujero más grande y hábilmente depositó el féretro dentro del hoyo y lo llenó de tierra. Al concluir el entierro, empezó el gran aullido, como si miles de gatos en celo estuvieran correteando a una sola hembra, los aullidos de dolor sonaban por todo el edificio, Paula y yo nos tapamos los oídos por inercia, George traía audífonos u orejeras que debía de ayudarle a no sufrir tanto con los gritos. Los aullidos se convirtieron en gritos de gente atormentada, retumbaban por todos lados, el cielo se ponía más negro y denso. De las ruinas salían almas e iban a parar en remolino a las tumbas de Alcira y Clarisa. Cuando hubo entrado la última alma al remolino, todo paró.

El cielo se fue aclarando, y al centro del gran patio aparecieron Alcira y Clarisa tomadas de la mano. Paula, George y yo parados observábamos el espectáculo. Las mirábamos sin mediar palabra.

  • Gracias Jade, gracias Paula, gracias George. Ahora podremos ir en paz. Asegúrense de que nadie pise nuestro camposanto. Tápenlo bien, que nadie sepa dónde quedaron nuestros restos.

Volvieron sus pasos flotando en el aire rumbo a la tumba recién creada por nosotros y George. Con sus siluetas sobre sus tumbas antes de partir, voltearon sus caras. Eran tan hermosas. Se pararon un momento y Alcira nos dijo a Paula y a mí:

– Junto al primer poste del portón, a dos metros de profundidad encontrarán algo. Es suyo por favor no se vayan sin él. Dijeron adiós y partieron para siempre.

El auto no funciono así que tuvimos que regresar con George montadas en la excavadora. Al salir de la casona, se paró junto a la reja, excavo en el sitio que índico Alcira, y de  un solo tajo sacó un baúl de madera.

Bajamos a ver lo que contenía. Eran millones de diminutas monedas de oro del siglo X junto  a una daga adornada de diamantes. Nos las repartimos y seguimos el camino en excavadora.

A punto de salir del predio, cuando apenas estábamos por librar la verja, ésta se cerró de un solo portazo. Un sonido ronco nos hizo voltear fuertemente. La sombra de un hombre se posaba sobre las tumbas, de una a otra como si bailara. Reía guturalmente, los ojos eran cavidades negras.

-¿Pueden devolverme mi daga por favor?

Nos miramos uno a otro, bajamos rápidamente del vehículo, solo George se quedó allí arriba, inmóvil llorando de pavor. El hombre caminó hacia nosotras, al acercarse, me tomó del cuello, empiezo a sentir que me asfixia, lloro con toda mi alma y rezo con toda mi fe.

-Alcira, vuelve, aún no ha cruzado –Dijo el hombre, mientras me sostenía en vilo.

-Déjala ir, ella no tiene nada que ver en esto –Respondió el espectro de Alcira.

-Claro cariño, pero antes tiene que devolverme tu cuerpecito o de otro modo no serás mi esclava nuevamente ¿O si cariño?

La niña niega con la cabeza y llora como si estuviera viva.

-Deben devolverme lo que me pertenece o Alcira se condenará conmigo por la eternidad.

Pienso en la daga. Sí eso es. Si la enterramos entonces habremos enterrado todo lo que les une a este mundo. Yo miro pero no puedo defenderla, no puedo tocarlo.

El hombre mira a Paula, me estrangula con las fuerzas de un humano, estiro las manos tratando de defenderme.

Gaspar, así se llama. Empieza a retroceder. Arde en llamas y en el piso hay un abismo de fuego y almas condenadas. Se lo traga la tierra y desaparece.

George ha enterrado lo que lo unía al mundo. Ahora Alcira va rumbo al cielo con su madre. Su padre las mató para obtener riqueza eterna, las persiguió hasta donde ahora es mi casa, maldijo la daga para que mientras el que la tuviera no pudieran escapar del plano terrenal y así poder dominar a todos cuantos matara con esa arma. Ahora se han ido y rogamos a dios que nadie la encuentre nunca.

Por fin salimos del lugar, ya es noche, vamos de nuevo sobre la excavadora. A veces damos un brinquito cuando caemos en una zanja. Ninguna palabra.

Cayó la primera gota de lluvia, me golpea la frente y por fin me doy cuenta de todo. Los tres tenemos un don especial y tenemos que ayudar a quienes no pueden cruzar del otro lado lo que sea que eso signifique. Así seguimos el resto del camino sin pronunciar una sola palabra.

 

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