La humildad se vive no se predica

P. Agustín García Celis 

Hay virtudes que han pasado a ser parte de un compendio más en las bibliotecas y que han pasado a ser parte del archivo de un sinfín de reglamentos. Sin embargo, varias de las virtudes no se han entendido correctamente. Una de ellas es la humildad que comúnmente se confunde con la humillación. La humildad es la virtud por la que una persona ubica su lugar entre las demás personas.

La virtud de la humildad , nos permite reconocer las cualidades y las limitaciones también y siendo así una virtud que permite ser realista y razonable ante la necesidad de reconocimiento, cerrando la puerta a la adulación o fama.

Muchos confunden la humildad, por la incapacidad de defenderse al grado de humillación, simbargo, no es sentirse menos o dejar que pasen por encima de su dignidad, sino reconocerse digno de ser valorado como ser humano y de la misma manera valorar a los demás.  

 Hoy en día, no es muy fácil aprender a ser humilde, sobre todo porque el éxito ha generado una competencia entre unos y otros, dando paso a una cultura falsa que pretende el poder como medio para la felicidad y muchas personas luchan escrupulosamente para conseguir ese estatus social en una falsa humildad.

A nuestra sociedad le hace falta la virtud de la humidad, porque mucho se puede predicar y desarrollar grandes discursos sobre las virtudes, pero si no se asimilan las palabras caemos en el extremo de la soberbia, donde se promueve el autoritarismo y el soborno para conseguir el éxito, con la vanidad de ostentar estar por encima de los demás .

Mucha gente vive la humildad y son un ejemplo para otros, incluso para los bien letrados, porque han aprendido la humildad en la escuela de la vida. Debemos hacer escuela en la humildad y ser una sociedad que en la virtud sea cada día mejor, que respete la dignidad de cada persona. Por eso la humildad no se predica se vive cada día con los demás y  nos ayuda a reconocer y aceptar con sencillez quién es realmente pero sin dejar de lado su grandeza y dignidad, lo que lo aleja de la humillación. Ser humilde es una virtud de los grandes por eso a muchos se nos hace casi imposible.

La mejor escuela de la humildad, es el hogar. Le educación que recibimos por los consejos de familia, nos van formando y sobre todo en los valores y las virtudes. Es la familia esa unidad de medida para descubrir cuanto hemos crecido, cuanto hemos aprendido. Por tanto si es necesario que los que forman las generaciones actuales, asuman esta gran responsabilidad con alegría y sea el testimonio el que hable de las virtudes a la sociedad. Elijamos la humildad, como un lenguaje universal para relacionarnos en cada momento de nuestra vida, de tal manera que desarrollemos amistades firmes y solidas, donde haya ambientes sanos y saludables para mejorar la sociedad.

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