La visita (Despertar Poético)

La Visita

Juan de Tama, vestido sólo con un taparrabos, avivaba el fuego en una calurosa noche de abril. Había cazado un conejo, estaba presto a cocinarlo y cenar, y lo restante prepararlo para conservarlo como carne salada, seca y ahumada para días posteriores. Las chispas que las brasas se levantaban vivas, haciendo el lugar tenebroso y lúgubre, le daban a su cara un dejo de maldad y vivacidad, como si de un incubo listo para seducir a las doncellas del poblado se tratara. La cara de lujuria no se dirigía hacía ninguna mujer, se dirigía hacia la suculenta presa que tenía enfrente, rodando en su espetón.

 La lumbre avivada de vez en vez por Juan crujía y se quejaba, no de sufrir, sino de esclavitud, quería demostrar su poder e incendiar todo el bosque. Sus chispas volaban hacía los matorrales secos, pero no había el suficiente viento para poder transportarlas. Juan de Tama se lamía los labios de imaginarse una gran hoguera, eran tiempos de una nueva inquisición, su parte siniestra se solazaba pensando en la magnitud del incendio y las grandes llamaradas que levantaría, más su ángel bueno le suplicaba mesura ante las muertes que podría causar, no del hombre, sino de todos los seres que habitan las tierras condenadas. Así se debatía entre la maldad y la bonachonería, mientras el conejo alcanzaba una consistencia comestible y agradable.

Hacía algunos meses que había abandonado el pueblo y a su mujer para poder experimentar una nueva espiritualidad, no le bastaba el cariño de la gente, ni el amor de su mujer, necesitaba algo más y lo buscaba afanosamente. Tenía el presentimiento que, en la soledad del hombre, acompañado de animales, lo podría lograr. En el territorio del hombre sólo lograba oscurecer su ceño y perder la mente, tanta información inútil, que sólo servía para ocupar sus mentes y no perecer de abulia, se había encontrado con Jacinto un buen día y le había explicado sus planes, necesitaba estar solo consigo, y lo estaba logrando, tres meses tuvo que batallar con su mente para no regresar al calor del hogar y de la comida recién hecha, de regresar a la comodidad de una cama limpia, de una plática entre humanos.

 Hoy, a estas alturas, su cuerpo ya curtido por el sol, acostumbrado a los olores desagradables al humano civilizado, se compadecía de los otros hombres. Cientos de animales pasaban a su lado y ya no le temían, no es que se comunicara con ellos, ni que lo siguieran o fantaseara una plática, simplemente ya era uno más del condado, como lo había sido siempre a pesar de su soberbia de sentirse superior en conocimiento y habilidades, aquí era un animal más en busca de su sustento, los demás animales le ayudaron a sobrevivir, apoyándose mutuamente.

 Este día, después de una gran tarea de caza, por fin podría descansar tres, pues tenía asegurada la comida, los dedicaría a recolectar información de las plantas que comían las hormigas, las probaría y trataría de darle un significado y una utilidad. Después de haber comido frugalmente, se subió a la peña que tenía sobre la cueva, donde miraba las estrellas tratando de identificarlas por su nombre, se supo ignorante al momento de sólo reconocer unas diez de entre los millones, pero su memoria las guardaba para cuando los nombres llegaran. Recostado sobre el mortecino pasto, ansioso de las primeas lluvias, observaba por enésima vez a la osa mayor, su mente regresaba a la infancia, cuando fabricaba papalotes que volaba durante el día y lo veía volar durante la noche, en forma de estrellas, antes de conocerla como Ursa Maior, Juan la llamaba el papalote, pues así era la forma en que aprendió a construirlo. Mucho después se enteró de que la osa mayor tenía 209 estrellas y que era una constelación.

 Ese día se sorprendió y empezó a cuestionar sobre lo que habría más allá de lo visible al ojo humano, la Osa Mayor para él eran sólo siete estrellas y seguirían siéndolo mientras no tuviese en sus manos algún aparato o una forma de viajar hacia ellas. Mientras sonreía por los gratos recuerdos, una gran luz verde iluminó los cielos cruzando el orto con gran premura, pensó en una práctica mundana que no olvidaba, la de pedir un deseo, así son los hombres civilizados, piden deseos civilizados al ver caer un meteoro, Juan de Tama recordaba los deseos más bizarros, aquellos que pedían las personas comunes; como encontrar una vaca perdida, como encontrar el amor, como pedir cosas materiales, como una casa, una bicicleta o una joya. Juan de Tama inconscientemente pidió alcanzar la espiritualidad, sin dimensionar cómo sería ese alcance y sin tener manera de medirlo.

La luz verde había pasado diagonal a su derecha, hasta perderse en las montañas que tenía a su lado, pensó en otra banalidad ¿Y si voy a ver donde cayó el pedrusco y lo vendo? Sonrío para sí, consideraba que su conversión a un ser espiritual no sería completa si no lograba quitarse de la mente todas las imágenes materialistas. Entrecerró los ojos y una nueva luz lo cegó a pesar de haber cerrado los ojos, miles de imágenes se dibujaron en sus parpados, miles de colores explotaron y miríadas de pequeños puntos brillantes lo cegaron.

 Cuando logró abrir los ojos se vio rodeado de personas, muy aliñadas para estar en el campo, vestían ropas lisas de colores neutros, unos grises y azules opacos, pero limpios. Eran tres hombres, se sentaron sobre unos pequeños taburetes que parecía llevaban a propósito, los tres eran muy parecidos entre sí, cabello cano, deberían tener unos cincuenta años, muy bien afeitados y peinados.

  • Hola Juan, nos has llamado -Habló el que traía una pequeña insignia en el botón de su camisa pegado al cuello.

Juan de Tama se sentó y buscó recargarse en una roca, tras los tres hombres emergía una luz bastante suave, que matizaba sus siluetas haciéndolas agradables, más sus caras serias y rígidas lo urgían a responder.

  • No los he llamado -Dijo Juan con temor – Ni los conozco, ni los he llamado.
  • Compañeros, por primera vez nos hemos equivocado de ser, este que tenemos enfrente es muy pequeñito solicitando favores de personas mayores, de mayor envergadura de alma y espíritu, es sólo un mequetrefe desaliñado, maloliente que se siente superior sólo porqué es capaz de vivir unos días alejado de la sociedad, de aquella maldita mafia que te hace vivir los peores momentos sólo para que crezcas.
  • ¿Por qué me ofenden?
  • ¿Te ofende tu pequeñez de miras?
  • No soy un hombre pequeño, soy el más instruido en el pueblo
  • ¿Instruido en qué? En lectura de… ¡déjame pensar!, una veintena de libros; ¿Eso te da autoridad?
  • Sí, en el pueblo me respetan.
  • En el pueblo aquel que intente una palabra nueva y que suene elegante será elevado a ser superior, pero tú, según tu fe, creencia o sabiduría interior como quieras llamarle, has elegido auto asilarte para hacerte un ser superior y sólo estás convirtiéndote en un remedo, en un ser despreciable que nada hace por los demás, que busca como todo ser materialista la satisfacción propia antes que la de los demás, que huye de los problemas sociales, para hacerlos pequeños o desaparecerlos.
  •  ¿Eso quieres llamarlo crecimiento espiritual?, ¿Para qué?, nuevamente… ¡déjame pensar!, ¡Ah!, ¿para llegar nuevamente al pueblo, volver a posicionarte en tu cama cómoda, en los brazos de tu abnegada mujer, para criticar a los demás por no haber hecho algo nuevo, criticar a los demás por no haber leído más de un libro al año y más cuando les recomendaste dos o tres, de autores simplones? ¿Eso es?

Juan de Tama no respondió, su mente dio un vuelco, nadie en el pueblo salvo Jacinto sabía de sus pretensiones espirituales ¿Cómo se habrán enterado?

  • ¿Puedo saber quiénes son ustedes?
  • Somos tus maestros espirituales ¿Acaso no pediste un deseo?
  • Pero a nadie se le han concedido los deseos que piden a los meteoros.
  • Todos han sido concedidos, en el tiempo correcto, en la situación correcta, nunca antes, nunca después, y como veo tu expresión, sigues incrédulo y con miedo, te daré un ejemplo, conoces al Paletero, un cierto día, si quieres la fecha y hora exacta te la puedo dar, pero no te serviría de nada, pues no lo recuerdas, sólo recordarás el hecho.
  •  Te decía, cierto día el Paletero perdió un despachador de helados y se le hacía difícil conseguir otra con la premura que la necesitaba, pues tendría que ir hasta la ciudad más grande de la región, eso le implicaría el viaje de un día de ida y un día de regreso, más los importes de pasajes y hospedaje, lo ponían en serios predicamentos, sin dinero, sin tiempo para eso, así que resignado una noche se quedó hasta la madrugada viendo como las estrellas circulaban la bóveda celeste, una de ellas se desprendió a su vista y chispeó al cruzar la atmosfera, en ese momento el Paletero pidió con mucha fe su despachador de helados, en una semana, un niño arrepentido se la regresaba, gracias a un cintarazo de un justo padre y una razonable madre que deseaban enderezarle las ideas a su jovenzuelo, no fue casualidad el que llegara a sus manos una semana después, cuando ya se había resignado y cuando ya no se acordaba de ello, así funcionamos nosotros, todo cumplimos, sólo que en el tiempo correcto…
  • ¿Quiere decir que voy a alcanzar la espiritualidad?
  • Quiere decir que conocerás la manera, la espiritualidad no es una cosa que se te puede dar física, es una serie de ejercicios que requieres, donde vas a necesitar disciplina.

…Continuará.

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