Opinión

Las mentes preclaras de mi pueblo (Despertar Poético)

Las mentes preclaras de mi pueblo

Los mejores momentos de la vida son aquellos que recuerdas con nostalgia. A la nostalgia se le conoce como el sentimiento de lejanía o ausencia, que significa la pérdida de algo querido. No necesariamente debe ser tristeza, la tristeza es una de las fallas que corrige la nostalgia misma. Recuerdo con nostalgia, sin tristeza (suena absurdo e incongruente, pero así es mi mente), los momentos idos de mi niñez, cuando el mundo era enorme, que debería ser tragado por pedazos, despacito, no como las conchas recién salidas del horno que las apretujabas con ansias y de un solo bocado las tragabas, no, así no, así no se disfruta, no se saborea, sólo se cumple el antojo.

 En aquellos días, la vida era simple, llana ¿feliz? Podríamos decir que hasta feliz, aunque difiera ahora con el concepto de felicidad de aquellos días, al menos era una felicidad tangible, que me sigue atosigando ahora, lo que quiere decir que sigo siendo feliz cuando me llegan esos recuerdos. El Gabo decía, con justa razón, que “la nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos”. Así me sucedía, los malos recuerdos los dejé en la memoria que tenía que ser borrada de cuando en vez, para no sentir miedos ni corajes reprimidos, tenía que madurar, superar la etapa de confrontaciones familiares con  dignidad, unos le llaman pubertad, cuando todo lo que los padres han aportado a tu formación se derrumba y crees que el mundo es todo lo contrario a lo que ellos predican, allí se humanizan los padres, dejan de ser los dioses, para ser humanos, demasiado humanos.

 “Que pobre sería el espíritu humano sin la vanidad”, gracias Nietzsche por las justificaciones a la pobreza de mi espíritu, ante la salida infraganti del ego que gobierna la soberbia de haber superado a algunas personas en datos fútiles. Lejos pues de esa etapa, en la que la nostalgia juega con el concepto de felicidad, retorno a la etapa feliz, cuando la familia era el centro de gravedad, sobre ella giraba todo, los grandes pilares llamados padres fungían como rectores inflexibles que alineaban todas las torceduras, dirigiendo la orquesta con maestría, modelos ajados por ideales metidos a la fuerza del miedo, te hacían sentir ese temor a lo desconocido y te obligaban a vivir en tierras planas, seguras, límpidas, hacendosas y fértiles, así aprendí las mejores lecciones de mi vida, que me siguen rigiendo hasta hoy con bastante solvencia.

 Esas lecciones no las he podido encontrar en ningún lado del planeta, ni en literatura. Las palabras escritas que te muestran tus defectos no son nada como cuando te los restriegan en la nariz con los: “Te lo dije” y una palmada tranquilizadora que te anima a seguir errando, a sabiendas que ya no lo haría, su mente antigua los hace infranqueables, incorruptibles, conocen los misterios de la naturaleza humana, los misterios de los astros, los misterios de las cosmogonías pasadas sin que siquiera se den cuenta ¿De dónde sacan la sabiduría? Si no han leído mucho, si no han viajado mucho, si sólo se han dedicado a vivir. El universo los ha dotado de una conciencia superior a la nuestra, les ha quitado los tapujos que las ideas modernas ponen, han sido vacunados e inmunizados contra la vanidad, contra la soberbia, contra la ira, contra la pereza, contra la gula, contra la lujuria y contra la envidia, y nos inocularon, primera de las grandes lecciones, es el ejemplo de sencillez, la frugalidad tanto en las palabras como en los actos.

 Lejos de la vanidad, estarás haciendo lo que te dictan las musas antes de preocuparte por lo que la moda te dicta, las mentes preclaras me enseñaron a ser, no a parecer, cosa bastante complicada en nuestros días. Eso te hace feliz, si no te importa lo que los demás digan o crean de ti, no estás ligado a ninguna bajeza, podrás seguir tu vida con tranquilidad y felicidad. En aquellos días idos, el recorrer el camino de casa al campo era fiesta de chiquillos, el saber que podías bañarte en el río, como recompensa a un día agitado de trabajo arduo, era aliciente suficiente para desear ir al campo. El disfrutar de un melón o un mango cosechado por ti mismo te hacia volar la imaginación, pues empezabas a buscar clavos en las escasas construcciones, ir por la tarde a las vías del tren y esperarlo pasar para aplastar tu clavo para después afilarlo y darle forma de cuchillo, de puñal, de sable, de lo que tu quisieras, ponerle una asidera y confeccionarle una funda con piel cruda de res y pasearte ufano por las huertas pelando tú mismo con los mangos, los melones, partiendo los limones, pelando pepinos. Acompañando a tu herramienta encontrarías una bolsa con sal y chile en polvo.

 Así vagabas entre los pequeños caminos, polvoso y feliz, con la seguridad de un plato de comida caliente en casa, no cualquier comida, era la comida, el alimento suficiente para vivir, sólo la necesaria, nunca mucha, nunca poca, parca como el hablar. Hablando de parquedad, mi padre era un maestro, hombre de una sola orden, de una sola palabra. Recuerdo un par de ejemplos en las que usó su sabiduría: en una ocasión visitó a un amigo, mientras realizaban la ceremonia de conocer los pormenores de sus propias vidas y familias, con unas cervezas de por medio, el amigo le comentó que tenía un problema y que necesitaba vender una vaca, pero las que tenía estaban preñadas y no le resultaría negocio deshacerse de una madre, y para carne sólo tenía un becerro pequeño y las vacas preñadas.

 Mi padre se dispuso a ayudarlo, de manera honrosa, sin que se sintiera ofendido por el préstamo de dinero y sin que se sintiera robado por estar necesitado, le dijo: véndeme un becerro al tiempo, te doy el dinero y cuando el becerro crezca me lo entregas. Su amigo se sintió complacido y cerraron el trato con un simple apretón de manos. Mi madre reclamó, porque no confiaba en la palabra, sin un papel de por medio. Mi padre dijo: si en verdad necesita el dinero, lo usará para cubrir su necesidad y estará bien invertido, pues depende la salud de uno de sus hijos, así que me pagará lo convenido en el tiempo establecido, si era para otra cosa y no me paga, él se lo llevará en la conciencia. Yo escuchaba y anotaba en la memoria.

 Pasados seis meses, el amigo de mi padre llegó un domingo con un becerro a rastras, ya era un novillo, pesaría unos doscientos kilos y se lo entregó a mi padre. Allí comprendí que la honradez era parte del funcionamiento de las mentes sencillas y preclaras, para honrar la palabra no necesitaron ni papeles, ni testigos. Mi madre nada dijo, pero asintió. En nuestros días la honradez es moneda escasa, esa enseñanza me ha seguido a lo largo de mi vida, mi palabra vale más que un documento que puede ser falsificado, modificado, añadido o malversado. Así, en mi niñez hice tratos de palabra y los tuve que cumplir a cabalidad, si le decía a mis amigos que haría algo o les daría algo, lo cumplía a pie juntillas, en tiempo, hasta nuestros días, si digo que haré algo de palabra, de acto lo cumplo, me siento vacío e infeliz no cumpliendo.

 Otro de los mensajes claros que me dejaron los viejos, es la de no meterse en problemas innecesarios, con la idea de adquirir beneficios monetarios, poniendo en riesgo a la familia. Un día, un conocido le ofreció sembrar enervantes, pues mi padre era poseedor de unas tierras alejadas de las zonas habitadas y que nadie visitaba, buen escondite para la siembra de lo ilegal. Mi padre se negó y dijo que prefería seguir la vida que tenía, con escases de recursos monetarios, pero tranquilidad en el espíritu. Esa premisa me ha servido para sortear obstáculos grotescos, como insinuaciones a caer en el alcoholismo, en la drogadicción, en la mendacidad o en la posesión de objetos ajenos, mis amistades muchas veces insistieron en seguirles el ritmo, más mi inocuidad estaba completa, eran problemas que no necesitaba, la tranquilidad del espíritu sí.

Puede ser que después de la muerte dios no exista, ni el cielo, ni el infierno, pero lo que si existe en la ley de la causa y efecto, la creas o no, de esa no te salvas. Por ejemplos variopintos sé que la drogadicción te lleva a la degradación de tus reglas morales, te pierdes, dejas de ser un ser humano, para pasar a ser un guiñapo, un simple trapo dominado por las necesidades que te creaste cuando creíste que con poco no pasaría nada. Lo mismo pasa con los alcohólicos, que no reconocen su problema y creen alcanzar la felicidad cuando el veneno les corre por las venas, embotándole los sentidos, haciéndoles creer una nueva realidad, que confunden con felicidad. Mientras yo navego tranquilo entre ellos, sin que me afecten, ellos podrán matarse a placer a sí mismos, yo dormiré tranquilo.

 Así que el universo me ha mandado sus mejores golpes y salido bien librado, gracias a las mentes sencillas que educaron a mi espíritu, allí aprendí a vivir con poco, y que se puede ser feliz con poco, aunque la vida te de más de lo que necesitas, te da la oportunidad de usar ese excedente para aprender cosas nuevas o para ayudar a quienes necesitan, o para procurarte satisfactores del espíritu, que son más reconfortantes que los del cuerpo. La honradez te deja más satisfecho que si comieras el mejor manjar, pues “el que pierde el honor, ya no puede perder más”, es el escalón ultimo de la dignidad humana, según Pluvio Siro, el honor te hace enorme ante mentes pequeñas, de nada sirve llenarte de hojas membretadas que te den estatus social, si cuando llegas a la vejez, la soledad será tu compañera, aún cuando tengas personas al lado, aún cuando tus lecturas te hayan enseñado que se puede ser feliz con ella.

 En el campo, en la niñez, aprendes a lidiar con ella, sufres más por lo que imaginas que por lo que ves, cuando caminas en lugares solitarios sólo piensas en destinos funestos, en apariciones malvadas, en encuentros violentos con seres desalmados, hasta que el silencio del hombre se vuelve algo cotidiano, allí es cuando empiezas a apreciar la soledad del hombre, empiezas a disfrutar la compañía de ti, de las plantas, de los animales, ellos se convierten en tus guías, te señalan la vida o la muerte, huyen del peligro, y se acercan a las fuentes.

 Así te enseñan los viejos, te dicen, cuando veas huellas de venado, síguelas, te llevarán al ojo de agua, si no tienes comida, ve a las plantas que de donde comen los animales, si no te gusta el sabor, al menos podrás vivir unos días, cuando todo está quieto, preocúpate, el silencio de los animales presagia peligro, asegúrate de no ser tu la fuente, si ves a las aves volar con estrépito, ponte alerta, algo grande pasa, de allí la frase que señala “las ratas son las primeras en huir ente el peligro de hundimiento del barco”, así, que cuando veas huir ratas, en su acepción más pura preocúpate, si ves huir a las ratas en su símil de hombre, alégrate, la justicia llega con sus dos caras, dice Cicerón que “la justicia no espera premio, se la acepta por ella misma, de igual manera son todas la virtudes”, así en la naturaleza como en el hombre.

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