Leyendas de Ibérica. Parte 1(Despertar Poético)

Introducción

En los años setentas, en Ibérica se vivía un ambiente bucólico, apegados a la tierra y a sus seres vivos. En lo social, era algo gris por el clima de violencia, nivel escolar bajo, pobreza económica y alejados del progreso; pero en general, la chiquillería era feliz, se sentía el clima de confianza y libertad. Existía mucha confianza entre las familias, todos se conocían, era una época algo oscura espiritualmente, Ibérica aún no aparecía en los mapas, los demonios aún existían en el imaginario colectivo y te asustaban por cualquier cosa, principalmente si habías cometido alguna falta, ese era tu castigo, tu miedo por el castigo obligado a tu falta se magnificaba por una sombra, por ver un objeto extraño o un sonido raro, todo ello era señal o suposición fantasiosa.

Los niños más susceptibles al castigo y al miedo, eran espantados con la idea de la existencia de seres horrorosos que no conocían y no conocerían jamás, como el “coco”, un extraño personaje informe, que indefectiblemente saldría debajo de la mesa y le jalaría los pies. Los adultos también tenían su bestiario, muy socorrido si tomabas alcohol, a los borrachos los espantaba el diablo en forma de charro negro, montando en un enorme caballo negro, que mostraba unos ojos ardientes de color rojo, acompañados de un enorme perro también negro. Estos salían las noches oscuras cuando caminabas noche por los cerros o andabas perdido. Si, la aparición te hacía ver tu suerte, te arrepentías de todos los males que habías hecho y hasta de los que aún no hacías, aparecía en la parotera, en la sierra o en los caminos de los cerros.

La mujer cara de caballo que aparecía en el llanito, sólo si eras un borracho empedernido y pasabas a media noche por ahí, con su deslumbrante y linda cabellera que le tapaba la cara te llamaba y te llevaba rumbo al río. Allá, en la soledad y en la oscuridad te mostraba la cara, con eso castigaba tu falta a casa por ser borracho. Había historias no tan sombrías, pero fantasiosas, debido a la pobreza, como la de la servilleta que era dueña de un poder económico inmenso que deberías atrapar con el sombrero, cuando se usaban con mayor asiduidad los sombreros, nadie la ha atrapado, nadie ha salido de pobre de esa manera.

Para los niños de la época, debdo a las supersticiones, era una hazaña enorme pasar a oscuras por el camino que pasa al lado del panteón y más si ibas solo era símbolo de hombría, era miedo a lo desconocido. Los miedos de la infancia, son los miedos difíciles de quitar una vez que han quedado impresos.

Las historias fantásticas del pueblo siguen vigentes, han sido transmitidas de forma oral, de generación en generación, se empiezan a perder ahora con la llegada de la tecnología y la integración del pueblo al mapa de México, los niños están dejando de creer en monstruos de fantasía, muchos tienen que lidiar con los reales representado por los adultos.

1.- El lego.

A las orillas del pueblo pasan las vías del ferrocarril que se construyeron para unir a la ciudad de Uruapan con la ciudad de Apatzingán, posteriormente esa línea unió al puerto de Lázaro Cárdenas, desarrollo impulsado por el mismo General Lázaro Cárdenas, fueron construidas en los años 40. 

Por la orilla de las vías del ferrocarril, paralelo a ellas, el paso de las personas y los animales formaron un pequeño caminito que conducía del pueblo a la mesa plateada, lugar donde en temporada de lluvias los pequeños ganaderos llevaban a pastar su ganado, en tierras que les rentaban los ejidatarios de Nuevo Urecho. Lo arreaban por la orilla de las vías, de ida al inicio de la temporada de lluvias o por la nopalera, pasando la cueramera y una vez arriba en la mesa plateada lo dejaban durante toda la temporada. Una vez arriba las vacas, los ganaderos caminaban a diario para ir a la ordeña por la madrugada o a separar las crías de la madre para la ordeña durante la tarde.

El camino empezaba frente a la casa de la familia Gómez, hacia la estación estaba obstaculizado por unos paredones de roca basáltica, caminabas un kilómetro y había una curva a la derecha, allí había una pequeña casita de madera que era la última del pueblo. Después de eso, sólo eran parcelas a los lados. Dos kilómetros adelante había una curva a la izquierda, cerca de esa las vías tenían un paso interior de ganado. Pasando la curva, a doscientos metros, había un pequeño paso hombre en forma de V en la cerca y un falsete, allí iniciaba el camino en ascenso a la mesa plateada. Sobre el caminito, en otros doscientos metros, se llegaba a las goteras, que es una pequeña gruta que filtra agua del cerro. Durante todo el año gotea agua en pequeñas cantidades. ese fue el primer nombre que recibió el pueblo antes de tomar el nombre del ingenio azucarero, allí generalmente nos surtíamos de agua para el camino, o allí abrevábamos antes de subir y en el regreso.

Las personas cuentan que cuando se les hacía de noche, después de ir a apartar las crías de las madres, tenían que bajar rápido y acercarse al rancho, pues entre la última casa y las goteras aparecía un monje vestido de café, con sotana de color café oscuro, clásica de los monjes franciscanos que vivieron desde 1537 en la zona, cuando convirtieron al cristianismo a los nativos existentes.

Un campesino de nombre Pedro, que trabajaba como jornalero en el llorasangre, mencionó que una vez se le hizo tarde en la parcela por andar regando. La parcela estaba cercana a las vías y se le hizo más seguro seguir las líneas de los rieles que irse por el callejón para llegar al poblado y caminó hacía las vías, salió en la recta entre las dos curvas, a su espalda tenía a las goteras, frente a sí el pueblo. Apenas hubo caminado unos pasos sobre las vías, al levantar la vista, que llevaba pegada a los durmientes para no tropezar, sintió un escalofría que le recorría la espalda. Le dio miedo, empezó a apretar el paso, a lo lejos sólo se escuchaban los ululares de las lechuzas y tecolotes, mientras el silbido de los murciélagos le rosaba la piel, dejándole una sensación de aire circulando a pie de la tierra.

 Pedro no escuchaba ningún paso, y generalmente entre los campesinos se conocían hasta el modo de andar, así como los horarios de salida de todos, ya le hubieran gritado por su nombre o mote, pero no se atrevía a voltear para verificar si alguien le estaba jugando una broma, iba sudando frío, le empezaba a temblar la voz, hasta que sintió que no podía emitir ningún grito, quería silbar, o gritar a ver si era alguien conocido, pero nada le salía. Había caminado cien metros y el aire se volvió helado. Se armó de valor y volteó, lo que vio lo dejó pasmado, era la silueta de un hombre vestido con sotana café, como un monje. Lo único que logró decir fue “El Lego” y corrió despavorido hasta el poblado. Se paró jadeando en el poste (así le decían a la esquina donde vivía Doña Angelita, allí tembloroso le contó a uno de sus amigos de nombre José lo sucedido.

  • ¿Qué te pasó vale?
  • Me espantaron vale.
  • ¿Por dónde? Allá por el silbato (señal que tenía el ferrocarril para silbar y alertar a los pobladores de su llegada)
  • ¿Qué fue lo que viste?
  • Vi al Lego.
  • ¿Estás seguro?
  • Claro, era un monje, venía sobre la vía desde las goteras, no caminaba, flotaba, la cara cubierta por la gorra de la sotana.
  • ¿Por qué no lo seguiste?
  • ¿Estás loco?, si me cagaba de miedo, no caminaba, flotaba, su cordón arrastraba en el suelo, en la sombra de la cara solo se le veían dos luces rojas, ¿Tu lo seguirías?
  • Claro, dicen que les sale a las personas que escoge para mostrarles el lugar dónde dejó enterrado el tesoro que escondió de los bandidos que asolaban Urecho. El monje, llamado El Lego, era un monje franciscano perteneciente al curato de Urecho, era el encargado de la recuperación de las rentas de las tierras y de su traslado al obispado de Michoacán, ubicado en Pátzcuaro. Iba con su recua de mulas empezando a subir el cerro, camino a Ario de Rosales, cuando lo persiguió una gavilla de bandidos, su cargamento era de varios arcones con monedas de plata, alcanzó a esconder las monedas cuando los bandidos lo alcanzaron, y no dijo palabra alguna del paradero de las monedas y lo asesinaron, dejando su cuerpo cerca de las goteritas, a la intemperie, sin darle santa sepultura, y desde entonces ha vagado en espera de que alguien de alma noble y no ambicioso se atreva a escucharlo para señalarle la ubicación de las monedas y que su cuerpo pueda descansar en paz.
  • Si quieres vamos, yo te acompaño y nos repartimos, te llevo hasta donde me salió.
  • Mejor otro día, ahorita ya es muy tarde, a lo mejor ya se fue a dormir, es más a quien quiere darle las monedas es a ti.

El Lego siguió apareciendo hasta los años noventa, ninguna persona se atrevió a seguirlo, aunque de dientes para afuera dijeran que se atreverían con tal de recuperar el tesoro. Posterior al descarrilamiento del ferrocarril en la curva de las goteritas se construyó un libramiento, que se componía de una segunda vía que unió al existente frente a la estación, ahora era vía doble desde el puente amarillo hasta las goteritas, señalan los habitantes del pueblo que durante la construcción de esta segunda vía, tronando roca con dinamita y desalojándola con maquinaria pesada, un operario vio algo brillar; no dijo nada durante la jornada, pero no perdió de vista el objeto brillante.

Ese día se quedó más tarde que todos y al otro día ya no se presentó a trabajar, señalan que había restos de un contenedor con las siluetas de las monedas. Suponen que ese operario fue el que encontró el tesoro de El Lego, no se sabe si ese fue todo el tesoro o faltan algunos contenedores más; por lo tanto, no se sabe si El Lego ya está descansando en paz o seguirá apareciendo por las noches, allá cerca de las goteras. 

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