Leyendas de mi pueblo parte II –El Charro Negro- (La mujer de las letras)

Leyendas de mi pueblo. Parte II – El Charro Negro-

Se sabe que desde los años veinte del siglo veinte corría una leyenda entre las fogatas nocturnas del pueblo, se contaba de generación en generación en los cotilleos, fue referida entre los campesinos de la zona hasta los años noventa cuando se fue perdiendo debido a la llegada de la tecnología.

De esa leyenda, son muchas las personas aseguraban haber oído los cascos del caballo sonar entre el empedrado de las calles y muchas otras refieren más haber visto al mismo diablo en persona.

Era una madrugada helada, la carretera estaba hundida en la oscuridad, ocultado su carácter de pedregosa. Los perros de los alrededores ladraban sin parar al oír el alboroto que armaban cinco beodos que deambulaban taciturnos entre los árboles añejos del bosque conformado por parotas que se alzaban majestuosas como si quisieran alcanzar el cielo con sus hojas.

  • JUVENTINO: No hay luz por aquí, nos vamos a caer entre las piedras.
  • MODESTO: De seguro no sabes ni donde andamos, ¿Verdad, Filemón?
  • FILEMON: ¿Y yo por qué debo saber? Si yo nomas vine acá siguiendo a Macario.
  • MACARIO: Por tu culpa Filemón, ora no sabemos ni onde andamos. –Se paró y se irguió con dificultad- No se espanten, pero dicen que a estas horas espantan si anda uno en la calle.
  • LEODEGARIO: ¡Qué van a espantar Macario!, eso nomas lo dicen las viejas pa que sus maridos no se vayan de noche a las cantinas.

Se pararon un rato a orillas de la carretera bamboleándose entre las piedras del camino, miraron para todos lados. A lo lejos se veían luces que creyeron, serian del pueblo.

  • JUVENCIO: A ver tu Filemón que eres el más listo de todos: ¿Pa onde le damos?
  • FILEMON: Pos yo digo que le demos allá pa aquel cerro -Dijo levantando el índice apuntando a un punto que podía ser cualquier sitio.
  • MACARIO: Oye Filemón, ¿Si es cierto que las parotas están en peligro de extinción?
  • FILEMON: Sí, ¿Qué no han visto que a cada rato bajan taladores clandestinos a robárselas para fabricar muebles?
  • LEODEGARIO: Miren allá viene un carro -Levantó la mano para señalar una pequeña franja naranja que bajaba de la colina de Los Loros a toda velocidad-.

La camioneta no se distinguía entre lo negro de la noche, al llegar a donde estaban los cinco beodos se paró y un hombre moreno y regordete se bajó, se acercó para hablarles a la cara, ya que el ruido del motor no dejaba escuchar ni las chicharras.

  • HOMBRE: ¿Qué andan haciendo por acá, que no ven que es peligroso?
  • FILEMON: venimos de la fiesta de Los Otates pero le dimos por esta brecha y ahora no sabemos pa onde darle.
  • HOMBRE: Nosotros nos vamos a ir todo derecho hasta llegar a Ibérica, si quieren súbanse.

Se subieron a la camioneta, bien acomodados en la caja. Al llegar a ibérica, se bajaron y agradecieron la amabilidad de aquel hombre. Antes de seguir el rumbo para sus pueblos, se sentaron en la plazuela a tomarse el resto de una botella de charanda que había logrado sustraer de la fiesta.

  • FILEMÓN: Vámonos, me están dando escalofríos, ya hasta la borrachera se me está quitando… Dicen que aquí espantan después de la media noche y siento algo raro.
  • MODESTO: ¡Cállate Filemón! No seas aguafiestas, está re buena la charanda, anda ¡chúpale! Para que se te quite lo ave de mal agüero.
  • FILEMÓN: ¡Vámonos! Siento una mano fría en mis espaldas, no sean gachos, yo voy a correr.

Los otros cuatro se rieron de Filemón, mientras este empezaba a temblar. De pronto un relincho parecido al llanto histérico de un niño enfermo les llegó de su lado derecho, proveniente de las ruinas del viejo molino de caña. Los cinco voltearon a ver de dónde provenía el ruido, se miraron con la cara llena de estupor, la lividez de sus caras les empezó a delatar el miedo.

  • LEODEGARIO: ¡Ya ven! Macario nos decía que espantaban y ustedes no hacían caso –Dijo esto abrazando la botella como si de un cuerpo se tratara acercándose a sus compañeros para cerrar un pequeño círculo-.
  • MACARIO: Ven, se los advertí –Dijo tembloroso-.
  • JUVENCIO: ¡Mejor vámonos!, es de madrugada y no vaya siendo la de malas que nos salga algún espíritu

Acababa de decir esto Juvencio cuando un caballo de color negro azabache, salía por donde habían escuchado el chillido, cargando a un hombre alto vestido con un traje negro adornado, con un enorme sombrero todo tachonado de plata, salía de entre una bruma invernal extraña por esos lares, el caballo de gran alzada y porte majestuoso lanzaba coces ligero, como queriendo arrancar carrera y de su ojos rojos cual ascuas, parecía que brotaba lava. El jinete y caballo avanzaron casi flotando en el aire y se pararon frente a los borrachos, el jinete se paró frente a ellos, mirándolos fijamente, los cinco no atinaban a ver al corcel, al jinete y su mano derecha que portaba un imponente látigo en llamas, que usaba para fustigar al caballo. En pocos segundos que a los beodos les parecieron siglos, vieron la cara de aquel extraño hombre, le vieron la frente donde unos pequeños cuernos brotaban firmes y amenazantes, vieron la sonrisa burlona, con dientes sucios y verdes, con un dejo de putrefacción que llenaba el ambiente hasta hacerlo irrespirable, ante esto, los beodos sintieron ganas de vomitar.

  • Buenas noches buenos hombres ¿Qué hacen a tan deshoras? –Preguntó el jinete-. ¿Saben que a estas horas la muerte anda rondando a los incautos? ¡Váyanse a sus casas, cuiden a sus señoras e hijos! Se los dice un buen amigo-. Les decía esto con una voz gutural y saritica como en espera de soltar una enorme carcajada.

Se quedaron pasmados, sin saber que responder. Después de asimilada la sorpresa, se miraron unos a otros y convinieron correr. Salieron corriendo en todas direcciones, mientras el jinete y corcel se perdían nuevamente entre la bruma y los fierros herrumbrosos del antiguo molino.

Desde ese día, nadie se atreve a salir de casa después de la media noche, temen encontrarse al que llamaron “Charro negro” castigando a su caballo negro azabache, nadie quiere volverse loco como quedaron aquellos cinco borrachines desde ese día,  que pasaron de ser alegres animadores, a ser simples quejicas temblorosos, que no quieren salir del umbral de sus casas.

 

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