“QUE ME ARROJEN DEL PARAÍSO CUANDO QUIERAN, PERO NO ANTES DE HABER PROBADO EL FRUTO DEL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO” (ARENA SUELTA)

POR TAYDE GONZÁLEZ ARIAS

El conocimiento, es un arma que no está diseñada para cualquier sujeto, se trata más bien, de una herramienta que se ha presentado durante la existencia del ser humano con el propósito de ayudar a que sea mejor la vida de uno y de los otros. El que conoce, tiene la tarea social de expandir su conocimiento; es decir, de salpicar a quienes en medio de la ignorancia viven a oscuras y sin la luz que la sabiduría otorga.

El conocimiento, es como el sol, que no limita ni segrega, y que le disfruta cualquier persona que lo busca; pues conocer, es en sí una cosa democrática, una voluntad pareja e igualitaria.

Todo aquello, cuanto nos pasa o sucede, forma parte de nuestros conocimientos. Adquirir de los hechos o conductas, que adoptamos cada día, lo mejor como enseñanza, hace que tengamos la oportunidad de saber de primera mano lo que puede pasarnos, lo mismo que cuando se cometen errores, la exigencia de no volver a incidir. El hombre y la mujer que se conocen, no temen a ser señalados, debido a que el conocimiento otorga la confianza en el actuar personal y social.

El mejor aliado para la solución de los conflictos y de los problemas que se presenten en la vida, es el conocimiento. Ello derivado de la certidumbre que se adquiere, al saber de la relación que se guarda entre el sujeto y el objeto, al tener claro que toda acción tiene una reacción y que la causa y el efecto de saber es poder ayudar, mientras que desconocer nos evita siquiera poder levantar la mano para opinar en muchas ocasiones.

La mayoría de la sociedad tiene el conocimiento de ciertas o tales cosas; es decir, somos casi expertos en alguna rama o área, ese conocimiento lo debemos aplicar y compartir, para que tenga vida, de lo contrario será cosa muerta, de la que no vale siquiera su existencia. Si entre todos compartiéramos lo que sabemos, seguro que haríamos la vida más llevadera, aunque para eso debemos olvidarnos del egoísmo y de la banalidad que ofrece vivir solo para nosotros, sin entregar nada a los demás.

El conocimiento, es una cosa tan personal, que está hecho para compartirle, que cobra vida hasta que llega a los oídos, ojos, mente y corazón de los otros, de lo contrario estará inerte y por lo tanto sin tener siquiera razón de existir o darse.

El hombre o la mujer inteligente, aprende de su experiencia de vida, pero también de la vida de los demás, de modo que el que conoce, lo hace con sus vivencias, pero también de las cosas que ve que les pasan a los seres de los que se rodea. Es pues necesario estar alerta y en estado de recepción de todo aquello de lo que podemos adquirir nuevos conocimientos.

El desarrollo del ser humano no se puede entender sin el grado de conocimiento que va adquiriendo. Así, por ejemplo, en los diversos grados escolares se deben obtener habilidades claras, que demuestren el estado de sapiencia que cada sujeto va logrando, de modo que sea evolutivo, constante y continuo.

El que aprende debe saber que esos conocimientos adquiridos tienen un fin sin igual e insustituiblemente social o colectivo, pues, el que estando en el campo trabajando la tierra y que mediante la experimentación descubrió una técnica más eficaz para lograr una mejor cosecha, debería de ir con el resto de sus hermanos hombres y contar la buena nueva, al hacerlo será muestra de humanidad y sobre todo estará cumpliendo con el propósito real del que conoce y que es el compartir con los demás.

El único capital del conocimiento, es el ser de razón llamado hombre, pero no se debe olvidar que siendo recipiendario de emociones, tiene la necesidad de vivir entre los demás y por lo tanto de entregar a los otros todo aquello con lo que pueda abonar a la buena vida, y eso sin duda, es su conocimiento.

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