Reparte de lo que tienes entre los pobres

P. Agustín Celis 

Cuando pensamos en los bienes humanos, descubrimos la gran variedad de cosas buenas que existen para ayudar a la sociedad y hacer de la sociedad un santuario de vida, son tan hermosas las maravillas que Dios creo para recreación de la humanidad y para que el hombre sea totalmente feliz en plenitud.

Pero cuando reflexionamos sobre la historia de la humanidad, nos sorprendemos ante asombrosos acontecimientos que el hombre ha sido capaz de realizar y que nos dejan ver las grandes capacidades con las que el ser humano ha sido creado. La propia vida del hombre es un gran invento de Dios para sorprender al hombre ante sus capacidades, con las cuales puede transformar la naturaleza y la sociedad.

Los inventos humanos, son justipreciados con valores subjetivos monetarios altos, por la utilidad y el bienestar que representa a la humanidad. Sin embargo, es en este punto donde surge una serie de dificultades, porque se agregan a los bienes materiales los sentimientos humanos, el deseo de poseer, el deseo de poder, que alimentan la soberbia, el egoísmo y la competencia que desemboca en la lucha de clases y los conflictos sociales, que han provocado la descomposición del tejido social.

Como nos hace falta a la humanidad entender que los bienes materiales, por más que nos hemos cansado para conseguirlos, terminan por no pertenecernos, terminan por solo servirnos durante nuestra vida y fácilmente pueden pasar a la fortuna material de otra familia. Cuando logremos entender que, si hemos sido bendecidos con los bienes materiales, no ha sido para ponernos por encima de los demás, sino para que con nuestros bienes enriquezcamos a las personas, no para que las utilicemos para acrecentar nuestra fortuna material.

Es ahí donde necesitamos reflexionar y ser sinceros en el resultado de nuestra reflexión, que hemos ganado con esa actitud soberbia, con esa actitud prepotente que nos coloca en el pedestal de los grandes, de los importantes, cuando ese pedestal será el mismo que nos acusa de nuestra incapacidad de compartir con los que menos tienen. Pero al final de la carrera de esta vida, compartiremos el mismo lecho ricos y pobres, a menos que el rico sea justo y o el pobre haya vivido con abnegación la suerte de carecer de los bienes terrenales.

Es en esto donde la sociedad se engrandece, donde la sociedad crece y se humaniza día a día, compartiendo la casa común alegremente con los que menos tienen. Es en esto dónde la sociedad construye el tejido social tan descompuesto por los excesos de la soberbia del súper hombre. Es aquí donde la introspección de cada ser humano urge en la competencia social y comercial. Debemos aprender a los grandes personajes de la historia, que su testimonio y la aceptación de la sociedad no solo los hizo héroes, sino los hizo santos.

Un ejemplo: es la Madre Teresa de Calcuta, que compartió su riqueza humana y espiritual para enriquecer a los considerados desechos de la sociedad, como hizo de un basurero una casa común donde devolvió la dignidad a los desprotegidos. Por eso, debemos entender que el hombre es grande cuando es capaz de amar y amar a los otros antes que así mismo.

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