¿Serán pocos los que se salven? 

P. Agustín Celis 

(Lucas 13, 22-30) Lucas nos recuerda que “Jesús va de camino hacia Jerusalén”. Y, mientras tanto, nos va enseñando cuál es el camino que sus seguidores tienen que recorrer. 

La pregunta tiene su origen en una curiosidad que siempre ha existido: “¿serán pocos los que se salven?”. En la mentalidad del que preguntaba, la respuesta lógica hubiera sido: “sólo se salvarán los que pertenecen al pueblo judío”. Pero a Jesús no le gusta contestar a esta clase de preguntas, y sí aprovecha para dar su lección: “esfuércense en entrar por la puerta estrecha”. El Reino es exigente, no se gana cómodamente. En otra ocasión dirá que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico, uno lleno de sí mismo, entre en el Reino. 

Y puede pasar que algunos de los de casa no puedan entrar, a pesar de que “han comido y bebido con el Señor” y que Jesús “ha predicado en sus plazas”. No basta, no es automático. Otros muchos, que no han tenido esos privilegios, “vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”. O sea, hay personas que parecían últimas y serán primeras, y otras que se consideraban primeras (el pueblo de Israel) ¿o nosotros mismos? – serán últimas. 

Esta clase de advertencias no sólo resultaba incómoda para los judíos que escuchaban a Jesús, sino también para nosotros. 

Porque nos dice que no basta con pertenecer a su Iglesia o haber celebrado la Eucaristía y escuchado su Palabra: podríamos correr el riesgo de que “se cierre la puerta y nos quedemos fuera del banquete”. Depende de si hemos sabido corresponder a esos dones. 

En el sermón de la montaña ya nos había avisado: “entrad por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, más ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!” (Mt 7,13-14). El Reino es exigente y, a la vez, abierto a todos. No se decidirá por la raza o la asociación a la que uno pertenezca, sino por la respuesta de fe que hayamos dado en nuestra vida. Al final del evangelio de Mateo se nos dice cuál va a ser el criterio para evaluar esa conversión: “me diste de comer… me visitaste”. Ahí se ve en qué sentido es estrecha la puerta del cielo, porque la caridad es de lo que más nos cuesta. 

El Apocalipsis nos dice que es incontable el número de los que se salvan: “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar” (Ap 7), gritando la victoria de Cristo y participando de su alegría. La puerta es estrecha, pero, con la ayuda de Dios, muchos logran atravesarla. Los malvados, los idólatras y embusteros, caerán en el lago que arde con fuego (Ap 21,8), y los que han seguido a Cristo “entrarán por las puertas en la Ciudad” (Ap 22,14). 

Es de esperar que nosotros estemos bien orientados en el camino y que lo sigamos con corazón alegre. Para que al final no tengamos que estar gritando: “Señor, ábrenos”, ni oigamos la negativa “no sé quiénes son”, sino la palabra acogedora: “venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros”. 

“Lo que uno haga de bueno, sea esclavo o libre, se lo pagará el Señor” (1ª lectura II) 

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha” (evangelio).

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