Una tentación inusual. Costumbres de mi rancho (Despertar Poético)

Una tentación inusual.

Costumbres de mi rancho

Una tarde mientras llovía, el estómago empezó a molestarme insistentemente, necesitaba alimentos, necesitaba comer y tenía que ser algo dulce. No sé si otras persones les pase eso, pero a mí, indefectiblemente, me dará hambre en temporada de lluvias, año tras año es la misma rutina, llueve, refresca el día, me da hambre, así durante casi cuatro meses, desde finales de junio hasta mediados de octubre.

Si alguien padece ansiedad, sabrá de lo que hablo. Es una sensación desesperada de meterle azúcar al cuerpo y puedes tragar mucha más de la que necesitas si no te controlas.

El sábado treinta de junio estaba en la casa, preparando las herramientas para el trabajo del día siguiente, la mañana había transcurrido tranquila, apacible como suceden la mayoría de las cosas en el poblado, por ser pequeño, el tiempo pasa de distinta manera, se siente la tranquilidad invadir toda actividad, y cuando el calor arrecia, casi se paraliza. Ese día, mientras limpiaba las herramientas, las nubes de lluvia empezaron a bajar de la sierra, gordas y preñadas, amenazantes y prestas, las estaba viendo acercarse entre el tabachín y el hule, mis rodillas empezaron a doblarse y a molestarse, señal de que llovería a ciencia cierta. Cuando las nubes de la vanguardia llegaron al plan y empezaron a refrescar el ambiente, la chiquillera salió de sus casas, alegres y ruidosos, sonreí al verlos, extrañaba esos días, cuando la lluvia amenazaba, te preparabas con tu ropa más vieja para poder salir a mojarte y fabricar resbaladillas en la tierra mojada.

 Ahora era un adulto, tenía que guardar las distancias y la compostura, no vaya a ser que me confundan y me tachen de loco, debería irme a Chiapas, allá no me conocen y podría salir a jugar bajo la lluvia sin temor a que hablaran mal de mí, y lo hacían, solo dirían -El señor de allá – y sería feliz, ya sé que es una incongruencia, de cuando acá me preocupa que hablen bien o mal de mí, eso sólo yo lo sé, pero aun así me gana el orgullo y dejo las cosas tal y como están. A lo lejos, la nopalera empezaba a mojarse, no se escuchaban truenos, eso era buena señal, el agua no tardaría en llegar al llano, y podrían salir sin temor a los rayos. Yo por si las dudas dejaré de afilar la herramienta, dicen que afilarla mientras llueve llama a los rayos, y no quiero arriesgarme, mañana seguiré con la tarea.

Un viento fresco con olor a tierra mojada entró en mi cuerpo, la sensación de vida me empezó a alegrar, me dieron ganas de salir a gritar con la chiquillera, pero me contuve nuevamente. Mientras tanto el árbol del hule y la higuera de Don Beto empezaban a danzar lanzando hojas por doquier, el pequeño vientecillo fresco que premonicionaba la lluvia los sacudía con fuerza. Las primeras gotas, gordas, fuertes, llegaron frías y a golpes, sus ecos sordos sonaron en la lámina del cuarto, instintivamente metí la herramienta y regresé a la pequeña terraza que da a la calle, me recargué en el poste que soportaba la saliente de lámina para disfrutar la lluvia, sobre la calle algunas personas corrían a guarecerse, otras pausada como Toño encima de su caballo no les corría prisa, acostumbrados a mojarse en el campo, disfrutaban todas las estaciones, así se les veía pasar con frío, con calor o con lluvia de la misma manera, como si no existiesen cambios, eso era símbolo de felicidad, saber sortear los obstáculos de la vida con el mismo temperamento.

La tierra falta de agua empezó a absorberla con fruición, las grandes gotas desaparecían en cuanto tocaban la tierra, dejando grandes salpicaduras de tierra húmeda. Mientras a lo lejos, el rumor de tormenta arreciaba al caer sobre los techos de láminas, eran ecos sordos de un motor en marcha. Mientras avanzaba, la lluvia iba dejando las calles solas y los pequeños porches atestados de personas viendo el agua incorporarse a la tierra. Así llegó a mi casa, el golpeteo constante era música agradable a mis oídos, y para disfrutarla cerré los ojos e imaginé las miríadas de verdor que empezarían a brotar del sueño encapsulado durante siete meses que dura la temporada seca. Imaginé a dios dando la señal de abrirse de las semillas que adormecidas esperaban ese pequeño toque de energía que se fundiría con la tierra, el sol y el viento, para la continuidad de la vida

 Me imaginé al llano totalmente lleno de pasto, verde y suave que alimentará las güilotas y a algún pequeño mamífero domesticado, mientras allá arriba, en el cerro, las changungas, las hamacas, los crucillos y las apocas esperan su turno para florecer y dar frutos, la lluvia era el símbolo inequívoco de la continuidad de la vida de los grandes animales. Aquí no era la primavera cuando florecía la naturaleza, era el verano, cuando se sembraba el maíz, frijol y la calabaza, temporadas de trabajo fuerte, rudo y reconfortante cuando se transformaba en comida. Cuando llegué al tema de la comida sentí como el estómago me golpeó y empecé a sudar frío, un hambre feraz me bajó la presión, sentí la necesidad de comer dulce, y recordé los días de la niñez, cuando esperaba por las tardes frente a la tienda la llegada del pan caliente.

 Uno de esos recuerdos me tiene marcado de por vida, era tanta el hambre y la necesidad de pan que, cuando llegó el canasto, tomé una concha aún humeante, la aplasté hasta hacerla una pequeña masa informe de harina y azúcar y me la tragué de un solo bocado, por poco y me atraganto, pero salí bien librado. Esa imagen en la memoria me recordó que soy un simple mortal deseoso de vivir, y que mi estómago reclamaba su parte. La lluvia me detenía de salir corriendo hacía la panadería, pues mediaba entre mi estómago y mis ganas de mojar innecesariamente la ropa, así que pacientemente esperé a que amainara y salí rumbo a la plaza, por el camino, los pequeños riachuelos que formabas las corrientes de agua dejaban surcos sobre la calle, el arroyo antes convertido en una vena seca, triste y susurrante, surgía ahora como un monstruo capaz de arrastrar  todo lo que se pusiera al paso, pasé el puente con temor al ver el caudal terregoso que rugía con estrépito. Algunas personas se reunieron en el puente, fascinadas por el caudal del arroyo, algunas temerosas de que se saliera de madre, pues vivían cerca del cauce, otras solo por la emoción que produce ver a la naturaleza manifestarse.

Con una mano en el estómago caminaba con pies de trapo, sentía que las piernas me fallarían de un momento a otro, la cara fría y amarilla delataba una falta de energía, los lugareños me saludaban con alegría, la lluvia los volvía amables, el calor los volvía agresivos, así que disfrutábamos esa circunstancia, pasé frente al cine y vi los cartelones de reojo, el Santos era el rey de la taquilla, esta vez pelearía contra las momias de Guanajuato, debería ser algo increíble, un hombre con fuerzas superiores era el encargado de mantener a los fenómenos a raya y el hombre común pudiera disfrutar de la paz paradisiaca con la que soñaba. Pasé de largo, ya tendría tiempo de leer la reseña de regreso, me dije a mí mismo, cuando llegué a la parota, la panadería era un trajín enorme, a pesar de ser un pueblo pequeño, se arremolinaban poco más de treinta personas frente al chunde, mientras el panadero sacaba charola, tras charola del horno, y sin temor a quemarse, las manos se alargaban para tomar los panes, la emoción les cambiaba los ojos, se les veía más alegres y atrevidos.

 Cuando hubo bajado el tumulto, quedaron esparcidas algunas conchas sin casi azúcar encima de tanto manoseo, sentí temor de que mi viaje hubiese sido inútil. Cuando de pronto salió el panadero con una charola humeante, la mirada se me volvió brillosa, al igual que los anteriores consumidores, tomé con desesperación cuatro panes y urgí a la dependienta me los cobrara de inmediato junto con un refresco de naranja. Feliz y con la satisfacción del deber cumplido salí rumbo a la plaza, allí sentado con los pies colgado del escalón que forma la plaza con la calle empecé a disfrutar cada mordida, no recuerdo haber diferenciado el sabor de una concha rosa, una concha negra o blanca, me sabían a lo mismo, las tres eran una delicia.

Mientras masticaba orondo me erguía ante aquellos que no lograban satisfacer esa necesidad que surge en esos días lluviosos, ora porque no podían, ora porque no tenían, eso no importaba, yo era feliz, y lo disfrutaba, sabía que las caras que veía pasar frente a mí, eran transformadas en muecas de envidia, nunca me había sentido tan orgulloso y satisfecho, como ese día que tuve que cruzar torrentes de agua enfurecida para poder volver a sentir la sensación de felicidad que solo podía obtenerse ante un par de conchas calientes y un refresco de naranja, su ustedes no lo han experimentado, se han perdido de la gloria, el paraíso está en sus manos, y no cuesta caro.

Ya estamos entrando en temporada de lluvias, así que esperen a que llueva, caminen hacia la panadería, tomen su pan, si alcanzan, pues debe ser recién salido del horno y salgan a la plaza a disfrutarlo, el refresco debe ser de naranja y en botella de vidrio, el plástico desvirtúa el momento, es como traer algún producto pirata, así se siente, puedes tener la sensación de traer algo bueno, pero no lo es. Ese día, estando ya concluyendo mi tarea de comer y vaciar la botella, un vecino que pasaba frente a mí, me gritó –“ese del Naranjo” – solo me reí, pues la tradición antigua, digo antigua de unos veinte años atrás, era que sólo los del Naranjo eran capaces de disfrutar ese momento: comer pan con refresco de naranja, no sé si ellos tuviesen esa tradición, yo lo que sé, es que una necesidad propia del terracalenteño, y que nos acerca un poquito a Jauja, al paraíso y a la verdadera felicidad.

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