Armando Soto Huerta

H. Zitácuaro, Mich. – Armando Soto Huerta nació en Zitácuaro, Michoacán. En la actualidad tiene 85 años de vida, ha pasado más de 70 años dedicados a la investigación. Decidió adentrarse en las comunidades y convivir con aquellos hombres y mujeres naturales, autóctonos, adoptando sus costumbres como propias.

Realiza una tarea altruista y social, ya que la venta de sus libros es el recurso con el que puede canalizar víveres y medicinas a las comunidades marginadas. En su juventud conoció a una niña de la Sierra Huichola, quien había perdido la vista y con todas sus limitaciones aprendió las costumbres de su etnia.  Le dedicó un libro completo y lo tituló Rutzi Chimpé, que traducido es “Calabacita”. Este tipo de experiencias lo convirtieron en un ser humano sensible.

Al llegar a la cúspide de las cumbres más altas de México, realizó un sinfín de aventuras y travesías en solitario o acompañado. Cuando conoció sus condiciones de pobreza y marginación regresó también para entregarles una fotografía, una monografía, una novela o poema, correspondiendo así a la hospitalaria atención.

Escribió la novela titulada “Operación Cacique”, misma que habla de montañismo y que, debido a su gran éxito, se hicieron tres ediciones. Todas ellas agotadas. Muchos de estos libros fueron a parar a manos de excursionistas.

El tema se centró en cuatro muchachos preparatorianos, nativos de Zitácuaro, quienes estaban intrigados porque se hablaba de la cueva del Cacique, saber dónde estaba y qué había ocurrido en ella, la presencia de Cuanicuti, qué rastros había dejado. Eran parte de la trama, estas y otras eran las interrogantes, señaló su autor.

Aunque reconoció que fue mucho más conocido su padre, el señor José Atenógenes Soto Ávila, por su labor de contador, defensor de causas sociales. Se destacó también por ser interventor en las casas productoras de películas.

Atenógenes Soto se encargaba de rendir un informe sobre la venta de boletos al empresario encargado. Se encontraba a la entrada del cine y mucha gente lo conocía, lo saludaba y era estimado.

Armando recuerda que su niñez fue como la de muchos, atendida por sus padres y hermanos, fue arropado en el seno familiar con muchas vivencias y calor humano. Añadió que era divertido el ambiente en esta ciudad, donde era fantástico el solo hecho de correr y jugar en las calles, jugar en la casa propia o en casas ajenas.

“Yo recuerdo una infancia feliz con aquellos pequeños lagrimones. Por ese tiempo me gustaba escuchar a los mayores cuando narraban historias, de todo tipo, de que fulanita se enfermó, de que fulano se cayó del caballo, de que la llorona, de la carreta de la muerte, en fin”, expresó Armando Soto.

“Eso despertó en mí el interés de saber más y cuando llegó el momento de aprender a leer me devoré los cuentos que había en casa”. Llegado el momento escribió su primer “cuentito” y lo publicó en un pequeño periódico familiar, para ello utilizaba la máquina “remingtón” de su padre, introducía también papel carbón y luego vender esta obra a sus familiares o algún vecino de buena voluntad.

A su paso por la secundaria Nicolás Romero, cuando era director el profesor Lorenzo Corro, tenía una maestra de nombre Esther Gutiérrez, quien invitó a los alumnos de tercer grado para la realización de un periódico. Armando Soto se destacó siendo el más entusiasta y haciendo algunos relatos poéticos.

A su paso por la preparatoria se abrió un horizonte de oportunidades para el investigador michoacano, ya que había un abanico de maestros, quienes respondían preguntas de todo tipo. Se propuso leer y estudiar mucho para poder platicar con sus mentores y compañeros, así como participar con opiniones propias.

Ya a nivel profesional no sólo estudiaba, sino que al mismo tiempo trabajaba en la Ciudad de México para obtener recursos económicos, ya que no era suficiente el dinero que le enviaba su padre para sus gastos.

Uno de sus primeros trabajos en la capital del país, fue en una imprenta. Ahí aprendió a limpiar los tipos o linotipos y terminaba con las manos llenas de grasa, pero con mucho entusiasmo por forjar su futuro.

Terminó haciendo amistad con el impresor y encargado de una revista llamada “Séptimo Arte”, con quien posteriormente hizo colaboraciones, hasta ser parte del equipo en el área de producción, ventas, corrector de estilo y formador de la revista.

En sus aventuras por el interior de la república mexicana se preocupó por llevar consigo libros para leerlos a aquellas personas que no tenían acceso a la educación, convivía con mazahuas, otomíes, descubrió que había comunidades enteras que se encontraban en el olvido.

Su literatura se basó prácticamente en temas indígenas, novelas, relatos, obras didácticas y poemas dedicados a aquellos marginados.

Realizó investigaciones por varias zonas, como la purépecha de Taximaroa, Huichola de Jalisco, Cora de Nayarit, Tzotzil de los Altos de Chiapas, Zoque del Volcán Chichional, Mixe de Oaxaca, Otomí de Ziráhuato, Otomí de la sierra norte de Veracruz y meseta purépecha de Michoacán.

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