Doctor Edel Colín Rojas

El Dr. Edel Colín Rojas nació en Ocampo, Michoacán, el 3 de noviembre de 1921, estudió la primaria en su pueblo natal, la secundaria y preparatoria en el Instituto Científico de Toluca, Estado de México. Gracias a su carrera de medicina y a su generosidad, se convirtió en uno de los médicos más destacados en el oriente de Michoacán y Estado de México.

Se graduó como Médico Cirujano por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en 1947. Durante aproximadamente 60 años ejerció su profesión en el pueblo mágico de Angangueo. Fue taquígrafo parlamentario y miembro de sanidad militar de la Secretaría de la Defensa Nacional para sostener sus estudios académicos.

En 1953 ocurrió un devastador accidente, se incendió la mina “La Dolores”, en Angangueo, de tal manera que por su participación, en las brigadas médicas, la Asociación Mexicana de la Cruz Roja le otorgó una medalla de oro.

Dicho percance dio como resultado el cierre de la mina y el Dr. Edel fue designado Presidente de la Unión de Accionistas Trabajadores, A.C., para integrar el capital social inicial suscribiendo acciones fundadoras para la nueva empresa Impulsora Minera de Angangueo, S.A., en forma exitosa, ya que a los tres años se recuperó la inversión.

Fue director médico de la delegación de la Cruz Roja en el mineral de Angangueo en los años sesentas. Director médico del Hospital Impulsora Minera de 1959 a 1961.

Se encargó de realizar un proyecto para fundar un centro de rehabilitación ocupacional para los mineros del país, mismo que fue aprobado por las Secretarías del Trabajo y de Salud, pero quedó pendiente en la Cámara de Diputados.

Brindó sus servicios de médico para los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas, sector Angangueo, División El Oro, Estado de México. Además fue Presidente del Club Rotario de la ciudad de Zitácuaro en el periodo 1978-1979 y tiempo después fue director de Relaciones Internacionales del mismo.

Escribió un compendio de anécdotas, a las cuales denominó “Reseñas de mis viajes por el mundo y otros temas”. Era un amante de las bellas artes y la cultura, obtuvo uno de los primeros lugares en oratoria, fue el primer Doctor en los municipios de Ocampo y Angangueo, además de que aprendió a hablar la lengua mazahua. Se caracterizó por ser un hombre culto y filósofo.

En su época de estudiante de medicina conoció a Caritina en la Ciudad de México, ella estudiaba la carrera de enfermería obstetra y tiempo después se casaron en el municipio de Ocampo, mismo lugar donde instalaron su primer consultorio y luego llegaron al Mineral de Angangueo, donde con el paso del tiempo les decían cariñosamente “los abuelitos” o “los abuelos”, porque habían visto nacer a medio pueblo.

El Dr. Edel y su esposa Caritina vieron que había numerosas familias que eran de bajos recursos y brindaban consultas gratuitas en el oriente del estado y parte del Estado de México.

“A nosotros como familia nos dejaron muchos valores, tanto mi papá como mi mamá, aunque ya no están en cuerpo, los llevamos en el corazón y siempre llevaremos los valores que nos enseñaron y los tenemos que llevar a cabo”, expresó una de sus hijas.

El profesor Celerino Salmerón, historiador mexicano, se refirió a su libro, “sus observaciones, agudas por demás, abarcan todo lo que al arte concierne, pintura, escultura y arquitectura, muy particularmente a cuanto se refiere a la estupenda riqueza artística contenida en los grandes museos de Europa occidental, sus observaciones cautivan al lector”. Sus variados viajes abarcaron una gran cantidad de países, por varios continentes.

“Tan luego termine usted de comer le sirvo su manzanilla, me dijo la aeromoza de Iberia, quien seguramente no era española, ya que le había solicitado un chato de manzanilla como aperitivo y ella entendía que le pedía un té”, escribió el Dr. Edel en su viaje a Madrid, el cual tituló “Viaje de un médico michoacano por España”.

En su viaje a Portugal escribió: “Ahora, algunas palabras sobre la tierra de los vinos que llegan al alma, como dijera Eca de Queiroz. Visitamos las bodegas donde elaboran el oporto, propiedad de un canadiense. Visitamos Lisboa y Coimbra, que han sido olvidadas por los viajeros del mundo”.

Luego sobre Suiza: “Iniciamos el recorrido en Ginebra, a la que Ruskin definió como un nido de pájaros y, sin disputa, el lugar más agradable y más notable de Europa, razón por la cual han vivido gentes que han cultivado el arte, la religión, la ciencia y la política”.

“Con el rumbo hacia el país de los dioses, Egipto, pasamos por los montes del Sinaí, donde el más grande jefe de un pueblo sintió la presencia divina: Moisés; del que se ha dicho que: limpio de ambición personal, solo buscó el bien de sus gobernados; sacerdote para enseñarles la presencia de Dios; legislador para dar, en unos cuantos preceptos, las normas de la conducta recta y del convivir; y profeta, para señalar a los hombre la superación y la esperanza”, subrayó.

“De las cenizas surgió, como Ave Fénix, de la era atómica, para convertirse, tecnológicamente, en el más avanzado, pero conservando tradiciones milenarias; vive con un pie en el feudalismo y con el otro en la electrónica; Japón, país casi perfecto y de grandes contrastes”, destacó.

“Me llevé una sorpresa cuando un inglés, con su traje gris Oxford, fue un gran anfitrión, porque al preguntarle por un domicilio miró su reloj para asegurarse que tenía el tiempo suficiente para ir a mostrárnoslo personalmente”, se refirió a una anécdota en Londres. “En la capital de Inglaterra tuvimos una neblina espesa por la tarde, oscureciéndose muy temprano, con un terrible frío, por lo que sus habitantes hacen poca vida nocturna, más bien frecuentan sus clubes y bares”.

“El palacio de Buckingham es la residencia londinense de los soberanos, pues la bandera estaba izada indicando la presencia del Rey, y, como buen burgués, contemplo el cambio de guardia con la abigarrada multitud, frente a las rejas del palacio, ya que se trata de un verdadero ballet militar que parece una exhibición”.

En su artículo titulado “Doblan las campanas en Zitácuaro” dijo: “así que, reiteramos, la grandeza de Zitácuaro se debe a Héctor Terán Torres, Manuel Buendía, Samuel Ramos y Abel Medina, entre otros, los que nunca se mancharon sus manos con el estiércol del demonio, el dinero. Los tres primeros ya tienen su nombre en alguna escuela, calle o levantado un monumento, pero falta que a Abel Medina se le haga un reconocimiento; porque, definitivamente el arte es el patrimonio espiritual de un pueblo y no es el pan, sino el vino de la vida, y cuando el artista muere, es como si se apagara una estrella”.

Al cumplir 50 años de matrimonio Colin Rojas relató: “y así hemos llegado a la edad de los metales, pero no en el bolsillo ni el banco; y con Gardel, las nubes del tiempo platearon mi sien, la plata en la cabeza, el oro en la boca y el plomo en los pies; pero como dicen los amantes de la buena mesa, al envejecer, con el tiempo se mejora, como los quesos y los buenos vinos, el espíritu de serenidad, el pensamiento de sabiduría”.

“Hemos sido nobles viajeros, pues hemos librado mil batallas, luchando contra huracanes y tempestades. Mis amigos me contemplan de muy diversos modos: El poder político me inconforma porque hay que sufrir el odio ajeno”.

Sobre el motivo de sus expediciones dijo, “no incliné la proa de mi nave hacia la fortuna, sino a los viajes, porque considero que el viajar es la forma más feliz del conocimiento y he alimentado mi fantasía con los genios universales de la ética, de la estética; y de la filosofía y ellos me han hecho sentir el polvo miserable que soy, han sido consuelo en mis tribulaciones y me han elevado al cielo y al Creador”.

Hasta la próxima a nuestros asiduos lectores.

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