Melchor Ocampo

H. Zitácuaro, Mich. – Melchor Ocampo, personaje importante en la etapa de la Reforma Liberal, nació en Maravatío, Michoacán, el 6 de enero de 1814. Abogado que se destacó como político defensor de la causa liberal. Respaldó a Benito Juárez en su equipo de trabajo y participó directamente en las famosas Leyes de Reforma.

Fue miembro del Congreso Constituyente, en donde formó parte de la comisión redactora de la Constitución de 1857. Fue fusilado por los conservadores debido a su apoyo de manera incondicional al liberalismo.

Elegido por el estado de Michoacán para el Congreso Constituyente de 1842, fue nombrado gobernador de Michoacán en 1846. Desde ese tiempo y con ese puesto se rebeló contra el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, en el que se cedía a Estados Unidos los territorios de Texas, Nuevo México, Alta California y parte de Tamaulipas.

En la plaza que lleva su nombre, ubicada al costado oriente de Catedral, hay un monumento y en éste se encontraban dos placas conmemorativas, antes de su remodelación. Esto en la ciudad de Morelia, capital del estado.

La placa frontal contenía su célebre frase: “Es hablándonos y no matándonos como debemos entendernos”.

En la placa posterior, la cual era de mármol, se leía su biografía: “Melchor Ocampo nació el 6 de enero de 1814”.

«Sirvió a la Patria como Diputado al Congreso de la Unión en 1844, tres veces como Gobernador de Michoacán, en 1846, 1847 y 1852. Como Senador de la República en 1850 y dos veces como Secretario de Estado en el gobierno del General Juan Álvarez, en 1856 y en el gabinete del Presidente Juárez en 1858. Amante del estudio y de la ciencia. Restableció en esta ciudad el Colegio de San Nicolás en 1847».

«Por sus ideas liberales y progresistas este ideólogo creador de las principales Leyes de Reforma fue asesinado en Tepeji del Río, hoy estado de Hidalgo, el 3 de junio de 1861. Creyendo haber hecho por su país cuanto juzgó en conciencia que era bueno».

DATOS CURIOSOS

*En el antiguo Colegio de San Nicolás de Hidalgo, se encuentra en exhibición, en una urna, el corazón de Don Melchor Ocampo.

*En la calle de Allende # 421-A Centro, hay una placa cuyo contenido dice: «En esta casa vivió don Melchor Ocampo».

Al revisar algunos pasajes de la vida y obra de Melchor Ocampo resalta el punto de vista y descripción del abogado Félix Romero, quien le conoció personalmente y a continuación algunos párrafos de sus observaciones:

“No era Ocampo un tipo ideal y atrayente por su talante y hermosura, no; antes bien, su aspecto de hombre meditabundo y serio, con la mano derecha metida a menudo en la solapa de la levita, y el aire de indiferencia para todo lo que encontraba a su paso, lo hacían a él también pasar desapercibido”.

“Ocampo no llamaba la atención sino cuando desplegaba los labios y hacía sentir sus agudezas en la conversación familiar, sus teorías políticas, o sus arranques patrióticos en la tribuna”.

“Era cortés, fácil, tranquilo, benévolo, lleno de gracia y frescura, esto es, indulgente con todos los hombres y resignado a todas las cosas, menos en lo concerniente a sus opiniones políticas, respecto de las cuales era intransigente”.

“Como orador, su palabra era clara, lógica, precisa, contundente, no aspiraba a ser grandi-elocuente, ni parecía serlo, pero su voz bien timbrada, aunque no muy extensa, tenía las inflexiones a propósito para todos los asuntos y todas las situaciones”.

Por otro lado, Don Melchor Ocampo se ocupó en analizar asuntos como el diezmo y los beneficios parroquiales y empezó a escribir artículos de temas sociales que fueron publicados en el periódico liberal El Filógrafo.

En el mismo defendió los principios de la democracia, de la libertad de imprenta, la abolición de la pena de muerte y denunció los hechos injustos de religiosos y militares que se amparaban en sus fueros.

Escribió que “los destinos públicos son cargos de conciencia y de temporal desempeño y no sinecuras y patrimonios explotables», y que “la instrucción es la primera base de la prosperidad de un pueblo, a la vez que el más seguro medio de hacer imposibles los abusos del poder”.

Luchó porque “no sólo la supresión de los privilegios, sino de las clases privilegiadas fuese un hecho”.

En 1853 fue encarcelado y echado del país por Santa Anna. Entonces viajó a La Habana y a Nueva Orleáns, donde se reunió con muchos otros liberales, como Benito Juárez, Ponciano Arriaga y José María Mata, entre otros. Allá conspiraron para derrocar al régimen santanista y en su momento, se unieron al Plan de Ayutla.

Fue fusilado por órdenes de Leonardo Márquez –sin formación de causa-, en la hacienda de Jaltengo, cerca de Tepeji del Río, el 3 de junio de 1861, y colgado de un árbol. Su cuerpo fue rescatado y trasladado con grandes honores a la Ciudad de México, donde descansan sus restos, excepto el corazón, que está en el Colegio de San Nicolás, en Morelia.

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