SIN FRENO LOS ABUSOS POLICIACOS

Aunque la inseguridad pública (igual que la corrupción), es de las calamidades que más azotan a la sociedad, infringiéndole graves e irreparables daños, no es de mi agrado abordar en este espacio ese tipo de temas. Que durante las últimas semanas han proporcionado material informativo y de reflexión que no puede, ni debe evadirse, a pesar de que no nos guste y atiborren planas con noticias y columnas de opinión nada agradables.

Además, una de las maneras de que los crímenes policiacos no queden de inmediato en el olvido, es difundiéndolos. Para que la flama de la indignación ciudadana no se extinga pronto, pues es la única consecuencia que tendrán: el recuerdo y el repudio social…y tal vez, en su momento, el rechazo electoral. Pero, mientras tanto, debemos conservar en la memoria todos los ultrajes, vejaciones a la justicia, a las leyes y a la integridad de las personas.

No olvidar, hasta que se haga justicia, a las personas que han muerto torturadas por las corporaciones policiacas, ni a las niñas violadas por ellos mismos, a los secuestrados, levantados, extorsionados, mujeres que han sido hospitalizadas por las golpizas, niños psicológicamente afectados por los guardianes de la ley y el orden. Todos ellos protegidos desde el nivel más alto del poder público.

A pesar de que se nos prometió una policía inteligente, científica y con sensibilidad humana, todas las corporaciones policiacas que operan en Michoacán, pero especialmente la “Policía Michoacán”, de la Secretaría de Seguridad Pública, se caracterizan por conducirse sin respeto alguno a la integridad de las personas, sin honor, sin lealtad a la institución que representan, ni gratitud al gobierno que pertenecen. Actúan de manera bestial, pisoteando las leyes que deberían aplicar, sin consideración para nadie: niños, mujeres y ancianos son victimas de su brutalidad. No se percibe el mínimo indicio de inteligencia en sus investigaciones, convirtiendo la tortura en la única herramienta de sus indagatorias.

Pero los responsables de ultrajar los derechos humanos de la población y violentar el estado de derecho, no son nada más la tropa, los policías que andan en la calle. Los culpables potenciales son los mandos que lo permiten y los funcionarios encumbrados que los protegen. Aunque normalmente la hebra se corta por lo más delgado y todo escandalo que afecte la reputación del proyecto político, los de “arriba” quieren resolverlo haciendo creer que no pasa nada, simulando ignorancia, minimizando la gravedad del problema y culpando a otros de sus propias fallas.

O bien, cuando la presión es mucha, creen solucionarlo cambiando de adscripción a uno de los mandos o despidiendo a alguien de la tropa, pero nunca resolviendo el inconveniente de raíz, que sería mandar a cárcel a los verdaderos responsables de la descomposición en la dependencia que dirigen. Encarcelar a los policías de a pie, no cimbra para nada las estructuras perversas infiltradas en la cúpula del poder del estado; pero enviar a prisión a los funcionarios de arriba, sí sentaría un precedente, que además obligaría a la reflexión antes de volver a cometer el mismo “error”, inhibiendo la proliferación de más injusticias (en lugar de incentivarlas).

                          COMPLASCIENTES CON LOS CRIMINALES, IMPLACABLES CONTRA LA SOCIEDAD

Y si, las atrocidades y saqueos perpetrados por Juan Carlos Campos Ponce y su gavilla de rufianes podrían quedar sin castigo, pues sus tentáculos criminales han alcanzado no sólo a sus aliados naturales dentro del gobierno de Zitácuaro, si no a políticos del círculo más cercano al gobernador del estado, quienes girarían instrucciones y tenderían los puentes de interlocución para que el Fiscal Regional de Justicia también sea omiso, igual como ha sucedió con el gobierno municipal.

Pero, la confabulación entre políticos para proteger criminales poseedores de capital electoral y económico no es causa de sorpresa, pues es una conducta habitual. Extraordinario sería que la justicia se les aplicara, a pesar de su dinero e influencias. Como extraño también sería que se “respetara” al desposeído, igual como se hace reverencia al acaudalado. Pero eso jamás sucederá, ni siquiera en la republica amorosa del presidente de México.

Es verdad la existencia de policías buenos en toda la extensión de la palabra), elementos instruidos, con formación policial, templados en la academia, con arraigados valores éticos y morales, apegados a los principios de justicia, honor, honradez, decencia, respeto, cortesía…ciudadanos virtuosos y ejemplares; pero desafortunadamente son los menos, raras excepciones “en peligro de extinción”.

Desgraciadamente la mayoría de los elementos policiacos sólo andan viendo como perjudicar al ciudadano que tienen la obligación de cuidar, de proteger. Algunos extorsionando, otros recogiendo el producto de los sobornos a distribuidores de droga, vendedores de piratería, establecimientos de “maquinitas”, “cachimbas”, centros nocturnos, casas de citas, entre otros giros rojos y actividades ilícitas. Y aunque dichas practicas son del dominio público, nadie las frena, pues así debe estar el beneficio monetario que jefes, mandos y funcionarios reciben a cambio de sangrar a la población.

Tanta es la tolerancia a los desmanes, que hasta escoltas del mismo gobernador son indisciplinados e irrespetuosos, en la propia tierra adoptiva del mandatario y uno resulta lesionado de bala, alcahueteado por la propia Fiscalía Regional de Justicia que ha pretendido ocultar los hechos, suscitados el pasado fin de semana.

En tanto los policías de “a pie”, la tropa, tampoco escapan a la ambición o presión de sus jefes para cumplir la cuota de dinero que deben llevar a sus “superiores” y se olvidan de todo resquicio de valor, de principios y de respeto, incluso del sentimiento de clase y se lanzan especialmente en contra de sus hermanos de origen. Haciéndose común que, tanto policías y elementos de transito y vialidad, por sistema, detengan a conductores de vehículos modestos, de modelos atrasados, conducidos por personas provenientes del campo, a quienes presionan hasta arrebatarles el poco dinero que a veces traen para surtir la despensa, comprar la medicina o herramientas de trabajo. Pero si descubren que un junior, hijo de político o “empresario”, se pasa el alto o da vuelta en zona prohibida, voltean el rostro, para simular que nada vieron.

El sábado pasado, personalmente fui testigo de la detención del conductor de un Volkswagen, “vocho”, viejito, que por la calle Salazar sur transitaba en sentido contrario. De inmediato fue interceptado y su conductor atado con grilletes metálicos, mientras su pequeño hijo, de aproximadamente un año de edad, le era arrebatado de los brazos. Comentar este suceso puede parecer irrelevante, pero presenciarlo indigna, irrita, encoleriza a nivel incontrolable.

La ofuscación obliga no intervenir, si no se actuará con prudencia… por lo que se solicitó a un colaborador de este medio transmitiera en vivo la arbitrariedad, pero también fue despojado de sus herramientas de trabajo y privado de la libertad, por haber “balconeado” los atropello en los que incurren los elementos policiacos; que, de acuerdo a las nuevas reformas legislativas están impedidos para detener a las personas por infracciones de tránsito, ni siquiera deben retener tarjeta de circulación, licencia o placas del automóvil, mucho menos llevarlos al corralón, como acostumbran, coludidos con los propietarios de las grúas, donde además desvalijan y roban piezas de los vehículos. La ley sólo los faculta para elaborar y entregar la infracción respectiva; pues, de acuerdo al 14 y 16 Constitucionales, nadie puede ser molestado en su persona, bienes, posesiones, documentos, etc., si no es mediante mandamiento judicial, que fundamente y motive dicha acción.

Lo anterior, sin incluir que algunos elementos policiacos no cuentan con su respectivo CUIP (Clave Única de Identificación Policial); es decir, no son policías. Situación que los hace incurrir en diversos ilícitos. Lo que tampoco es culpa directa de los elementos, sino de los mandos que lo permiten. Pero este es otro tema.

Ojalá los mandos policiacos reaccionen a tiempo, reconozcan sus errores, se disculpen con la sociedad agredida y rectifiquen, concentrándose en combatir la inseguridad. Que ya dejen de encarcelar borrachos, a transeúntes “mal vestidos” y enfoquen toda la capacidad en los delincuentes potenciales, esos que abiertamente escenifican persecuciones y enfrentamientos (como los de la noche del jueves), mientras las heroicas corporaciones policiacas desaparecen del escenario, ocultándose donde nada más ellos saben y nadie los localiza cuando realmente se les necesita, para que cumplan sus obligaciones de proteger la integridad de la población. Y si no pueden o no quieren, nadie los obliga a permanecer; que renuncien, pero que no simulen y menos que sigan agrediendo a quienes no deben.

LOS PERREDISTAS QUE SE FUERON

 Pero la degradación de valores no es exclusiva de las corporaciones policiacas, se da en todos los sectores de la sociedad; pero, especialmente, en la clase política. Es ahí donde los principios morales son estorbosos, impiden acceder, permanecer y trepar en espacios de poder. Un ejemplo claro de dicha descripción, son los diputados y presidentes municipales del PRD que se fueron a MORENA, de donde también huirán, cuando sean excluidos de posiciones y les hagan mejores proposiciones en otro lado.

Son pues cortesanas del poder, que venden su “cariño” al mejor postor, sujetos sin convicciones ideológicas, sin principios, impulsados única y exclusivamente por la voracidad. Son como algunas damas con problemas de ninfomanía, tampoco tienen llenadera y cuando perciben riesgo de perder los privilegios que sus amasios en turno les proporcionan, cambian de proveedor. Traicionando, en este caso al partido político que les dio de comer, del cual se enriquecieron y lograron las posiciones de poder que ostentan.

Bueno sería que, si renuncian al partido, lo hicieran también (mínimo) con las posiciones que tienen gracias a dicho instituto político. Eso reflejaría un poco de congruencia.

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