El ritual de Las Aguadoras, una tradición viva en Uruapan

URUAPAN, Mich.- 27 de marzo de 2016.- Una vez más se cumplió con el ritual, las Aguadoras llenaron sus cántaros de barro con agua en el manantial de la Rodilla del Diablo; cántaros adornados con frutas, dulces y flores que llevan en su cabeza y sobre un huancipo hecho con un rebozo u hojas de maíz; recorren desde el Parque Nacional hasta el templo de la Inmaculada Concepción donde bendicen el agua para que nunca se seque el río Cupatitzio.

Este ritual de Las Aguadoras, también llamado “las portadoras de agua bendita”, es una tradición del pueblo purhépecha. Son un grupo de mujeres de cada uno de los nueve barrios fundacionales de Uruapan acompañados de nueve bandas musicales; vestidas con el traje tradicional, esta actividad es considerada como un ritual.

Este ritual es realizado como símbolo de amor y cuidado a las aguas del río Cupatitzio, por parte de las comunidades indígenas y los barrios tradicionales; es un ritual en el que se lucen las portadoras de agua bendita, al sentirse orgullosas no solo de cuidar el río, sino también de conservar la identidad purhépecha.

En la claridad del agua, se reflejan las profundas raíces culturales, reza un mensaje; San Juan Bautista, Santo Santiago, San Juan Evangelista, San Pedro, La Magdalena, San Miguel, La Trinidad (El Vergel), San Francisco y la parroquia de San Francisco, en ese orden desfilaron hasta el templo de La Inmaculada.

Y es que hace cientos de años, cuando el Uruapan de antaño gozaba de un suelo fértil y el río Cupatitzio murmuraba su eterna canción a la sombra de los árboles, hubo día, cuenta la leyenda, que río Cupatitzio dejó de murmurar como antes, quedando seco el cauce; los verdes campos sin agua, estaban tristes y amarillos por las hojas secas.

Hubo angustia, pena, ruegos y llanto, hasta que un día Fray Juan de San Miguel se puso a meditar por esta desgracia, sus ojos volteaban al cielo y sus plegarias como sus rodillas no dejaban de tocar el suelo; un rayo divino hizo que sonaran las campanas y la gente se juntó; se hizo una procesión con la Virgen y las doncellas del pueblo, las huananchas o muchachas que la custodiaban.

Llegaron a donde estaba el manantial, ahora ya seco y triste; se oró y Fray Juan de San Miguel roció agua bendita entre las rocas del cauce vacío; el suelo se sacudió y se estremeció, surgió un fétido olor a azufre y de los más profundo se escuchó un grito y surgió la figura de Satanás que retrocedió espantado y cayó hincado en una roca que aún conserva la oquedad, una rodilla del príncipe de las tinieblas.

De nuevo brotó el agua y desde entonces no deja de murmurar; las doncellas y las hunanchas conservan el ritual de llevar a bendecir el agua y depositarla en las rocas donde antes era guarida del Diablo. Desd entonces, el río Cupatitzio no se ha secado.

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