La urgente y necesaria unidad de los trabajadores de la educación de Michoacán. 

Por Juan Pérez Medina.

La dispersión y atomización del magisterio democrático y del magisterio michoacano en general sólo garantiza la continuidad y profundización de una crisis de representatividad que no tiene paralelo en la historia sindical michoacana y, menos, en la del movimiento magisterial democrático. Hoy el diagnóstico de la actual situación nos evidencia una terrible división interna que afecta a todos los trabajadores los centros de trabajo y el sistema educativo mismo. Esta división impide que se atiendan de manera precisa pronta y expedita ante la autoridad los asuntos de carácter laboral y sindical qué son la razón de ser de un sindicato. Los maestros no encuentran solución a sus problemas; razón por la cual se han alejado de las actividades  sindicales, que más que generar certidumbre, en muchos de los casos agravan los problemas. 

Lejos de entenderlo, las actuales representaciones surgidas del movimiento sindical democrático, han iniciado ya sus procesos de renovación de sus dirigencias. La debilidad ideológica de algunos de sus miembros los lleva a poner por delante el interés personal o de grupo por figurar en dichas representaciones, antes que la necesaria construcción de la unidad que permita la mejor defensa de los intereses laborales de sus agremiados. 

He estado insistiendo acerca de la urgente y necesaria unidad de los trabajadores de la educación para recuperar el terreno sindical y político que se ha perdido e iniciar un proceso reivindicativo desde abajo, que recupere los procesos democráticos al interior de los centros de trabajo y delegaciones, el respeto irrestricto a los derechos de los trabajadores y la lucha junto con el pueblo por mejorar sus condiciones de vida. Un sindicato dividido no les sirve a sus miembros y eso ha quedado comprobado en estos últimos tres años en que hemos contado con dos representaciones dizque seccionales, como producto de la división generada por errores de conducción política y la injerencia de los gobiernos en turno.

Es hora de impedir que la división se profundice y la fuerza sindical se atomice mucho más, haciéndola cada vez más inútil ante las necesidades de sus agremiados. Hoy, sólo la fuerza de todos es garantía para rescatar la dignidad y el justo ejercicio sindical de un movimiento que ha sido pauta en los últimos treinta años en el ámbito gremial del estado y nacional junto con la CNTE. 

Los procesos que están en marcha son un tremendo error histórico que pondrá aún más de rodillas la fuerza sindical que los trabajadores necesitan. Es por eso necesario que estos procesos sean detenidos por la base, negándose a participar en ellos, al mismo tiempo que se exige avanzar hacia un congreso unificatorio que represente a todos. Las y los trabajadores de la educación están emplazados a cumplir con la historia; de no hacerlo, no sólo serán responsables los actuales dirigentes, sino también aquellos que pudiendo obligar a cambiar el rumbo se negaron ya sea como comparsas de los intereses de quienes representan esas facciones o cómo individuos que con indiferencia ven morir la principal y fundamental herramienta de defensa con que cuentan. Si es así, se vendrán otros tres años de confrontaciones internas con terribles consecuencias para los trabajadores.

Los maestros de base consecuentes están obligados a detener ambos procesos de rojos y azules y exigirles, a quienes dirigen estas facciones sindicales, a encontrarse para buscar juntos las condiciones para llevar a cabo un proceso democrático, transparente y participativo, de dónde salga una sola representación bajo la condición de actuar conforme a los principios democráticos del movimiento. Si llegarán a negarse, es el momento de no parar y rebasar a quienes se opongan a la unidad.

Si estas caricaturas de congresos seccionales logran llevarse a cabo, nadie podrá hablar de victorias, cuando lo que surgirá de ellos será una vergonzante derrota del movimiento magisterial, incapaz de ejercer el diálogo y alcanzar acuerdos de beneficio común. Sólo un congreso unitario, fuerte y poderoso, podrá sostener las conquistas alcanzadas que hoy están en riesgo y avanzar hacia la conquista de nuevas demandas. 

Hay dos opciones para lograr la unidad que todos deseamos, menos el gobierno y sus personeros. Se trata de un congreso seccional de bases acordado por las partes, con la mediación de los contingentes de la CNTE, quien llevaría las platicasde advenimiento y todo el proceso del evento en cuestión, de donde saldría una representación seccional democrática, sin la participación de los charros del SNTE. La segunda opción, es la posibilidad de que sea acordado un congreso estatutario convocado por el SNTE mediante sus reglas, es decir, que se elegiría una representación por medio del voto directo y secreto de los trabajadores. Así, la propuesta más votada sería la que representara a los trabajadores ante cualquier autoridad. Esta segunda opción niega las asambleas de delegados con lo que los agremiados ejercerían su derecho a voto en urnas, cuya colocación sería acordada previamente por las partes involucradas: el SNTE y la CNTE.

En ambos casos, el movimiento magisterial michoacano no debe temer acerca de un posible fraude, pues la idea es que previamente se resuelva cualquier posibilidad de esta magnitud mediante negociaciones entre las partes. En 1989, el movimiento magisterial democrático arrancó al CEN del SNTE la convocatoria para realizar un congreso de renovación y, en 1994 lo volvió a hacer.  El movimiento nunca ha tenido temor a enfrentar a los charros en su terreno y con sus reglas. Hoy ese no debe ser un argumento para negar la posibilidad de un proceso de elección de la dirigencia sindical en la Sección XVIII.

Este asunto tan trascendental es de primer orden en este momento. La unidad no puede postergarse y tampoco ser rehén de algunos. Es hora de parar cualquier intento por elegir dirigencias de facción. A las bases les toca negarse a participar en eventos de este tipo y pugnar por un proceso de elección unitario.

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