José Sixto Verduzco. El Hombre que inscribió a Tuzantla en el libro glorioso de la Patria (III de III)

Por Pablo Rico Gallegos

Parte 1

Parte 2

Tengo para mí que esa fue la gota que derramó el vaso… Parece que la actitud del biografiado ante Rayón, se remitía de alguna manera a asumirse como maestro de Rayón… Intuyo que con una especie de sentirse con privilegios especiales… o algo así.

Aclaro puntualmente… son solo suposiciones personales. Me queda claro que metodológicamente, sobre todo en las ciencias sociales, resulta muy atrevido sostener que la conclusión se halla implícita dentro las premisas. No me atrevería, ni antes, ni ahora mismo.

Pero… lo anterior lo deduzco del hecho de que después de tan deplorable desastre, Don José Sixto se trasladó a Puruándiro y aunque se fortificó con sus escasas tropas en la hacienda de San Antonio, el jefe realista Pedro Antonelli, le sorprendió tan desprevenido, que nuestro héroe apenas pudo huir en un caballo, montando en pelo…

En la página 368 de la obra México a Través de los Siglos, consignada en la bibliografía consultada al final de este documento, se puede leer lo siguiente:

Berdusco se retiró con las reliquias de su ejército hasta Puruándiro, donde fué alcanzado y completamente destrozado por el jefe realista don Pedro Antonelli, quien perdonó también á los noventa y ocho prisioneros que cayeron en sus manos, y dióles libertad entregando un peso á cada uno; generosidad que fué villanamente correspondida por los agraciados, quienes, viéndose salvos, subieron á un cerro inmediato y desde allí injuriaron en alta voz al valiente jefe que acababa de favorecerlos.

Cuando Rayón se enteró de estos acontecimientos manifestó grande disgusto. Así, la incipiente enemistad con su antiguo maestro se radicalizó a tal grado que cuando Rayón llegó a Pátzcuaro, el 9 de febrero de 1813, saliendo Verduzco a recibirlo, abiertamente le recriminó su insubordinación por haber atacado Valladolid sin su permiso y sin haber tenido acordado un plan de ataque en una junta de guerra, ocasionando con ello, el sacrificio inútil de un sinnúmero de vidas.

Específicamente, Rayón exigía a Verduzco que respondiera a los cargos siguientes:

  1. Una explicación clara acerca del porqué había emprendido acciones militares sin antes haber organizado un plan de ataque y consultarlo con una junta de guerra.
  2. Igualmente, el porqué no informó de sus intenciones al presiden­te de la suprema junta nacional, quien lo habría protegido con más tropas para no comprometer el honor de la nación y de sus armas.
  3. Haber expuesto de manera temeraria a toda la tropa, atacando a pecho descubierto una plaza ventajosamente fortificada.
  4. Haber sacrificado inútilmente con grandes gastos de expedición a varias poblaciones afectadas.

Pienso que en ese momento ya la fractura de los integrantes de la Suprema Junta Nacional Americana era previsible… El asunto es que durante ese recorrido de Rayón por aquella región, recibió innumerables quejas de la conducta de las partidas insurgentes, que se comportaban más como ladrones y forajidos que como luchadores por la emancipación del país.

El cura de Urecho, Pablo Delgado, amigo cercano de Rayón, era señalado como el principal abusivo. Para esas fechas, Rayón había circunstancialmente interceptado una carta de Delgado a un realista, en la que pedía indulto para sí y su sobrino.

A sabiendas de ello y con pruebas fehacientes de tal actitud, Rayón declinó fusilar al cura Delgado, estimando su condición religiosa, por lo que solo determinó desterrarlo a Balsas.

Aun así, ante tan generosa decisión, Delgado solicitó a Verduzco reunirse para dialogar al respecto. Pero el cura de Tuzantla ya estaba en otra circunstancia: temeroso de actuar ya sin brújula insurrecta, aliado con Liceaga había firmado el famoso decreto en contra de su antiguo alumno Rayón, quien al enterarse de los hechos ordenó a Francisco Solórzano que, con la tropa que había reunido en las Balsas, se trasladara a sumarse con sus efectivos.

Entonces, los vocales disidentes de la Junta,  desconfiando  de las decisiones de Rayón, decidieron atacar la hacienda de Santa Ifigenia. Éste, al tener conocimiento de lo anterior, nombró comandante de la provincia a Manuel Muñiz y se regresó a Tlalpujahua, en donde emitió un comunicado, el sábado 3 de abril, argumentando y defendiendo sus decisiones, inhabilitando las funciones de los vocales opositores; al mismo tiempo, comisionó a su secretario para que se entrevistara con Morelos y le informara detalladamente de la situación imperante.

Creo yo que ahí empezó el derrumbamiento de la Junta… porque las marcadas discrepancias fueron más allá del terreno de los manifiestos y concluyeron en actos concretos, amén de las diferencias que surgieron entre Rayón y Morelos durante ese año de 1813, a causa de la conducción de la Junta. Tengo para mí que Rayón defendía  esa especie de supremacía que se auto-atribuía, al considerarse heredero del caudillaje que Don Miguel Hidalgo había dejado vacío con su muerte. Recuérdese que subrayaba en sus proclamas su carácter de “Ministro Universal de la Nación”. Y sus afanes protagónicos no le abandonaron hasta sus últimos años de vida, recordemos también que contendió por la presidencia de la naciente república, en 1828, proceso electoral en el que apenas alcanzó el 5.6 % de los votos, ya que el camaléonico Manuel Gómez Pedraza, resultó ganador con el 30.6 %.

Digo “camaléonico” porque es bien conocida su participación durante la Guerra de Independencia: se enroló en las filas realistas, bajo el mando de Félix María Calleja, apoyándolo durante toda la campaña contra los insurgentes y, además, en la captura de Don José María Morelos. Fiel amigo y partidario de Iturbide, se acercó a Guadalupe Victoria en busca de apoyo. Y aunque, como antes dije, ganó las elecciones, no le permitieron ocupar la presidencia, teniendo que exiliarse en Francia durante algunos años.

Regresando a la cuestión de la fracturada Junta, se ha dicho que ésta no se consolidó definitivamente debido a tres razones primordiales:

  1. Nunca se manifestó como un gobierno firme en el aspecto militar.
  2. Su declarado reconocimiento al recluido rey Fernando VII, cuya conducta ignominiosa no abonaban prestigio a la Junta. Me atrevo a emplear el calificativo porque me parece una actitud de deshonra y desvergüenza la de Fernando VII ante su propio opresor, Napoleón Bonaparte, a quien servilmente le solicito incluso que lo adoptara como hijo suyo, tal como se demuestra en la carta que aquél le envió y que textualmente dice:” Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos.” (Léase el texto de Manuel P. Villatoro, Fernando VII. El infame rey español que traicionó a su pueblo y pidió ser hijo adoptivo de Napoleón, en http://www.abc.es/historia/abci-infame-espanol-traiciono-pueblo-y-pidio-hijo-adoptivo-napoleon-201512150256_noticia.html, consultado el 15 de marzo de 2017, a las 23.16, hs.).
  3. El enfrentamiento que se dio, de manera inicial, entre el presidente y los vocales, con motivo de las atribuciones de dichos miembros de la Junta en cuanto a las demarcaciones territoriales asignadas, y que posteriormente se convirtieron en conflictos prácticamente insalvables.

Rayón, muy a su pesar, era consciente de la importancia, cada día mayor, de la figura de Morelos en el contexto que se vivía, y a pesar de las discrepancias y rispideces que había tenido con el Siervo de la Nación, trataba de no distanciarse y sostenía comunicación con él a través de cartas y emisarios, informándole su versión de los acontecimientos relacionados con los miembros de la Junta.

Por su parte, los discrepantes Verduzco y Liceaga no se quedaban atrás. Lemoine Villicaña, en Zitácuaro, Chilpancingo y Apatzingán. Tres grandes momentos de la insurgencia mexicana, en la p. 445, menciona que en una de las cartas de Verduzco a Liceaga, le dice que ha observado en Rayón «una conducta superante en fanatismo a la que le ha sido innata».

En otra carta, signada por Verduzco y Liceaga, se dirigen a Morelos, solicitándole la eliminación de Rayón de la Junta, detallándole las irregularidades en la conducta de éste.

En fin que tanto Rayón, como Verduzco y Liceaga pretendía atraerse a Morelos. Sin embargo, el cura de Carácuaro, con gran tacto, no toma partido por ninguna de las facciones.

No obstante, es posible suponer que Morelos se inclinó, de alguna manera por Verduzco. Infiero, acaso indebidamente, que el hecho de que tanto Verduzco como Liceaga atendieron de inmediato la convocatoria de Morelos para asistir al  Congreso de Anáhuac o de Chilpancingo, mientras que Rayón daba largas al asunto.

Por otra parte, Verduzco presidió esa histórica asamblea en la que se designó a Morelos generalísimo, amén de que la declaración de independencia está firmada por el cura de Tuzantla, a quien se le otorgó la representación por Michoacán.

Mientras que Rayón, que había intentado aplazar la realización del congreso, solo asistió apresuradamente ante la inminencia de que tan trascendental episodio de nuestra historia se realizara sin su asistencia

Así pues, no creo que resulte lúgubre opinar que la institucionalización de la insurgencia requirió que la colisionada  Suprema Junta Nacional Americana diera sus últimos suspiros el martes 14 de septiembre de 1813, al momento de instalarse el Congreso de Chilpancingo.

Concluida su comisión, Verduzco regresó a Tuzantla, pero solo por unos cuantos meses, pues las guerrillas de los comandantes realistas D. Juan de Amador y Mayor Pío María Ruíz que lo perseguían tenazmente, lo hicieron huir del pueblo.

Sin embargo, el miércoles 10 de diciembre de 1817, Verduzco fue hecho prisionero en un lugar llamado Purechucho, cerca de Huetamo, por el traidor Juan Antonio de la Cueva, apoyado por el  cura de Yecapixtla don José Felipe Salazar.

Estos dos personajes habían sido comisionados por el Virrey Juan Ruíz de Apodaca, para que aprehendiesen a Verduzco y a Rayón. A Cueva porque había militado en las filas insurgentes, pasándose luego a los realista, sin que este chaqueteo le impidiera presentarse frecuentemente en los campamentos de los independentistas, con el fin de venderles provisiones de todo tipo, desde víveres hasta armas y municiones.

Salazar fue comisionado para que apoyara a Cueva en su desplazamiento por aquella región de tierra caliente, pues había sido cura en algunos pueblos de por allá, y por ello conocía bien el rumbo.

Apodaca confió pues tal misión a los individuos mencionados, amén de que también ordenó al coronel Armijo que los auxiliara en su cometido. Esto sucedía a fines del mes de noviembre de 1817.

Como antes he dicho, el 10 de diciembre, Cueva al mando de cuarenta hombres sorprendió a Verduzco en el rancho que llaman de La Ordeña, perteneciente a La Estancia de Purechucho, muy cerca de Huetamo, y una vez que lo tomó preso, se apresuró a reunirse con el cura Salazar que ya lo esperaba en un lugar llamado El Carrizal, a orillas del río de Las Balsas (también conocido como Atoyac en el estado de Puebla y como Mezcala en gran parte de la región norte del actual Guerrero).

Conducido por las tropas virreinales, Verduzco  sufrió las mayores humillaciones y ultrajes. Muchas veces creyó llegada su hora, sintiendo que iba a ser fusilado durante los traslados. El realista José Gabriel de Armijo ordenó, apenas entrando a Cuernavaca, que a Verduzco  se le asegurara con una barra gruesa  de grillos.

Bustamante escribe que ahí se le tuvo por espacio de tres semanas,  y se le abrió juicio, acusado de hostilidad a la autoridad del virrey.

El domingo 1º. de febrero de 1818, al filo de la medianoche, Verduzco fue recluido en una mazmorra de la Inquisición, después fue trasladado al convento de San Fernando, donde permaneció encerrado durante más de dos años.

Carlos María Bustamante, en su Cuadro Histórico, escribe que nuestro héroe “selló su patriotismo con grandes padecimientos en las cárceles de la Inquisición de México, y aún este tribunal lo habría llevado hasta el presidio de Ceuta a que lo había condenado, si afortunadamente no se jurara en el año de 1820 la constitución española y por cuyo beneficio fue puesto en libertad».

Salió de prisión el miércoles 8 de noviembre de ese año y, a principios del mes siguiente se presentó en Valladolid al concurso de curatos, escogiendo a la Villa de Zamora como lugar de residencia.

En esa población se encontraba el 24 de febrero de 1821, cuando Iturbide y Guerrero proclamaron el Plan de Iguala o Plan de Independencia de la América Septentrional. En cuanto tuvo noticia de ello, se dedicó a difundir y arengar en favor de dicha emancipación.

Poco después de la entrada del ejército trigarante a la ciudad de México, en septiembre del referido año, Verduzco fue destinado al curato del Valle de San Francisco, en el actual Estado de San Luis Potosí.

A la disolución del Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide, al establecerse la República Federal en 1824, Verduzco fue nombrado Senador por San Luís Potosí en dos ocasiones. Nunca aceptó honores, ni recompensas de la Comisión de Premios del Congreso Constituyente Mexicano, como lo hicieron muchos otros.

No se conoce exactamente la fecha de su fallecimiento, lo único que se sabe es que murió en la ciudad de México en el año de 1830, a la edad de 57 años.

En memoria de nuestro héroe, por decreto del 10 de enero de 1974, se constituyó el municipio más joven del Estado de Michoacán.

Su territorio fue conformado con porciones de los municipios de Puruándiro y Angamacutiro y tiene su cabecera en Pastor Ortiz, población que antiguamente se llamaba Zurumuato.

El medio de comunicación y noticias La Expresión Puruándiro, el día 15 de mayo de 2015, publicó una semblanza del patriota con el atinado título: “JOSÉ SIXTO VERDUZCO, SALVADOR DE ALMAS Y FUNDADOR DE LIBERTADES”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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