Una cultura del descarte y la discriminación

Una cultura del descarte y la discriminación
P. Agustín Celis
En muchos lugares de nuestro país, y muchas partes de la humanidad, son vulnerables, al grado de ser sacrificadas en beneficio de los demás. Encontramos que se sacrifican algunos en beneficio de los seleccionados, los cuales son considerados los beneficiados de una vida sin límites. Esto nos permite ver que en el fondo las personas han dejado de ser un valor primario, necesario para el cambio social; ahora no representa un sector primario para los sistemas económicos, ahora no se ve que sea una prioridad que debamos respetar y amparar.
Nos hemos hecho demasiado insensibles frente a los pobres, los discapacitados, frente a los más vulnerables, frente a los considerados que ya no sirven, como los no nacidos. Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro económico y de la misma vida del ser humano, despilfarramos los alimentos, los bienes materiales y los recursos naturales, comenzando por bosques, el agua y otros recursos, que a un gran sector de la sociedad les hace falta.
Con los proyectos de control de natalidad humana rápidamente se nota un envejecimiento de la de población y por otro lado nos encontramos el abandono de los ancianos que viven en situaciones inhumanas, bajo una dolorosa desatención. Esto nos hace pensar que como seres humanos somos muy frágiles y los que han amasado grandes riquezas se centran en sus intereses individuales. Todo esto nos deja ver que el enemigo del hombre es el mismo hombre, ya que vivimos en una sociedad demasiado individualista.
Los seres humanos somos tratados como un objeto que puede ser descartado de la sociedad. Las industrias nos dan un claro ejemplo de cómo se descarta mano de obra humana, por la mano de obra de las máquinas y los robots. Así, el objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos.
Somos testigos de cómo en este tiempo de Pandemia, en muchos lugares del mundo, murieron muchas personas, al abandono de un sector salud que velara por derechos de los más vulnerables, pero también esta enfermedad nos ha dado claridad frente a los países más poderosos, que sufrieron asimismo la muerte de una gran cantidad de personas. Sin embargo, seguimos escuchando el murmullo de algunas personas que expresan, porque tuvieron que morir. Varias acciones actuales han sido una clara mutilación de la sociedad, porque tenemos una población joven, pero sin la sabiduría de los adultos.
La cultura del descarte, se expresa de muchas maneras y en diferentes situaciones. Hay una obsesión por reducir, por acortar la distancia; hay una obsesión por reducir los costos, por reducir la contaminación, por reducir la pobreza. Hay una obsesión por reducir, reducir y reducir. Sin embargo, esa obsesión de reducir y reducir también ha llegado a la sociedad, hay que reducir la natalidad, hay que reducir a los adultos, hay que reducir a los discapacitados, hay que reducir a las madres, hay que reducir a los niños; pero con el afán de tener y tener. Tener más comodidades, tener más dinero, tener más empleos, tener más y más.
El descarte, además, asume formas miserables que creíamos superadas, como el racismo, que se esconde y reaparece una y otra vez. Las expresiones de racismo vuelven a avergonzarnos, demostrando así que los supuestos avances de la sociedad no son tan reales ni están asegurados para siempre.
Hoy en día se piensa en leyes que favorezcan la economía, pero van contra el desarrollo humano integral. Por un lado se aumentan las riquezas, pero en la iniquidad y surgen nuevas formas de pobrezas en el mundo. Hoy nos urge una verdadera reflexión social, para ver con ojos de sinceridad y verdad, que la sociedad camina por sendas bañadas por la corrupción y la mentira. Hoy nos urge ser conscientes de que vamos caminando por la obscuridad pretendiendo a fuerza de necedad de que estamos mejor que nunca. Hoy nos urge ser sinceros con la sociedad.

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