Despertar Poético

Historias fantásticas III.

El maestro de las ciencias de la conciencia.

El universo no conspira para que tus deseos se cumplan, tu conciencia es la que trabaja a nivel universal, no planetario, para su progreso. Así, lo que tu conciencia logre dictar, bajará como instrucción a tu cuerpo físico. Así, y solo así sabrás de su existencia y de la tuya en el universo.

Atón leía los libros de los grandes maestros, él mismo era un maestro en la escuela de estudios superiores de su ciudad, sus pensamientos estaban dirigidos hacía la inmensidad del universo, se metía ideas de ascensión, sin entender lo que realmente era la ascensión. Pero se le hacía interesante, el solo tratar de entender la idea de que un cuerpo tiene otros cuerpos anclados ¿Cómo sería ese anclaje? ¿Cómo entender lo que no se ve pero que te hace lógica? ¿Cómo interpretar que los cuerpos hacen uno solo? Esa multiplicidad lo tenía entretenido de manera agradable, esa apertura le hacía la vida cotidiana más llevadera, no requería meterse algún incentivo externo para poder viajar a otras ideas. Decía -este conocimiento es solo para verdaderos pensadores aligerados del dogma, para seres que han logrado desprenderse de todo apego a la materia y a la idea o ideal, porqué el dogma te encerraba en una sola idea, y esa sola idea era aterradora-.

El dogma había desaparecido de la acción del sí mismo -se decía Atón pensativo-, me he librado de todo aquello que me ataba a un ideal, de esa manera mi enfoque es más amplio, así entendía Atón relativamente más sencilla la acción.

Atón tenía una pequeña biblioteca, los enormes volúmenes regados por todo el espacio le daban un aire desgarbado como su figura, era como si el descuido fuese parte de su ser, pareciese que el caos reinaba en el ambiente. Así lo manifestaba su mujer, que prefería el orden y le recriminaba continuamente sin obtener algún efecto, más que la resignación. Ella veía y se mesaba los cabellos con desesperación, sus lecturas regadas al desgaire la desesperaban, aunque en lo profundo de su conciencia se sentía orgullosos del saber que le compartía. Esa vida de aprendizaje a la vista descuidado le ayudaban con los problemas simples de la vida cotidiana, los resolvía con pequeños adagios, que la hacían sonreír e ir confiada por la vida.

La pequeña mesa con grandes volúmenes colocados en aparente desorden se hacía hermosa a la vista de Atón, que se paraba en el quicio de la puerta y sonreía con satisfacción, y se mecía las manos con fruición, cuando el tiempo se le daba para escudriñar en las grandes hojas y papiro. La mesa tenía cuatro volúmenes abiertos a la vez, los cuatro libros, viejos, ajados, subrayados y manoseados contenían una sola idea desmenuzada desde cuatro puntos de vista, Atón sabía que los eventos o situaciones deberían de ser analizadas a ojo de pájaro, con todas las perspectivas posibles a la mano, para poder sacar una verdad más completa. Dentro de ese círculo, que él llamaba “círculo de veracidades”.

Una gran lucerna que contenía resina presta a ser encendida pendía de un aro de hierro, justo encima de la mesa. Cuando la usaba, antes de ponerse a leer, la contemplaba emocionado, miraba sus altibajos y amarillos colores resplandecer sobre los pliegos, sentía que los volvía a la vida, tal y como se imaginaba la vida de los personajes que allí habían dejado su espíritu y alma, pensativo dejaba fluir su mente y lograba imaginar como si fuese una gran llama violeta, azul y amarilla, que servía no solo para iluminar las letras, sino para dar luz a su mente llena de oscuridad llamada ignorancia por él mismo.

En varios de los estantes laterales había muchos tomos más con libros antiguos, tan antiguos como la historia misma que los contenía, arriba, estaba el Critias de Platón, relato que le había fascinado, la traducción de Marsilio Fisino era extraordinaria, el papel, algo extraordinario, era un paquete atado con fibras de cuero suavizadas con manteca de res, adornado con unos mapas bellamente dibujados, aunque su olor era algo urticante y casi desagradable, era soportable si lo impregnaban con esencia de hierbas exóticas: salvia, tomillo, orégano, mirra, lavanda, rosas, con eso disfrazaban lo nauseabundo que llegaría a ser tener pieles crudas en la biblioteca.

En unos grandes pliegos de papiro, una pulpa amasada traída desde el lejano antiguo Egipto, en forma de rollos, había la otra historia de la Atlántida, similar a la referida por Critias, y Atón estaba interesado en tener algo raro, fustigado por el ego de satisfacer la necesidad de saber algo más que cualquier simple mortal, el saber es extraordinario -se decía- y debería ser obligatorio el compartirlo sin lucro, por qué no nos pertenece, el saber es universal y está allí para ser usado en nuestro favor: Atón, ciertos días, recorre su biblioteca paso a paso, con las manos entrelazadas por la espalda, con su cómico sombrero que solo se quita para ir a dormir, con la mirada perdida en su imaginario, repasa cada uno de sus títulos y se para frente a ellos, intentando convencer a su mente de elegir algún título, para ver si el azar le da la respuesta que está buscando, sin haber realizado alguna pregunta, pero que cuando salga, entenderá que sí es lo que esperace y lee: Avicena, Marco Tulio, Tácito, Demócrito, los evangelios, la alquimia, Flavio Josefo, Ovidio, todos le llamaban poderosamente la atención.

Bajó su mirada y en la mesa se encontraban los mitos atlantes, dos grandes rollos abiertos contenían un mapa que señalaba un pueblo, rodeado por agua, su vida se realizaba en islotes separados, una línea recta de agua, indicaba el acceso al centro del pueblo, solo por barco. Atón, lo veía y se imaginaba haber vivido allí, se sentía un ciudadano del mundo, sentía que había tenido muchas reencarnaciones, y reflexionaba -tantas muertes y seguir siendo un hombre de letras-, se veía en cada vida leyendo, aprendiendo, enseñando, buscando, su vida entera, sus vidas enteras se veía como un buscador ¿Cuántas vidas se necesitan para lograr llegar a buen puerto? ¿Cuántas dificultades encontraré en el camino que me lleva a la sabiduría? -se decía cada vez que tomaba un libro al azar, con la historia de la ciudad sumergida se situó mentalmente transportado al viejo Egipto, asentado en una provincia del norte, en un pueblo tranquilo, alejado del bullicio de las grandes urbes, se sentía un poderoso recaudador de impuestos, colocado allá en las fronteras, por su negativa a permanecer en la ciudad.

El faraón le tenía estima por el férreo control que tenía de la provincia, quizá no generaba los recursos que pretendía el faraón, pero era constante y firme en la recaudación y los reportes precisos. Atón, aprovechando las circunstancias, se dedicaba a obtener todos los volúmenes escritos por los grandes maestros, que se pudieran conseguir en esas zonas. Eran épocas difíciles para la enseñanza y aprendizaje, los libros eran caros, solo los poderosos podían darse el lujo de tener en su casa algún ejemplar, tenía rollos de todos los filósofos, pensadores y maestros de la región, le gustaban en especial relatos extraños, sucesos fuera de lo normal, información llamada oculta, para iniciados.

Y allí, en la frontera de Egipto, había también, como en todas las fechas de sus vidas, esos maestros de la información que extrañamente le llamaban oculta, y era extraña porqué la ocultaban, no entendía la razón lógica, solo sabía que se llamaba así, porqué la mayoría de las personas cultas o no, que tuviesen conocimiento de la lectura, no la entendía y sentían basadas en el miedo que les metían los sacerdotes, que les sería dañina para sus almas, sentían que contenían poderes que no podrían dominar, mejor no meterse en berenjenales de los que no podrían salir. Así, la mente de Atón, divagaba entre época y época, a través de sus lecturas.

Un jueves por la mañana, Atón salió de la casa cargando un gran maletín, cargado de misterios, cargado de historias, que sólo él conocía y que desmenuzaba para que sus alumnos despertaran al interés. El camino a la escuela estaba solitario, unos pequeños hachones iluminaban discretamente el pasillo, su mente divagaba entre el pasado y el futuro, el pasado contenido en los libros que leía, lo emocionaba, sentía que ya lo había vivido, que solo bastaba leer un concepto para entender de que se trataba. El futuro contenido en toda la acción que requería la experimentación, era más emocionante, vagar entre los tres mundos lo hacía sentirse fuera de él mismo.

Mientras deslizaba sus pesados zapatos sobre los adoquines de la calle, pensaba en qué teoría debía de desmenuzar sin que llegase al aburrimiento de repetir mil veces la misma historia, la teoría debía de ser visualizada de todos los ángulos, para que una vez desnuda pudiese ser vista con otros ojos, y sus alumnos sintieran la misma pasión por el saber que él. Sabía Atón que más de un joven lo buscaría después para entrar en el mundo del saber, cosa que le gustaba, no tenía hijos, sus alumnos sustituían esa falta, no sabía porque a él y a su mujer no les había sido permitido procrear, tenía su propia teoría, y era que el saber requería de tiempo y recursos, y que los hijos le quitarían las dos. Así que resignado y alentado, buscaba afanosamente las respuestas a las verdades que percibía, y mientras la verdad que buscaba se le aparecía, leía con fruición a los que generaban información extraña.

Sentía que la extrañeza de los mensajes estribaba en una inteligencia superior, a la cual estaba ligado, porque se sentía correspondido, hacía poco le había llegado de Suiza un paquete, un amigo de la academia se lo había enviado, seguro de que le sería de utilidad, primero le había llegado la carta -Atón, querido hermano, eterno buscador de verdades, dentro de la maraña de falsedad que encierra el mundo, he encontrado para ti un tesoro, digo tesoro porque es un libro extraño, con cientos de símbolos que me son ajenos, sé que es de un afamado científico Suizo, algunos le llamaron alquimistas, antes de que leas algo de él, te diré que su propio nombre tiene el sello de no querer ser grabado en la memoria por largo e insinuante, en él se oculta el verdadero saber del hombre, lo llamaron Theophrastus Phillipus Aureolus Bambastus von Hohenheim, y en la jerga popular es llamado Paracelso, su fama fue enorme porqué logró convertir el plomo en oro, gracias a ello el rey le tenía mucha consideración, pero nadie ha logrado replicar su hazaña después de su desaparición, considero que tú, alma inquieta, podrás sin problema replicar los experimentos en tu oscura covacha de topo solitario y sí es así, aceptaré gustoso que con el oro obtenido nos vayamos al Sena a realizar una comilona, y a pesar de la riqueza que tendrás por la hazaña propio, pondré un par de vinos de Rin.

Se despide tu caro amigo, sabedor de que algo extraordinario harás con esta información. Atón se sentía feliz, su maleta inseparable y él, eran dios, eran conocimiento, irían por el mundo esparciendo semillas del saber.

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