Despertar Poético

Autor: José Luis Valencia Castañeda

Llegó la hora de cortar cabezas
Los sueños parecieran ser solamente reminiscencias de la vida cotidiana de
cualquier persona, soñamos cosas intrascendentes, como a un amigo, con el que
caminamos por lugares desconocidos; soñamos con ríos, de aguas tranquilas y
diáfanas; soñamos con los abuelos idos, con los hermanos que viven en algún
lugar del mundo alejado de tus entornos, soñamos fiestas, soñamos bromas,
cuando los recordamos una vez despiertos, sonreímos de las nimiedades cómicas
del sueño.
Muchas veces también soñamos cosas algo turbias, como la muerte misma en
nosotros, la muerte de nuestra familia, y nos preocupamos, el ceño se nos frunce,
una sombra de ansiedad nos envuelve y ese día estamos pensativos, deseosos
de que efectivamente sea un sueño, nos cuesta trabajo en esas ocasiones
desligar al sueño de la realidad y vagamos por la vida buscando respuestas, que
nos señales que los sueños no son premoniciones funestas, que son solo
períodos donde la mente se desprende y vaga por lo que pudiera ser, pero no es.
La mayoría de nosotros, así nos comportamos, soñamos y cuando el sueño es
negativo, sufrimos, por lo que no es, pero que sentimos sí lo es. Más,
afortunadamente para el bien de la humanidad, no somos pitonisos, ni oráculos,
sino, la vida sería muy densa y pesada, al saber del destino de los hombres, con
solo imaginar que voy por la calle y veo a una o cien personas y que me llegue la
imagen de su destino, con todos sus detalles, ver la suerte de aquel que vive
ilusionado con la esperanza de que algo mejor está por llegar, eso lo mantiene con
los pies sobre la tierra, trabajando arduamente, pone el empeño y fija sus metas
en un objetivo primordial.
“La trascendencia”, ellos o él podrá interpretar la trascendencia como tener un
hijo, escribir un libro y sembrar un árbol, y hacer que esas tres acciones florezcan.
Sin embargo, hay algunas personas, muy pocas, que tienen el Don de fundirse
consigo mismas, con ser uno y ver los sucesos antes de que se presenten, para
ellos la vida no es tan grata por esa situación, viven en dos realidades, su vida es
un constante aterrizaje y un mar de dudas, sus preguntas frecuentes son ¿Qué me
quieren decir con estas señales?, ¿Debo de divulgar esta información, a pesar de
que me juzgan loco?, ¿Será necesario decirle a esa persona que su vida ha
concluido y que solo debe despedirse?

Y no se atreven, por temor a no ser tomados en cuenta, e intentan que sus vidas
sean igual de simples como las de la mayoría, se camuflan y de vez en cuando,
entre sus pares, entre aquellos que los entienden, muestran sus hallazgos; por
ejemplo, el día 30 de enero de 2021, me llega un mensaje de voz, que me pedía
ayuda, -había un pueblo grande, que repentinamente sufría una inundación
enorme, las personas elevaban plegarias al cielo, solicitando ayuda y pidiendo
perdón, las planicies del pueblo, hasta donde alcanzaba la vista era solo agua,
había mucha muerte, los animales carroñeros hacían festín, la comida para los
pocos sobrevivientes se había terminado, se miraban unos a otros con
desconfianza, como si la única salvación fuese sacrificar a alguien para poder
sobrevivir. No habían llevado la cuenta precisa de los días que habían pasado
desde que el agua empezó a subir y los fue acorralando hacia las partes altas.
Muchos no temían a la muerte, pues en su memoria no existía alguna catástrofe
por agua en esa población, pues no tenían ríos caudalosos que pudieran salirse
de madre, no tenían lagos enormes que pudiesen ser llenados de manera rápida.
Así que no había algo que les señalara algo distinto. A ellos, los agarró dormidos.
Muchos ancianos y discapacitados no pudieron salir de los encharcamientos y
esperaron la muerte sentados en sus sillas y andaderas, los niños pequeños no
supieron identificar el peligro, las personas con más miedo y las más sensatas
empezaron a empacar y a caminar hacia los cerros, con lo poco que tenían a la
mano. Conforme caminaban, iban dejando cosas que pesaban y que ya no les
servían para el propósito de sobrevivir.
Allá a lo lejos, se veía como el agua se comía al pueblo, lo tapaba. Veían como
muchos intentaban nadar, otros en los techos de sus casas, esperando ayuda
divina. Pronto fueron pequeñas islas habitadas por personas hambrientas, la
muerte se cernía sobre ellos, se mataban por un pedazo de pan, el destino les
estaba enseñando lo difícil que era la vida. Después de cuarenta días empezaron
a derrumbarse, y pidieron ayuda a los cielos, llorando las pocas lagrimas que les
quedaban, con la cara macilenta y la piel pegada a los huesos veían con envidia a
los zopilotes darse un festín, cientos de alimañas corrían entre las aguas y las
orillas ahítas y rozagantes de salud con tanta comida, lejos se había quedado el
boato y la arrogancia de los hombres.
En las pequeñas islas secas, ya peladas de todo verdor que se hizo comestible
milagrosamente, había grandes portentos de la vida cotidiana de la ciudad, había
magistrados conviviendo con simples obreros, había sencillas amas de casa y
señoras de alta alcurnia en la cultura que acababan de dejar, ya no se
diferenciaban, apestaban igual y morían igual, sufrían las mismas consecuencias.
La empatía empezó a florecer entre los hombres, se reconocieron como almas,
entendieron que nada de aquella ilusión llamada sociedad era verdadera, las
almas se reconocían, se sintieron inútiles al no saber proveerse de lo necesario
para sobrevivir.

Aquellos pobres, que habían batallado para alimentarse día con día, fueron los
más ingeniosos y más resistentes a la hambruna, y los más persistentes en la
solicitud de la ayuda divina. En una noche, cercana a los cuarenta días, llegó un
mensajero, no supieron de donde, ni por donde, parecía un ser normal, pero
rozagante de salud, su cara rubicunda, sus ojos azules, su mirada limpia, sus
ropajes inmaculados, su piel blanca, les infundió esperanza, lo atosigaron con
múltiples preguntas: ¿De dónde vienes? ¿Hay comida? ¿Cómo llego a ese lugar?,
¿Hay agua potable?
El personaje solo les dijo que estuvieran tranquilos, que su dios, en el que creían
ahora les ayudaría, que pidieran, aunque no deberían de creer tanto en una
deidad, deberían creer en ustedes mismos, deberían de hacerse uno con todos,
ser unidad, y la unidad sería salvada, que tuvieran un poco de paciencia, en un
par de días llegaría lo que tanto deseaban: comida y una bajada de las aguas. Las
personas solo veían comida, tenían hambre y estaban desesperadas, no
entendieron el mensaje, el personaje por la noche, mientras algunos dormían,
desapareció, tal y como vino.
Pasados dos días, llegaron unos hombres, volando, miles de hombre volando, sin
naves, sin aviones, solo ellos, desplazándose por el cielo, todos parecidos, todos
altos, blancos, con ropas limpias, caras rubicundas, pelos blancos, los macilentos
personajes en sus paupérrimas islas los veían, en su condición, solo hicieron
mueca de desprecio, sintieron que esas visiones eran producidas por el hambre,
más lo que habían sido pobres en aquella ciudad ya desaparecida, estaban
seguros que eran seres de otro mundo, que fueron vaciando el agua
Todo sucedió muy rápido, miles de viajes fueron realizados hasta dejar vacía la
enorme laguna en la que se había convertido la tierra conocida. Cuando vieron
que el agua bajaba, empezaron a levantarse y a reconocerse, corrieron hacía las
casas, muy pocas se veían y muy pocas había de pie, la mayoría estaban
destruidas o tapadas por el cieno que arrastró el agua. Por varios lados se veían
siluetas enclenques pelearse alguna sobra enlatada que no había sido destruida
por el agua, solo eso podía rescatarse y ser comido. Las peleas por una lata eran
a muerte, no había manera de comprar alimentos, el dinero había desaparecido,
nada podía comprarse o venderse con dinero, nada había de valor, más que la
comida.
Los que fueron pobres, acostumbrados a las carencias y a vivir al filo de la
sobrevivencia, eran los más fuertes, administraron muy bien los pocos recursos
que sus pequeños islotes le proveían, cazaron hasta la última lagartija que vieron,
usaron hasta la última hoja verde para cocinar. Sentían pena por aquellos
ricachones que presumían tener mucho y que ahora no podían ni proveerse un
magro alimento, los vieron esforzarse, hasta que resignados mendigaban algún
mendrugo y aprendían a recolectar y cazar, muchos perecieron en el intento de
comprar algo en donde no había más valor que lo que servía de alimento.

Los pocos que andaban tras los restos fueron usando el ingenio para sobrevivir,
los que fueron pobres empezaron a sembrar y a recolectar lo que veían pudiera
servir, el grupo se hizo un poco más grande y solidario, todos daban propuestas
para conseguir alimentos, los más creyentes seguían pidiendo a los cielos y la
ayuda llegó nuevamente, los mismos hombres voladores empezaron a tirar maíz,
cientos de semillas caían, aquellos que tenían fuerza peleaban por ellas, los
demás dejaban que les cayeran cerca y empezaban a comer, así tal y como
llegaban, volvió a florecer la muerte, morían por querer comer y morían por comer
de más.
Solo los anteriormente pobres supieron lo que era ser moderados en lo que les
llegaba, agradecidos comían y guardaban únicamente lo necesario, dejando que
los demás pudieran hacer lo mismo. El dios al que le pedían ayuda era
benevolente y se las mandaba, mucho antes de que pudieran morir, saludaron a
los hombres blancos voladores, estos les devolvieron el saludo, sonrieron y
empezaron a buscar refugio, mientras el lodo abajo se secaba y les permitía
cultivar algo más.
¿Qué significaba este mensaje? Era la solicitud; ya no preguntaban ¿Por qué a
mí?, ya habían entendido que ellos eran distintos y que tendrían que aceptarse
como tales y dar la información a quien quería escuchar. Le dije que se vienen
tiempos duros para la humanidad, muchos morirán ahogados en sus miserias,
algunos sobrevivirán en su austeridad, y no necesariamente de comida, la mente
es la verdadera maestra que debe ser ahora aleccionada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

A %d blogueros les gusta esto: