Zitácuaro

Jesucristo es el Rey de universo

P. Agustín Celis

Jesús Nazareno, el rey de los judíos». Ésta es la inscripción que pusieron en la cruz. Poco antes de la muerte de Cristo, uno de los dos condenados, crucificados junto con él, le dijo: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». ¿Cuál reino? El objeto de su petición no era, ciertamente, un reino terreno, sino otro reino. 

El buen ladrón habla como si hubiera escuchado la conversación que mantuvieron antes Pilato y Cristo. En efecto, en presencia de Pilato, acusaron a Jesús de querer convertirse en rey. A este propósito, Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18, 33). Cristo no lo negó; le explicó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn 18, 36). A la siguiente pregunta de Pilato sobre si era rey, Jesús le respondió directamente: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37). 

La liturgia de hoy habla del reino terreno de Israel, recordando la unción de David como rey. Sí, Dios eligió a Israel y no sólo le envió profetas, sino también reyes, cuando el pueblo elegido insistió en tener un soberano terreno. Entre todos los reyes que se sentaron en el trono de Israel, el más grande fue David. La primera lectura de esta celebración habla de ese reino, para recordar que Jesús de Nazaret provenía de la estirpe del rey David; pero al mismo tiempo, y sobre todo, para subrayar que la realeza de Cristo es de otro tipo. 

Son significativas las palabras que dirige el ángel a María en la anunciación: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Por tanto, su reino no es sólo el reino terreno de David, que tuvo fin. Es el reino de Cristo, que no tendrá fin, el reino eterno, el reino de verdad, de amor y de vida eterna. 

El buen ladrón crucificado con Cristo llegó, de algún modo, al núcleo de esta verdad. En cierto sentido, se convirtió en profeta de este reino eterno, cuando, clavado en la cruz, dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 42). Cristo le respondió: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). 

Jesús nos invitó a mirar hacia ese reino, que no es de este mundo, cuando nos enseñó a orar: «¡Venga tu reino!». Por obediencia a ese mandato, los Apóstoles, los discípulos y los misioneros de todos los tiempos han gastado sus mejores energías para extender, mediante la evangelización, los confines de este reino. En efecto, es don del Padre (cf. Lc 12, 32), pero también fruto de la respuesta personal del hombre. En la «nueva creación», sólo podremos entrar en el reino del Padre si hemos seguido al Señor en su peregrinación terrena (cf. Mt 19, 28). 

Por eso, el programa de todo cristiano consiste en seguir al Señor, que es el camino, la verdad y la vida, para poseer el reino que prometió y dio. Con esta solemne concelebración eucarística, inauguramos hoy la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, cuyo tema es: «Jesucristo y los pueblos de Oceanía: seguir su camino, proclamar su verdad y vivir su vida».

«Jesús, el Verbo encarnado, fue enviado por el Padre al mundo para salvarlo, para proclamar y establecer el reino de Dios. (…) El Padre, al resucitarlo, lo convirtió, perfectamente y para siempre, en el camino, la verdad y la vida para todos los que creen» (Instrumentum laboris, 5). Esa amplia porción de la Iglesia, que está extendida por los inmensos espacios de Oceanía, conoce el camino y sabe que en él encontrará la verdad y la vida: el camino del Evangelio, el camino señalado por los santos y los mártires, que dieron su vida por el Evangelio.

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