Vigilamos en la última hora

P. Agustín Celis 

En el Evangelio de San Juan, encontramos un breve fragmento comprendido a la luz de la mentalidad del tiempo. Juan exhorta a la comunidad cristiana a la vigilancia por la inminente «última hora» de la historia, marcada por un violento ataque del enemigo del pueblo de Dios llamado «anticristo», símbolo de todas las fuerzas hostiles a Dios y personificado en la figura de los que siembran violencia en la comunidad.

El tiempo final de este año no debe ser entendido en sentido cronológico, sino teológico; es decir, como tiempo decisivo y último para el encuentro con Cristo. Es un tiempo especialmente de lucha, de persecuciones y de prueba para la fe de la comunidad. Cuando las dificultades se hacen más opresoras en nuestras vidas, se nos advierte,el fin está cerca, el mundo nuevo se perfila en el horizonte y la señal es dada justamente por las dificultades y los hombres que se hunden en el error. 

Es una experiencia dolorosa conocer que la voluntad de Dios permite que Satán encuentre a menudo sus instrumentos precisamente dentro de la comunidad eclesial. A éstos, sin embargo, se contraponen los auténticos discípulos de Jesús, aquellos que han recibido la «unción del Espíritu Santo»

La Palabra de Cristo y su Espíritu que, a través del bautismo, nos enseña la verdad completa frente al error y la mentira. Tal verdad se refiere a la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, signo del camino, la verdad y la vida, que representa un futuro nuevo para la humanidad. 

Los relatos de los evangelios de la infancia de Jesús, describen, en forma poética, el origen de una nueva humanidad guiada por Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre. 

La «preexistencia» de la humanidad en el Plan de Dios, en Jesús se vuelve real y en comunión de vida con Dios; él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad.

La venida histórica de la Palabra entre los hombres (Jesús)de cuya luz fue testigo el Bautista; esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad o fe; sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana. Y finalmente la encarnación de la Palabra como punto central de la historia del hombre. 

Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Señor, no una gloria como la de los hombres, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer.

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