Cinco generaciones con rosquetes, tamales de espiga y más

Por: Servando Rueda Cázares

 (Cronista Municipal 2018-2021)

No fue un día normal para mí, pues muy temprano me fui en la motocicleta con mi hijo David Enrique rumbo a San Miguel Chichimequillas, que celebraba la fiesta en honor del General Mariano Escobedo y el Ejército Republicano, que tomó Querétaro e hizo prisionero a Maximiliano de Habsburgo, al final del período de la Intervención Francesa, por ello el nombre oficial de Chichimequillas de Escobedo y el primero mencionado sea el que le pusieron los evangelizadores franciscanos.

Este pueblo de Zitácuaro tiene su historia, como el templo católico de San Miguel Arcángel, que data de la época virreinal; el hecho que ahí se filmara la película El Tesoro de la Sierra Madre, que ganó 3 Oscares de la Academia de Hollywood; que ahí el extinto Luis Donaldo Colosio encabezara un importante acto partidista a inicios de los 90’s del Siglo XX.

Pero también, junto con el pueblo de Coatepec de Morelos, mejor conocido como San Pancho, tienen varias cosas en común, sobre todo en el rubro de la gastronomía, como son los rosquetes, tamales de espiga y quesadillas, así que a invitación de mi amiga en Facebook Perlita Sámano, que en realidad se llama Perla Xóchitl Sámano López, acudí a su domicilio, ubicado a unos cuantos metros del lugar, y mayor referencia, todavía más cerca de la Casa Agraria o Ejidal, comenzando con el callejón de Corregidora

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Y estaba Perlita para recibirme, mientras su hermana Olga atizándole al horno artesanal alimentando el fuego por madera, y me explicó que la masa para hacer los rosquetes la hacen en una artesa de álamo, que con orgullo me dijo que en ella siempre ha preparado los ingredientes, y que tiene cuando menos 5 generaciones, y tras que está ya horneado el rosquete, le ponen azúcar pintada de rojo, la pucha; y para los clientes que quieren lucirlos en la ziqua, que es un pedazo seco de la huemba del plátano, pero para aquellos que lo trasladan a otros lugares, piden que se les cubra con hoja de molulo, tal y como lo hacen con el pan de Zitácuaro para conservar su textura y sabor, y los ingredientes de la pucha van aparte.

Fui testigo como llegaba la gente, unos pidiendo 20 “pa llevarlos a Cuernavaca, y me los pones con molulo para que conserven su suavidad y no se hagan duros”; “me los pones con la ziqua, al fin nomás son pa desayunar hoy”.

Y le pregunté a Perlita, es que me acostumbré a decirle así, sobre los tamales de espiga y me dijo “precisamente aquí en la casa de mi abuelita los están haciendo”, y de inmediato me topé con una señora, doña María Inés Escobar Bernal, que se casó en su momento con don Adrián Sámano Villegas, mientras escoge la masa del tamal de espiga, que tiene un sabor muy especial, me relata: “yo cuando me casé aprendí a hacer esto y los rosquetes de mis suegros Ponciano Sámano y Macaria Villegas, que a su vez me dijeron que habían aprendido de sus padres. “Ay, caray, ya no me acuerdo de sus nombres”.

“Ya estaba la artesa de álamo, la vi muy pequeña. Aprendí a hacer rosquetes y tamales, pero también quesadillas”, me dijo doña Inés, a la vez que le pregunté con curiosidad “¿Qué es la quesadilla?”, y me respondió la señora de 82 años y que anda muy activa “pues es con la masa del rosquete, pero antes de meterla al horno le ponemos queso Cotija revuelto con piloncillo”, y Perlita dice “ahorita les preparo dos, una pa usted y otra pa su hijo”.

Me despedí de doña María Inés, a la que conocen los vecinos como los que vienen de otros lados, como “Doña Inés, la de los rosquetes”, a la vez que me muestra cómo se están cociendo los tamales y me dice “vuelva en un ratito, pa que pruebe los tamales”, a lo que dije sí, pero la lluvia ya no me dejó volver.

Volvemos al horno de la casa de Perlita, mientras preparó las quesadillas, que luego su hermana Olga, ya con todos los ingredientes echó al horno y Perlita me dijo “mire échese un café, es del que hacemos aquí”, y me muestra su molino de mano y el tostador, y tiene el café un olor muy especial. No resistí, y junto con mi hijo saboreamos un rosquete recién salido del horno, más el cafecito.

Sin embargo, llevo en mi pensamiento que cuan afortunados somos los de Zitácuaro, porque tenemos de todo; bueno no todo, porque nos falta solamente el mar, pero con todo lo que nos da Dios podemos tener una importante fuente de empleos, mediante el turismo y la gastronomía, pero todo debe ser parte de un gran proyecto integral.

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